De la misma forma que no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo, no nos pueden tener a todos enfadados todo el tiempo.
Es insostenible este clima político de enfrentamiento, de agonía democrática, de fobias y elevación del tono en cada declaración. Cierto que no se ve un final fácil ni cercano ni claro, pero la fatiga social es más que evidente.
Se erosiona la convivencia a diario, según se va resquebrajando la confianza en la política. Los más informados reciben —recibimos— una dosis diaria de nueva indignación, como la peor de las sustancias. Enganchados a una dosis cada vez más fuerte porque ya se pierde el efecto a las pocas horas.
Los menos informados —alguno queda— no pueden abstraerse del todo de un ambiente crispado. Incluso los jóvenes comentan entre canción y canción de Bad Bunny algo sobre las joyas de Zapatero, ven el último vídeo de Irene Montero cantando y sienten que rechazan a los políticos aunque no sepan bien el motivo. Es algo irracional, ambiental, una humedad que se pega con el calor y no hay forma de secarse porque vuelve cada mañana y llena sus redes.
La sensación social de hartazgo ha impregnado todo. Se respiró un poco de tranquilidad con la llegada de León XIV, celebrada incluso por los más ateos con tal de poder ver signos de afecto en las calles. Ahora se hace lo posible con el Mundial.
Pero desgraciadamente no hay partidos todos los días a todas horas. Las mañanas siguen estando libres de himnos, hinchas y goles por esa terrible diferencia horaria.
Así, al despertar, los resultados de los partidos nocturnos se ventilan en segundos. No sirven de distracción y quedan aplastados por la agenda judicial que jornada a jornada cambia silbatos por mazos. Para colmo, el VAR apenas genera polémica en comparación con la cámara lenta a la que se van filtrando los autos, sumarios y órdenes de registro de sedes y oficinas.
Se acabará el Mundial, puede que hasta España meta algún gol un día de estos (no perdamos la esperanza), pero la agenda política seguirá martilleando nuestras cabezas porque hay quienes han decidido que se puede vivir con ruido, porque todo lo tapa.
Se niegan a asumir responsabilidades, a frenar este momento desquiciado, a dar la voz a los ciudadanos. Prefieren seguir, aunque el descaro sea tan atronador.
No es sano. Una de las formas de tortura más conocida es esa, el ruido penetrante que no cesa, que no deja descansar, que no parece tener fin, que no podemos parar, que no deja pensar.
Un ruido que no deja pensar. Ahí lo tienen.