Washington DC

Sobre el magnate del petróleo Rex Tillerson, futuro secretario de Estado de era Trump, con permiso del Senado norteamericano, trascienden estos días incluso sus gustos literarios. ‘La rebelión de Atlas’, una novela distópica de la escritora ruso-americana Ayn Rand de 1957, resulta ser su libro favorito. La obra presenta un EEUU decadente y dividido en dos grupos, los “saqueadores”, formado por todo lo que representa el ‘establishment’ político, y al otro lado los empresarios, asfixiados por el afán impositivo del gobierno. Para combatir este intervencionismo, los emprendedores organizan un cierre patronal que paraliza el país. Los huelguistas se identifican con la figura mitológica griega del titán Atlas, representando habitualmente cargando a sus espaldas el devenir del mundo.

Dentro de este relato, Rex Tillerson encajaba hasta ahora como un coloso del crudo, enfrentado a la avaricia recaudatoria y regulatoria de Washington. Viene desempeñando el papel a la perfección, oponiéndose al exceso de normativas que le dificultan la explotación de yacimientos en su propio país, defendiendo el libre comercio -al contrario que Trump- y abogando por la reducción del estado a su mínima expresión. Ahora deberá estrenarse en el bando contrario, el de los ‘saqueadores’, o mejor dicho, su jefe para la diplomacia, un puesto para el que ExxonMobil ha sido la mejor escuela.

No en vano, pese a no tener experiencia en política exterior y no haber trabajado nunca en la administración pública, a sus 65 años este titán del petróleo dirige una empresa considerada por muchos casi un estado paralelo, con más presupuesto que la riqueza anual de Sudáfrica, que si fuera una nación estaría entre las 30 más ricas. Tiene presencia en más de 50 países y ha alcanzado acuerdos con los líderes más intratables del planeta, desde presidentes autoritarios a tiranos sin escrúpulos, y todo bajo la presidencia y dirección ejecutiva de Tillerson desde hace diez años.

Pero el futuro jefe de la diplomacia estadounidense no empezó en lo más alto, sino con 24 años, arremangándose como el que más y manchándose de aceite cuando se terciaba, eso sí, siempre fiel a unos principios que le han acompañado toda su vida, y que aprendió siendo ‘boy scout’.

Y es que para entender la personalidad de este multimillonario, hay que remontarse a sus orígenes, tan vinculados a este movimiento de jóvenes exploradores norteamericanos, que de hecho le debe incluso su presencia en este mundo, porque sus padres, Bob y Patty, se conocieron siendo adolescentes en un campamento scout, al que su madre acudió de visita.

Después de servir en un acorazado durante la Segunda Guerra Mundial, Bob regresó al norte de Texas, formó su familia en Wichita Falls y finalmente se dedicó profesionalmente a esta organización, en la que permaneció 40 años, contagiando su interés a su hijo, que pronto acumuló insignias al mérito y premios por sus habilidades de liderazgo y dedicación.

De hecho, todavía hoy Tillerson conserva su rango de ‘Eagle Scout’ -el máximo posible- en su currículum, y mantiene una reputación de hombre honesto y franco en el mundo de los negocios.

Pero el tiempo pasó, y dejada atrás la adolescencia, decidió estudiar ingeniería civil, aunque no se fue muy lejos. Logró su título en la Universidad de Austin, Texas. Allí, por cierto, formó parte de la banda de música del campus, Los Longhorns, famosa por tener uno de los tambores más grandes del mundo, conocido como Big Bertha. Conoció a su primera esposa, con la que tuvo gemelos y de la que se separó en 1983. Unos años después se casaría con su actual mujer Renda House, una incondicional de los rodeos con la que vive desde hace décadas en un rancho entre Dallas y Fort Worth.

UN “FRIKI” EN LA UNIVERSIDAD

Durante su paso por el campus, ingresó en la fraternidad Alpha Phi Omega, que entonces era refugio de antiguos ‘boy scouts’. "Éramos una especie de frikis", comentó James Flodine, abogado de Houston y miembro de la hermandad al The Dallas Morning News para un artículo sobre la faceta ‘scout’ de Tillerson. Según relató, se pasaban su tiempo ayudando a los estudiantes discapacitados o intermediando entre la policía y los alumnos que protestaban contra la Guerra de Vietnam. “Rex fue uno de esos tipos que te daba una gran sensación. Fue a la escuela con un propósito, y no era beber cerveza. Cuando se estaba preparando para irse y me dijo que iba a trabajar para Exxon, pensé que era un trabajo para él”.

Y efectivamente, aquella empresa estaba hecha para el joven tejano. De hecho, desde que empezó en ella en 1975 como ingeniero de operaciones, no la ha dejado nunca, hasta ahora. Y lo hará siendo consejero delegado y porque no le queda otra si quiere entrar en la administración Trump.

Tillerson será probablemente el futuro secretario de Estado, salvo sorpresa mayor. Y podrá presumir de haberlo logrado por sus propios méritos, porque nadie le está devolviendo un favor con este puesto. Nunca dio un céntimo -literalmente- por Donald Trump durante las primarias republicanas, partido que lleva en las venas como buen tejano devoto del crudo. Desde el principio apoyó a su rival Jeb Bush, como antaño hiciera con su hermano Gerorge W. Tampoco realizó donación alguna a la campaña del excéntrico magnate metido a político cuando este se alzó con la candidatura oficial. Sin embargo, al presidente electo le han valido un par de citas con él y varias recomendaciones de viejos halcones para nominarle por delante de otros nombres como el fiel Rudolph Giuliani o el menos polémico Mitt Romney.

Tras conocerse su elección, muchos analistas se han centrado en subrayar sus estrechas relaciones con Rusia y su amistad con el presidente Vladimir Putin, que en 2012 le concedió la Orden de la Amistad. Algunos incluso auguran que pondrá a EEUU a los pies de los intereses de Moscú. Pero lo cierto es que Tillerson no resulta tan sencillo de etiquetar.

Para explicar su relación con el Kremlin hay que remontarse a 1995, cuando tras 20 años escalando en la empresa, dio el salto al escenario internacional como presidente de Exxon en Yemen, aunque seguía gestionando todo desde Texas. Para entonces, siguiendo su filosofía ‘scout’, ya había creado un sistema de reconocimiento de méritos en la compañía, mediante el que los empleados ganaban monedas por habilidades como el trabajo en equipo y el liderazgo.

En enero de 1998 se convirtió en presidente de Exxon Neftegas Limited, la filial en Rusia que forma parte del consorcio para la producción de petróleo y gas en Sakhalin, una remota isla frente a la costa pacífica rusa, justo al norte de Japón, fecunda en crudo.

El periodista del The New Yorker Steve Coll escribió el libro Private Empire: ExxonMobil and American Power, en el que asevera que el ascenso del empresario dentro de la multinacional fue el resultado del éxito de aquella operación. Según  relata, gracias a estas negociaciones, Tillerson se reunió por primera vez con Putin en persona en 1999 en la aquella isla. Fue el inicio de una relación marcada por las negociaciones. Al poco, de hecho, el tejano tuvo que pedirle al líder ruso que encauzara la explotación del pozo de Sakhalin, iniciada en los tiempos de Boris Yeltsin, y que enfrentaba algunas complicaciones administrativas. Básicamente pedía que se cumpliera lo pactado y la ley.

Expertos como John Hamre, ex subsecretario de Defensa durante el gobierno de Clinton, sostienen que el futuro secretario de Estado es el ciudadano estadounidense que probablemente tenga más cercanía con Putin.

LA CRISIS DE UCRANIA

Siguiendo en Rusia, en el año 2011 ExxonMobil suscribió un importante contrato con Rosneft, el gigante petrolero propiedad del Kremlin, el mayor acuerdo internacional que Tillerson obtuvo durante su mandato como consejero delegado, cuya importancia refleja el hecho de que el propio presidente ruso asistiera a la firma.

La alianza incluía la exploración de un pozo petrolero a una milla de profundidad bajo la costa siberiana, con capacidad para producir un billón de barriles, que podía empezar a explorarse gracias al retroceso de la capa hielo habitual hasta entonces por esas latitudes, atribuido al calentamiento global motivado precisamente por la quema de combustibles fósiles. Sin embargo, las sanciones impuestas a Rusia por los EEUU tras la anexión de Crimea en 2014 obligó a la compañía americana a cerrar el pozo, perdiendo mil millones de dólares. El presidente de la compañía pidió hasta en una veintena de ocasiones a Barack Obama que levantara las restricciones, sin éxito.

Lo que las represalias contra el Kremlin no frenaron fue la presencia de la compañía en suelo ruso y las visitas de Tillerson. Sin ir más lejos, el pasado junio acudió al Foro Económico Internacional de San Petersburgo, donde también estuvo Putin. Aunque no hay que confundir el interés empresarial con entreguismo a Moscú. En ese mismo foro, en la edición de 2008, Tillerson soltó durante su intervención que Rusia debía “mejorar el funcionamiento de su sistema judicial y su poder judicial”. “No hay respeto por el estado de derecho en Rusia hoy", proclamó.

Curiosamente, Exxon ha sabido mantener una política de no interferencia con los gobiernos con los que colabora, incluso si son autoritarios, primando siempre la estabilidad para sus negocios. El presidente George W. Bush dijo una vez sobre la compañía: "Nadie les dice a esos chicos qué hacer".

La empresa funciona casi como un “imperio privado” con unas relaciones internacionales propias y alejadas de los intereses nacionales, ya que acceder al petróleo significaba forjar asociaciones con los dictadores que el gobierno de los EEUU había condenado o con los que limitaba su trato. Un ejemplo cercano a España, que recoge Coll en su libro, es Guinea Ecuatorial. A pesar de su pobreza, la corrupción y la falta de derechos humanos, Exxon es hoy el principal productor de petróleo del país hispanoafricano.

DEFENSA DE LA IGUALDAD

Pero nada de esto influyó en la esfera personal de Tillerson ni en su escala de valores. En 2010, pese a la crisis financiera y a la caída de los precios del petróleo, tomó las riendas de la asociación nacional de ‘scouts’ en un momento en que la organización atravesaba un controvertido debate sobre si debía aceptar a jóvenes exploradores homosexuales.

Mientras lidiaba con este asunto, seguía pendiente de la negociación del acuerdo para perforar en el Ártico ruso. Dejó el cargo dos años después, aunque siguió en la junta directiva, y fue decisivo para levantar las restricciones motivadas por la orientación sexual, según desveló John Hamre, miembro del consejo y presidente del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Pensilvania. "No puedo entrar en la intimidad de estas conversaciones, pero él se esforzó por esto. Creo que se convirtió en un líder clave para ayudar al grupo a llegar a un consenso".

Tras aquello, algunos medios publicaron lo contradictorio que resultaba el rechazo de la multinacional a crear un grupo dedicado a la no discriminación de trabajadores gay en su compañía.

CAMBIO CLIMÁTICO

Tampoco es neófito Tillerson en bregar con polémicas mediáticas. Se curtió tras el aluvión de críticas recibidas por opinar que los esfuerzos para reducir las emisiones de dióxido de carbono impedirían el desarrollo económico mundial. "No vemos un camino viable con ninguna tecnología conocida hoy para lograr la reducción de CO2 que no sea devastadora para las economías, las sociedades y la salud y el bienestar de las personas en todo el mundo. ¿De qué sirve salvar el planeta si la humanidad sufre?".

Pese a aquellas palabras, Tillerson reconoce la existencia del cambio climático y sus “catastróficas” consecuencias -algo que Trump pone en duda-, y aunque no aprueba una reducción del uso de los combustibles fósiles, está abierto a la idea de un impuesto de carbono.

Toda este bagaje, fruto tanto de su faceta de explorador como de su carrera en la petrolera, ha pulido muchas de las habilidades que se le presumen a un secretario de Estado, como los análisis políticos,la evaluación de líderes extranjeros o la negociación con amigos y adversarios. Entre sus referentes políticos, el magnate del crudo se ha declarado en alguna ocasión admirador Abraham Lincoln, un modelo de estadista.

GANARÁ 27 MILLONES MENOS

Para llegar a ese nivel, deberá primero apearse de su mentalidad de ‘Atlas’ y meterse en la cabeza de un ‘saqueador’. Le va a costar, y no sólo esfuerzo. Como secretario de Estado dejará de ganar los más 27 millones de dólares al año que cobraba como director ejecutivo de ExxonMobil. Su salario ascenderá a 186.600 dólares anuales. En cualquier caso, no le sacará de rico. A su jubilación, para la que le quedaban pocos meses, le espera una pensión de casi 70 millones, al margen de más 233 millones en acciones de ExxonMobil.

También deberá acostumbrarse a la vida pública, ya que en Texas los medios comentan que prefería quedarse en casa viendo fútbol o un rodeo antes que hacer vida social. Es otro de los ‘tributos’ que tendrá que pagar por dejar de ser un titán y bajar a la ciénaga del ‘establishment’, como la denomina su presidente electo. Incluso para cambiarse de bando, en EEUU, los colosos deben pagar un precio.

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