Fotograma de Liberté.

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Cine Festival de Cannes

'Cruising' en la revolución francesa: así es la película española que incendia el Festival de Cannes

Alber Serra explora el libertinaje en su nueva película 'Liberté', una propuesta arriesgada con sexo explícito que ha provocado abandonos.

Cannes

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Albert Serra tiene ya la etiqueta de provocador en la frente. Sus películas retan al espectador, le llevan al límite, a experimentar sensaciones que a veces ni siquiera son agradables o con la que exploran su capacidad de aguante. Tras una obra más ‘accesible’ como La muerte de Luis XIV, había ganas de ver qué se sacaba de la manga este catalán adoptado por el Festival de Cannes, donde ha presentado todas sus películas.

Ha sido en la sección Un certain regard donde se ha podido ver Liberté, y lo ha hecho rodeada de curiosidades. A la proyección acudía el ministro de Cultura, José Guirao, y salía encantado. No pensaron lo mismo las decenas de personas que abandonaron la sala. Pero si nadie hubiera salido corriendo Serra no se hubiera quedado tranquilo, porque aunque se niegue a aceptar que es un provocador, sabe que sus filmes no son para todos los públicos.

Puede que lo hicieran por un filme en el que no hay una narrativa convencional, en el que los personajes apenas hablan y en el que lo que vemos es un bosque en el que nobles y gente de la corte acude a dar rienda suelta a sus pasiones más oscuras. Es la época del libertinaje, y estamos en 1774, justo antes de la Revolución Francesa. Un grupo de libertinos huye del ultraconservador de Luis XVI y deciden exportar el libertinaje a Alemania. No creen en los límites morales ni en la autorida y eso es lo que intentan lograr en este parque abandonado donde practican sexo los libertinos locales y cortesanos de Federico el Grande.

Fotograma de Liberte.

Fotograma de Liberte.

Lo que sigue es una puesta en escena elegante y delicada dedicada a mostrar una tras otra las perversiones sexuales de toda esta gente. Todo con sexo explícito. Cruising de época en los que hay lluvia dorada, felaciones, besos negros y cuerpos no canónicos practicando todo tipo de actos. No hay hombres apuestos, sino tullidos y quemados, viejos y mujeres que muestran todo a una cámara que es un espía que explota hasta los límites el voyeurismo del espectador. ¿Hasta dónde estás dispuesto a mirar y a aguantar en ese parque? Nadie obliga a mirar, sino que hay algo que impide apartar los ojos.

Serra se siente en Cannes como en casa, y se nota. Tiene ese punto provocador que le hace decir que ha hecho esta película “porque la anterior era más amable y prometí que iba a dar más por culo”, aunque luego aclara que esa no es la explicación, sino que le apetecía ser más “vanguardista” y meterse en un desafío. Trabaja como un científico, y radiografía todo el material ingente que graba en busca de la mejor película posible, en este caso transmitir “una angustia metafísica del deseo siempre insatisfecho de nuestra vida”.

Teóricamente en el sexo no hay ni ricos ni pobres, ni guapos ni feos, ni sirvientes ni amos, ni hombres y mujeres, te olvidas de ti mismo para darte

Decía Pedro Almodóvar en su cortometraje La concejala antropófaga que no hay nada más democrático que el placer. Serra considera al manchego uno de los pocos autores de nuestro cine, y parece que ha hecho suya esa afirmación en Liberté, en la que los cuerpos se funden en un ritual de prácticas indescriptibles sin importar su condición social o racial, y el director ni afirma ni desmiente. “Aquí hay una respuesta a esto, o está esa pregunta, porque teóricamente es así, en el sexo no hay ni ricos ni pobres, ni guapos ni feos, ni sirvientes ni amos, ni hombres y mujeres, te olvidas de ti mismo para darte”, cuenta a EL ESPAÑOL.

Y dice teóricamente porque sabe que en el sexo siempre hay roce, fricción, algo salvaje y de lo que no podemos escapar. Es verdad que en el bosque de Serra ha algo de “esa democracia, no hay ni gente con la polla grande o pequeña, da igual”, y eso tiene “algo de político”, pero al final no podemos escapara de “las superestructuras, y ahí está la enseñanza de Freud. No existe un sexo limpio, “y no se puede domesticar y que funcione, por eso se buscan soluciones como el catolicismo, que te dice que el sexo es algo oscuro y se inventa un sistema de represión, pero en otras ideologías menos represivas también se intenta domesticar con otras maneras y tampoco funciona, porque la pulsión es tan arbitraria e irracional que no da para muchas soluciones amables”.

La única solución que se le ocurre es la que plantea en el filme, “un área de cruising donde la generosidad es total, que es una solución política y que es el antiegoísmo”. Sabe que en la realidad eso es imposible, y por ello recurre a la ficción, “donde todo debe ser posible porque es el sitio de ello. La ficción se inventó para eso, para poner nuestras perversiones que no responden a nuestra lógica como individuos”. Por ello ha creado esta película en la que ni siquiera quiere convertir al espectador en voyeur, sino girar el punto de vista “y sentirte mirado y que te ponga en un aprieto, que te interpele y sientas que es la película que va hacia ti”. Las decenas de personas que se salieron dan fe de que fue así.