Hugh Jackman es el pirata Barba Negra (centro), en el filme

Hugh Jackman es el pirata Barba Negra (centro), en el filme

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Nadie quiere irse de Nunca Jamás (y es un problema)

Hugh Jackman protagoniza 'Pan'. Más allá de lo que tiene de entretenimiento visual, el filme de Joe Wright se lee en clave política

Patricio Pron

Una constatación trivial: los pingüinos no ven filmes sobre pingüinos; si esto importa, de alguna manera, es porque en esto (también) demuestran no parecerse en absoluto a los españoles, lo cual es una suerte para los pingüinos.

¿Por qué mencionar esto? Algo después de cantar el himno de los piratas (una versión del Smells Like Teen Spirit de Nirvana cuya función aquí es incomprensible), Barba Negra define Nunca Jamás como “una tierra de oportunidades” en la que es posible “trabajar con honestidad” y crear “una sociedad nueva”, pero en realidad es una inmensa mina al aire libre: en ella, los huérfanos que el pirata (un travestido Hugh Jackman) roba cada noche de un orfanato londinense son obligados a trabajar hasta la extenuación y se los castiga con la muerte si se equivocan.

Visto desde España, al menos, Pan (dirección de Joe Wright) parece un filme sobre el modo en que vivimos hoy en día más que sobre un niño huérfano, de manera que, si Peter Pan (el magnético y más que correcto debutante Levi Miller) fuese un pingüino, los pingüinos no irían a ver el filme; como es un niño, y uno bastante conocido, los españoles atiborrarán las salas, y hasta es posible que algunos de ellos pillen la ironía de la historia.

El 3D no aporta gran cosa

Pan provee el tipo de entretenimiento visual que uno espera de este tipo de producciones: aquí hay persecuciones aéreas (incluyendo un enfrentamiento entre el galeón volador de Barba Negra y unos Spitfire sobre el cielo de un Londres oscurecido por el Blitz que está muy bien), duelos de espadachines, selvas impenetrables que son penetradas, cocodrilos gigantes, sirenas semidesnudas (la modelo británica Cara Delevingne), precipicios, atardeceres rosados, pasajes subterráneos, pájaros gigantes e incluso una aldea en la que confluyen los atavismos de la mayor parte de las culturas tradicionales más conocidas, todo ello realizado competentemente por un equipo de animadores de algún país del sudeste asiático cuyas condiciones de trabajo no deben ser muy distintas de las que se encuentran en la mina de Barba Negra y redondeado por una tecnología 3D que no aporta demasiado excepto la incomodidad de tener que ponerse un par de gafas sobre otro par de gafas y sentirse ridículo.

Pan propone una identificación de su espectador entre Nunca Jamás y España que sus realizadores no pueden haber previsto

Pero el interés que suscita Pan no está en este tipo de entretenimiento visual ni en una narración medianamente eficaz, sino en el tipo de identificación que el espectador lleve a cabo en dos planos; por una parte, en el de la caracterización de los personajes, todos los cuales parecen haber sido creados a partir de elementos preexistentes en la cultura audiovisual contemporánea: el aventurero sin otra lealtad que a sí mismo interpretado por Garrett Hedlund evoca a Indiana Jones; Tiger Lily (Rooney Mara) es una Pipi Calzaslargas guerrera; Peter, el arquetipo de los huérfanos dickensianos hasta el momento en que aprende a volar y se convierte en un remedo de Iron Man sin partes metálicas, etcétera.

En Pan aparece incluso una aldea en las alturas que parece la de los ewoks de El retorno del Jedi, aunque unos ewoks aficionados a las drogas psicodélicas que celebrasen una especie de carnaval de Brasil con lucha mexicana protagonizada por un chino.

Infantilismo e inmadurez

Por otra parte, y vista desde España en 2015, Pan propone la identificación de su espectador entre Nunca Jamás y este doloroso país, una identificación que sus realizadores no pueden haber previsto ni deseado pero que es inevitable si se consideran los rasgos de infantilismo e inmadurez que dominan buena parte de la vida política de este país así como (véanse las palabras iniciales de Barba Negra) entre lo que sus autoridades dicen que es y lo que este país es realmente. En los hechos, hace tiempo que los españoles viven en Nunca Jamás. (Nunca Jamás derechos laborales, Nunca Jamás movilidad social, Nunca Jamás pleno empleo, Nunca Jamás un Gobierno al margen de una casta que se reproduce como una enfermedad maligna incluso en los partidos que supuestamente constituyen su alternativa).

Todo esto podría tener solución (claro está), pero no parece que vaya a tenerla de momento: Peter y sus amigos deciden quedarse en esa “tierra de oportunidades”, y con ellos el espectador y sus instituciones.