Castilla y León

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Peñaparda, feudo del pandero cuadrado e identidad del Rebollar

31 octubre, 2020 09:00

Dejamos Villasrubias para continuar nuestro encuentro con El Rebollar, un dulce remanso que el torbellino del tiempo aún respeta en algunas de sus manifestaciones que nos esperan en Peñaparda. Un precioso municipio situado en plena Sierra de Gata, que hace de frontera con la provincia de Cáceres, a una altitud de 860 metros y a 130 kilómetros de la capital salmantina. La economía de este municipio, que junto a otros cuatro forman la comarca natural de El Rebollar, se sustenta en la agricultura, ganadería y una hostelería incipiente.


No obstante, el pueblo posee una seña de identidad propia, como es el famoso pandero cuadrado de Peñaparda, que ofrece sones musicales de gran tradición y belleza, sobre el que volveremos más adelante. A este instrumento musical se suma el lenguaje de El Rebollar, enraizado en los primeros pobladores de estas tierras de excelente belleza paisajística que se muestra sobre todo en los meses de mayo y junio cuando los árboles están floridos y, luego, en otoño, con el cambio de tonalidades en sus bosques de roble rebollo –que da nombre a la zona–, pinos, chopos y castaños.

Llegamos al pueblo cuando aún no se han despegado las nubes de las cimas del Jálama. El municipio, con una paz que inunda las calles, vive su silencio, roto en intermitencias por la voz de un vendedor de ropa barata que dice llegado de Portugal. Un perro sigue los pasos del viajero, que refresca la cara con el agua cristalina que mana a borbotones en una fuente de dos caños.

Recorre el pueblo perdiéndose por calles que un día fueron tesoro y hoy lloran la tristeza del tiempo. Rincones de belleza endiablada. Una mujer, de parla local, saluda y permite recrearse en una vivienda con cochera en sus bajos donde cuelgan cebollas y pimientos, guindillas, ajos y algún jamón al que no le acecha la vejez. Unos pasos más adelante, un gato abre al viajero el camino de la iglesia, que conduce hasta la peña parda.

Peñaparda tiene una iglesia, de Nuestra Señora del Carmen, sin interés arquitectónico, de enfoscado y cal. Levanta curiosidad esta construcción, aún goza de unos sillares de granito bien cuidados, así como de unos arcos en la entrada principal que hablan de lo que pudo ser este templo y hoy esconde. A ciencia cierta no sabe el por qué, pero a buen seguro que algo ocurrió en el mismo para este cambio en su arquitectura. Respuesta que no encuentra en esta rauda visita.

Al bordear la iglesia asoma esbelta en lo alto de una peña –que semeja parda- una cruz que vigila el caserío. El viajero y sus acompañantes ascienden por una escalera mordida a la roca hasta lo más alto del montículo. Arriba, la sensación de inmensidad corre con el aire puro que acaricia la sudorosa epidermis. La visión perfora el tamiz cristalino de la imaginación. Es la mirada que confunde espacios y distancias. Es la paz y la dulzura de un lugar único donde se escuchan los pensamientos y regresan los recuerdos con los rayos de sol hasta punzar el corazón en este incierto otoño.

Semilla, vida y luz del pasado


Las tías Gora y Nisia, con su inseparable pandero cuadrado a pesar de ya entonces su avanzada edad



El viajero desciende del peñasco de color pardusco que va perdiendo por los fenómenos meteorológicos y el musgo que lo cubre para salir al encuentro de la identidad ancestral peñapardina. Son las señas de un pueblo representado por su cultura tradicional, sus bailes, su música –distinta en el conjunto-, su vestimenta, su parla, la Tía Gora –Gregoria Benito-,  y la Tía Nisia –Dionisia Morales- que Dios las tenga en su gloria, la primera se fue con 110 años allá por 2015, y la segunda con 107 años abandonó este mundo en 2014, dos mujeres que conformaban el retrato identitario que conjuga toda la etnografía local y comarcal y que, el viajero, tuvo la dicha de conocer y ver tocar y alguna vez mover con encanto en los bailaos esas sayas cortas y vistosas que identifican el porte de El Rebollar.

Dos vecinas, Gora y Nisia, de las últimas depositarias de la parla de El Rebollar –reducto lingüístico del leonés que trajeron a estas tierras aquellos repobladores del Reino de León a medida que la Reconquista la fue desalojando de la población musulmana-. Es que ambas centenarias han sido personajes muy populares entre los estudiosos e investigadores de la cultura tradicional salmantina, en la que destacan como mujeres que aún sabían tocar el Pandero Cuadrado, al que, por cierto, solo hacen sonar las mujeres en estas tierras del suroeste salmantino.

Tía Gora,
la última que pudimos visitar en un anterior viaje allá por 2014 vivía, como siempre lo hizo, en la calle Fontanilla, donde la visitamos, sentada en su cocina también de siempre, al calor de la lumbre como siempre. Como también vestía–al igual que el resto de las mujeres viudas de esta zona- de riguroso luto desde que el marido se fue al otro mundo hacía más de cuarenta años.

No es día de música ni de fiesta, pero el viajero ha tenido el privilegio, en otros viajes y otros tiempos, de escuchar ‘atizar’ con la porra al pandero, si algún día en la plaza, luego ya en casa porque Gora casi no tenía visión. ‘Sape que sape’, ‘Cuando la zorra viene’ o ‘El tintero de la Hilaria’ son algunas de las canciones entonadas por las mejores ‘pandereras’.

Vienen a la memoria sones del Pandero Cuadrado (panderu cuadráu), instrumento que no se sabe muy bien si es originario del Norte de España o de la cultura árabe, es único ya que sólo lo tocan las mujeres y es un pandero que, a diferencia de otros similares, se toca con la ayuda de una porra de madera, cuando en otros lugares recorridos por el viajero se golpea con la mano. El pandero se estila en toda la franja del oeste ibérico, desde Huelva hasta Galicia, "pero éste es el único que se toca con la porra", anota José Benito Mateos.

Ritmos que dan movimiento a los cuatro bailes de Peñaparda. Tres de ellos, interpretables tanto al ‘panderu cuadráu’ como a la gaita y el tamboril, que forman el baile propiamente dicho, que son el ‘ajecháu’, el ‘salteáu’ y el ‘corríu y brincáu’. Existe otro baile más solemne que es el ‘ofretoriu’, que se le bailaba a la Virgen del Rosario (primer domingo de octubre), interpretado únicamente con gaita y tamboril.

El gato espera nuestro regreso apostado en un rincón de la calle Fontanilla que llora su soledad. Los ritmos del sape que sape suenan en nuestros recuerdos bailados por el Grupo Folklórico de Peñaparda, ahora por El Fandagu de Robleda, como los han heredado de sus antepasados, al son del pandero cuadrado. Con salero, pureza y el sello de identidad de El Rebollar que imprime Peñaparda.

Construcción tradicional de Peñaparda


Escribía Casiano Sánchez Aires‘Breve reseña … del Partido Judicial de Ciudad Rodrigo'- en 1904, “En la fiesta eclesiástica los oferentes van bailando hácia el Santo con velas encendidas en la mano… Los días festivos por la noche andan de gallo los zagales; y como no escupen el tinto de la Sierra, suelen subirse á la cabeza sus vaporcillos: entran en ganas de armar gresca, (quizás por otra Galatea), y empiezan á gigear, lo cual equivale á provocar á reto: si alguien contesta gigeando también, significa que lo acepta, y se van aproximando hasta ponerse á tiro de piedra, cuando no se acercan tanto, que acaban por sacudirse adrede algún estacacillo, aunque rara vez pase á Útra-tumba el adversario. Con los forasteros se muestran pacíficos y atentos”.

La mañana avanza sin gigeos ni provocaciones, sino atención y amabilidad de las gentes que saludan y parlan con los foráneos. Es mediodía. El viajero con sus acompañantes cogen carretera de Navasfrías para encontrarse con quien fue su alcalde en la ladera boscosa. Pero es un agua que corre en otro riachuelo.

GALERÍA DE FOTOS DEL VIAJE A PEÑAPARDA