El blog de Kubelick

El chico de los Oscar y la inteligencia artificial

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No le busques entre los nominados: Domhnall Gleeson no opta a ningún premio, pero cada vez que vayas al cine este año te sorprenderás comentando, “¿otra vez el pelirrojo éste?”. Star wars: el despertar de la fuerza, El renacido, Brooklyn, Ex machina, todas esperan pillar algo el domingo por la noche y todas cuentan con el irlandés en un papel destacado. Ha sido, sólo en 2015, un jerifalte protofascista galáctico, otra versión del hombre tranquilo, el paladín de Leonardo DiCaprio y el pagafantas de Alicia Vikander. Chris Rock, el presentador de la gala, podrá repetir el chiste que hizo a costa de la omnipresencia de Jude Law en los Oscar de 2005: tío, sólo te falta hacer de Kareem Abdul Jabbar.

Domhnall es hijo de Brendan Gleeson, el irlandés oficial de Hollywood con permiso de Colm Meaney. Tiene un porte de galán suave que está explotando con cautela. Discreto, simpático, espigado y de semblante dulce, igual le plantan una levita que una sudadera. Si se lo monta bien podrá merendarse todos esos papeles, secundarios y protagonistas, que Hugh Grant dejó de hacer cuando le convencieron de que era una estrella. Este año ha pisado el acelerador y ya tiene un currículum que no cabe en una página. Ha alternado papeles de distinto peso, cine, tele, comedia de sketches y clásicos literarios. Efectivamente, ahora le has reconocido: es el hermano guapo de Ron Weasley.

Filosofía y ciencia ficción

Lejos de conformarse con encajar en un estereotipo resobado, Gleeson ha puesto sus facciones, tan limpitas, y su languidez al servicio de dos cuentos perturbadores sobre la creación de androides. Mientras veía Ex machina (ay, me encantaría que ganara el Oscar a mejor guión, pero me temo que no va a pasar) no podía evitar pensar qué gran sesión doble compone la peli de Alex Garland con el mejor capítulo de Black Mirror hasta la fecha, Be right back, el primer episodio de la segunda temporada (estrenado en 2013) que tenía, también, a Domhnall Gleeson como protagonista.

El mismo tema de fondo, la creación de vida artificial para satisfacer las necesidades humanas, y dos historias completamente distintas. En Ex machina, a Gleeson se le cae la baba con el poderío de una mujer (fabricada) superior que no se conforma con ser el reflejo autocomplaciente de un tarado, mientras que en la serie de Charlie Brooker (preciosa realización de Owen Harris, por cierto), interpreta a un adorable joven y a su replicante, elaborado gracias a sus restos digitales después de muerto.

Mientras veía Ex machina no podía evitar pensar qué gran sesión doble compone la peli de Alex Garland con el mejor capítulo de Black Mirror

En ambos casos, él es la presencia inocente de una realidad perversa, el muchacho de ojos tristes presto a cumplir caprichos y necesidades, a paliar frustraciones del resto de personajes, unos rebeldes, otros inmaduros, que se niegan a aceptar un destino cruel. Ninguna de estas historias (complejísimas las dos y tan bien resueltas) peca de grandilocuente, a pesar de ser filosofía bruta envuelta en ciencia ficción. Tampoco Gleeson, capaz de insuflar ternura a dos tipos dóciles y reconocibles, porque quién no lleva dentro un pringado y quién no se ha sentido como un autómata a merced de otros. Me cae bien Domhnall Gleeson, curra más que nadie, le potrean en todas sus películas y va a las galas de convidado de piedra. Por ahora.