Fernando Vicario
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En el imaginario social la cultura aparece asociada fundamentalmente a las artes, junto con otra forma de comprensión del concepto, que se va extendiendo, que la asocia a las transformaciones que se producen cuando otras culturas "invaden" la local.

Surge entonces entre los sectores más conservadores de la sociedad la necesidad de preservarla a toda costa. La cultura es un ser vivo y, como tal, presenta cambios, transformaciones, y esos cambios siempre se producen en contacto con el exterior, como en todo ser vivo (Aparicio, 2021).

Temas tan actuales como la migración, los nacionalismos, la integración de las diferencias, ya sean de género, de clase social o de religión, hablan de esos cambios con una mirada catastrofista. "Van a acabar con lo nuestro", y culpan al de fuera de todas las desgracias que podrían sobrevenir.

Sin querer convertir esta afirmación en una verdad dogmática, la tendencia de las culturas es no dialogar (Guerrato, 2008); algunas conviven mejor que otras, pero son construcciones cerradas, que suelen estar a la defensiva. Tienden a la expulsión de lo foráneo.

Por esta razón es tan fácil insertar racismos, xenofobias, exclusiones, culpas para el que no pertenece a "nuestra cultura". Aniquilar las diferencias y elaborar un discurso supremacista es el resorte de todo populismo que pretenda acabar con los mecanismos democráticos.

El esfuerzo fundamental a la hora de insertar los derechos culturales en la vida democrática es lograr la aceptación de la diversidad y las diferencias como parte esencial de una construcción social que busque un desarrollo equitativo y plural. Algunos países latinoamericanos se han esforzado por incorporar las otras "realidades" que componen el Estado nación.

Aunque es complejo dar respuesta a esas necesarias formas de diálogo entre las diferencias que componen un país. Las resistencias hacia las diversidades locales a veces son mayores que las que se dinamizan contra lo foráneo.

Los gestores culturales hemos simplificado el imaginario cultural, una trampa parecida a la de los economistas, que han reducido su disciplina a la cantidad de dinero circulante (Sevilla, 2022).

Que la economía vaya bien quiere decir que hay dinero, aunque los jóvenes no tengan pisos, ni esperanzas, aunque los viejos tengan condiciones de vida cada vez peores, aunque la sanidad y la educación se esté privatizando y por tanto expulsando a los menos favorecidos.

Ilustración elaborada por Cristina Lamara para la OEI. Cristina Lamara

Los gestores culturales no hemos sabido explicar que los indicadores cuantitativos en cultura son menos importantes que los cualitativos. Esta disciplina parece convencida de que lo importante es obtener réditos y beneficios pecuniarios, hemos economizado la cultura en lugar de culturizar la economía.

En ese sentido, los derechos culturales son una base imprescindible para la construcción de una democracia sólida, creíble y que defienda por igual a quienes están bajo su amparo y a quienes llegan a ella buscando cobijo y seguridad. Es complejo recibir al de fuera y construir espacios de respeto hacia ellos.

Igual de complicado que pedir ese respeto para quienes los acogen. La democracia tiene que dialogar con los derechos culturales, al tiempo que debe entender los miedos de los ciudadanos, que ven peligrar las identidades locales.

La cultura es el mundo de los encuentros, lo de dentro con lo de fuera, el pasado con el presente, la creación no rentable y necesaria con el mundo de las industrias culturales. El disenso está en toda construcción social y para incorporarlo con calma, la democracia debe apoyarse en los constructores culturales, que reflejan en su quehacer el diálogo entre esas diferencias.

Es imposible vivir con los disensos sociales si únicamente se abordan desde una mirada económica o institucional. La mirada cultural en estos debates es una pieza imprescindible para insertar al ser humano en su complejidad y en su inmensidad.

Que las diferencias son enriquecedoras no es una frase hecha, es una realidad tangible. Construir una identidad que no sea agresiva, ni excluyente, se logra estimulando una creatividad sin trabas ni límites. El derecho a una participación igualitaria, equitativa y que respete a todos los ciudadanos, ya sean del centro o de las periferias, ¿no es eso la democracia?

¿Por qué las democracias tardan en incorporar los derechos culturales? Si dejamos las reflexiones sociales únicamente en el terreno de la política institucionalizada, o de la economía sacralizada, sacamos al ciudadano de la ecuación.

Esa parece ser la intención de los populismos y los autoritarismos; introducir el miedo, resaltar los peligros de las diferencias y simplificar los debates sociales.

Limitar el papel de la cultura a sus representaciones artísticas, y más concretamente a las exitosas, logra conseguir, poco a poco, excluir un concepto más amplio que abra la ciudadanía a otras miradas y formas de participación.

A las democracias actuales les asusta ampliar el eje de intervención para que quepa todo el mundo. Eso, y no otra cosa, buscan los derechos culturales, que quepa todo el mundo. Eso y no otra cosa deberían buscar las políticas democráticas.

Referencias bibliográficas

Aparicio Gómez, W.O. (2021). Concepto de cultura en antropología: el cambio cultural y social. Revista Internacional de Filosofía Teórica y Práctica, 1(2).

Guerrato, L. (2008). Un balance crítico del «diálogo entre culturas». ¿Demasiadas acciones, pero todavía ninguna estrategia? Quaderns de la Mediterrània, (10), 313-18.

Sevilla Arias, A. (2022). Economía: qué es, para qué sirve y por qué es importante. Economipedia.

*** Fernando Vicario es asesor de cultura en la OEI de Colombia. Director de la empresa Consultores Culturales.