En la costa gaditana, frente a un Atlántico de azules cambiantes y ponientes anaranjados, hay un pueblo donde Joaquín Sabina deja de ser estrella para convertirse en vecino: Rota, una villa marinera y turística que vive a otro ritmo.
Entre calles encaladas, bares de pescado frito y la brisa constante de la Costa de la Luz, el cantautor ha encontrado desde hace décadas su refugio perfecto para escribir, pasear y desaparecer del ruido.
Rota se asienta al norte de la bahía de Cádiz, a orillas del océano Atlántico, en un término municipal prácticamente llano de algo más de 84 kilómetros cuadrados.
Con unos 29.000 habitantes que en verano pueden llegar a triplicarse, la localidad mantiene, pese a la afluencia turística, la escala de pueblo donde todos se saludan por la calle.
El clima es uno de sus grandes tesoros, más de 3.200 horas de sol año y temperaturas suaves que convierten el invierno en una primavera larga y el verano en una sucesión de días luminosos, pero templados por el viento del mar.
Esa luz limpia, que rebota en las fachadas blancas y en la arena dorada, es parte del paisaje sentimental que atrapa a quienes, como Sabina, buscan horizonte despejado para pensar.
El casco histórico de Rota, declarado Conjunto Histórico, conserva el encanta de las villas andaluzas. Casas encaladas, macetas en los balcones, plazas recogidas y callejuelas que desembocan en el mar.
En torno a la plaza de España se organiza una vida cotidiana que mezcla al pescador de toda la vida con el veraneante que baja en chancletas al chiringuito.
Presidiendo el corazón de la localidad se alza el Castillo de Luna, una fortaleza medieval con patio porticado y zócalos pictóricos que ha visto pasar siglos de almadrabas, navegantes y culturas.
Muy cerca, la iglesia de Nuestra Señora de la O y la Torre de la Merced completan un perfil urbano que se ilumina cada tarde cuando el sol se esconde tras el faro y el puerto.
Si algo define a Rota son sus 16 kilómetros de playas de arena fina y dorada, desde La Costilla y El Rompidillo, en el núcleo urbano, hasta Punta Candor y la zona de Costa Ballena, más abierta y salvaje.
Iglesia de Nuestra Señora de la O, en Rota
Paseos de madera sobre las dunas, pinares que llegan casi hasta la orilla y un paseo marítimo siempre animado dibujan el escenario perfecto para largos paseos, conversacions al atardecer y noches de verano sin prisa.
En la bajamar quedan al descubierto los corrales de pesca, recintos de piedra heredados de épocas romanas y medievales donde se practica una forma de captura tradicional, convertida hoy en seña de identidad roteña.
Ese vínculo con el mar se completa en el puerto pesquero, donde todavía llegan las embarcaciones con el género que terminará, horas después, en las barras del casco antiguo.
Rota ha sabido combinar su alma marinera y campesina con una potente vocación turística, sin perder su sabor. Sus bares y tabernas ofrecen una gastronomía que va del pescaíto frito a la berza y el arranque, con la urta a la roteña como plato estrella, regado con vinos de la tierra como la tintilla.
Puerto de Rota
En verano, la Feria de la Urta y el festival flamenco Arranque Roteño ponen banda sonora a las noches en las que el pueblo se echa a la calle.
Entre terrazas llenas, guitarras que suenan en cualquier esquina y el murmullo constante del mar, se entiende que un músico acostumbrado a los focos elija este rincón gaditano para, simplemente, desaparecer.
