En medio de un escenario global marcado por la incertidumbre y la fragmentación en todos los niveles, la celebración en Madrid de la XXX Cumbre Iberoamericana en noviembre de 2026 ofrece a España una oportunidad excepcional y una gran responsabilidad para proyectar su liderazgo y consolidar su papel de interlocutor privilegiado entre Europa e Iberoamérica.
Bajo el lema 'Iberoamérica. Juntos construimos nuestra Comunidad. Juntos la proyectamos hacia el futuro y hacia el mundo' España está llamada a desempeñar un papel relevante gracias a los profundos vínculos históricos, culturales, lingüísticos y económicos que la unen con América Latina.
La cumbre aspira a echar a andar una agenda renovada de cooperación en todos los ámbitos entre los 22 países que integran la comunidad iberoamericana. Desde la I Cumbre Iberoamericana, celebrada en 1991 en México, estos encuentros se han ido conformando como el foro por excelencia que reúne a jefes de Estado y de Gobierno.
La meta, fortalecer la capacidad de organización y actuación ante los demandantes retos mundiales del siglo XXI.
La relevancia de esta cumbre no solo residirá en su valor simbólico y protocolario, sino en la posibilidad real de que España impulse una cooperación iberoamericana capaz de responder a desafíos estratégicos como la transformación digital, la sostenibilidad, el medioambiente y la igualdad de género.
Para ello, esta reunión tiene programado aprobar el Plan de Acción Cuatrienal de la Cooperación Iberoamericana (PACCI 2026-2029) a modo de reforzar los lazos entre los gobiernos, y con ello proyectar la imagen a nivel internacional de estas regiones separadas por el Atlántico, pero unidas por intereses comunes.
Como es de esperarse, no es una tarea sencilla para España dada la coyuntura política actual al interior de sus fronteras. No obstante, y pese a las adversidades propias, España ha sido un agente activo en la promoción e interlocución del diálogo político, hasta el punto de configurarla como un puente estratégico entre Europa e Iberoamérica.
Hasta ahora, su contribución hacia el desarrollo sostenible no se ha limitado simplemente a fomentar la comunicación entre los diversos Estados, sino que ha financiado a lo largo de estos años diversos proyectos en materia educativa, tecnológica, de sostenibilidad y hacia grupos vulnerables.
Decir que España juega un papel crucial en esta ocasión no es una afirmación vacía. Tras la conclusión de la última cumbre en Ecuador a finales de 2024, España asumió la Secretaría Pro Tempore.
En su momento, realizó intervenciones en algunos temas sobre la IV Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo que se celebró en Sevilla en 2025, el rol en la Corte Internacional de Justicia, la protección ante la manipulación de la información y comunicación, así como la relación entre las empresas y los derechos humanos en el marco de la transformación productiva, sostenible y justa. Otros temas en que sobresalió tuvieron que ver con la inteligencia artificial y los fondos marinos.
Ilustración elaborada por Cristina Lamara para la OEI.
Así, treinta y cinco años después de la primera cumbre, la capital española acogerá la trigésima edición de estos encuentros, de los que España ha sido anfitriona en tres ocasiones: Madrid en 1992, Salamanca en 2005 y Cádiz en 2012.
Estas reuniones de alto nivel constituyen un espacio para la generación de consensos y acuerdos políticos. España se ha posicionado como un motor de integración, cooperación y pieza clave en su organización, lo que ha reflejado el compromiso con el proyecto iberoamericano.
El desafío para España no es nada sencillo. En un momento en que el multilateralismo y la cooperación internacional no pasan por su mejor momento, un aire de desconcierto para el buen desarrollo de la próxima cumbre se puede percibir en el ambiente. Ante ello, el consenso entre los Estados se vuelve tan complejo como indispensable ahora más que nunca.
Entonces, el reto para la diplomacia española será proyectar su capacidad de gestionar las diferentes propuestas y transitar de los buenos deseos, en forma de declaraciones políticas, a las propuestas realistas y los resultados tangibles a partir de su posición estratégica.
Pero eso no es todo. El panorama político en América Latina está en un momento crucial que puede mover la balanza hacia un lado u otro con consecuencias no solo para las relaciones con Europa, sino con Estados Unidos. Diversos países latinoamericanos han celebrado elecciones este año para elegir a nuevos presidentes.
Esta coyuntura puede influir en el fracaso o no de esta cumbre a partir de quiénes queden en el poder. De ahí que el buen desarrollo de este encuentro se determinará, en buena medida, por el nivel de representación en la cumbre de los Estados, lo que inevitablemente demandará un mayor nivel de diplomacia y de gestión del Estado español.
Uno de los países que causa expectativa de manera particular por su posición, peso político y económico en la región es México a raíz de la actual tensión con España.
Otro acontecimiento que puede opacar mediáticamente la celebración de este encuentro en Madrid son las elecciones intermedias en Estados Unidos (mid-term election), en las cuales se elegirán escaños de la Cámara de Representantes y del Senado.
El desafío inmediato para el Estado español será manejar el impacto geopolítico e interés masivo en la agenda informativa internacional de este acontecimiento al coincidir las elecciones con el arranque de la cumbre los días 4 y 5 de noviembre.
Sin embargo, más allá del efecto en tiempo real, las implicaciones venideras para América Latina son más profundas y a largo plazo, pues estas votaciones definirán el rumbo de la política exterior de Estados Unidos en temas como la migración, los aranceles y la cooperación al desarrollo.
Con este entramado geopolítico como telón de fondo, sin duda será una gran prueba proyectar a Iberoamérica dentro de la escena internacional. El punto de llegada es un modelo de cooperación con una identidad propia mediante el tratamiento de una agenda desde y para Iberoamérica como una tercera vía de cara a los modelos chino o estadounidense.
Es empezar a insertar en el imaginario colectivo, donde es primordial pasar de una visión occidental a una perspectiva iberoamericana. Cuestiones emergentes como el desarrollo digital, la gestión de las catástrofes naturales o la protección a colectivos como los migrantes, pueblos indígenas o afrodescendientes deben reflejarse en las nuevas agendas que respondan desde el acuerdo y el consenso.
Aun con todo ello, la XXX Cumbre Iberoamericana se presenta como una oportunidad para replantearse, en medio de un clima de contradicciones y desigualdades, mecanismos que permitan un mayor grado de cooperación y desarrollo sostenible.
Fortalecer el espacio iberoamericano como plataforma de diálogo, inclusión y consenso, llegar a resultados concretos en la ciudadanía y afrontar nuevas realidades serán el gran reto para España en aras de conformar una nueva política en materia de cooperación.
Este encuentro en Madrid este 2026 representa un punto de inflexión en las relaciones entre Europa e Iberoamérica, en el que España jugará un papel primordial. El resultado esperado de esta cumbre no se medirá por el número de declaraciones aprobadas ni por la fotografía de los líderes que asistan.
Será por la capacidad de España para impulsar una visión compartida de Iberoamérica como actor político con voz propia en un mundo cada vez más polarizado.
*** Juan Daniel Oliva Martínez es experto en pueblos indígenas, sostenibilidad, inclusión y diversidad cultural, además de decano, investigador y docente en la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M).
*** Elías Ángeles-Hernández es doctor en Derecho, investigador en la UC3M y profesor en la UNAM, así como especialista en derecho indígena, minorías étnicas, multiculturalismo e interculturalidad.
