Samarcanda, la legendaria ciudad de Tamerlán que un español convirtió en mito
González de Clavijo fue enviado por Enrique III de Castilla para conseguir la paz con el gran Timur. El viaje duró tres años que plasmó en un libro clave para el misterio que ha envuelto siempre a Samarcanda.
Las cuatro sílabas que dan nombre a esta mítica ciudad, una de las más antiguas del mundo, infunden misterio, exotismo, amor por el viaje, pasión por lo diferente. Para muchos escritores ha sido ese lugar imaginario al que se podía escapar siempre sin abrir los ojos.
De hecho, muchos la han llamado "la Roma de Oriente". Otros el "Edén del Asia Antigua" y para casi todos fue, durante siglos, la "Perla del Mundo Islámico".
Sin embargo, pocos saben que la leyenda de Samarcanda en el mundo occidental se debe a un español del siglo XV que visitó el famoso reino de Tamerlán enviado por el rey de Castilla, Enrique III, para garantizar la paz y el comercio de la Ruta de la Seda.
El viaje duró tres años que plasmó en un libro publicado en 1582, Vida y hazañas del gran Tamerlán,y que se convirtió en una Odisea que mantuvo la imagen de Samarcanda durante siglos como un paraíso azul y verde, donde de los árboles colgaba oro y por sus calles paseaban animales exóticos.
En 1404, cuando Ruy González de Clavijo se convirtió en el primer europeo en pisar la ciudad de las mil maravillas, muy pocos podían señalar en un mapa a Samarcanda. Y mucho menos qué camino había que coger para llegar hasta su cielo.
Sin embargo, las cortes europeas abrieron bien sus ojos y oídos para escuchar las inolvidables hazañas de Timur [o Tamerlán para nosotros], el hombre que creó el mayor reino en Asia en el actual sur de Uzbekistán. Y recordar para siempre al héroe y su contexto.
De la Samarcanda del siglo XV, este madrileño contó cada cúpula, cada puerto, cada rincón donde entre susurros se escuchaban decenas de lenguas extrañas.
Había atravesado Grecia, la antigua Anatolia y Mesopotamia para buscar al gran Timur, pero nada le impresionó tanto como cruzar las calles de una ciudad que había renacido hasta de la ira del temible Gengis Kan, que arrasó la región por negarse a pagar impuestos.
Clavijo la describió como quien pinta a una amante en el mayor momento de locura. Con todo lo que veía pero también a qué olía, cómo sonaba y sobre todo qué hacía tan impresionante al Imperio Timúrida. Unas frases que han sido clave para que los arqueólogos lo sepan todo de este gigante histórico. "Es tal la riqueza y la abundancia de esta gran capital que contemplarlas es una maravilla", aseguraba el madrileño.
Las raíces de este oasis en mitad del desierto se alargan más allá de 2.500 años. Fue un lugar importante para los aqueménidas y para los sogdianos. Y Alejandro Magno la conquistó en el año 329 a.C, cayendo también bajo el embrujo de su belleza.
Pero fue bajo el poder de Timur, como capital del Imperio Timúrida, cuando brotaron de las arenas grandes puertas, cúpulas gigantes y mezquitas ricamente decoradas con un color por bandera: el azul de Samarcanda.
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Hasta a sus caravasares llegaban comerciantes cargados de piedras preciosas, sedas de mil colores y dinero por doquier. De esa ruta vino también la primera fábrica de papel del mundo islámico, que acabó agrandando su leyenda.
Clavijo relata cómo en sus mercados se veían "paños de seda, setunis, camocanes, cendales, tafetanes y tercenales". "Forraduras de seda, y tinturas, y especiería, y colores de oro y de azul, y de otras muchas cosas".
De China llegaban las mejores sedas del mundo "y diamantes y especias; las cosas que del Catay [el nombre que usaban los europeos para referirse al hoy gigante asiático] vienen son las más preciadas pues dicen ellos que aventajan en lo que hacen a todas las naciones del mundo".
Y de la India "las especias menudas: nuez moscada, clavo, flor de la canela, jengibre y otras muchas; y cada día vienen muchos camellos cargados de melones tanto como es maravilla cómo se gastan y se comen".
Más de seiscientos años después, ese espíritu orgulloso y mítico se sigue respirando en las calles de Samarcanda y en monumentos que te roban la respiración y el alma, en ese orden, como la Plaza de Registán o la Necrópolis de Shah-i-Zinda.
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Sus mercadillos siguen recogiendo las tradiciones de esas caravanas en eterno movimiento que traían los regalos más exóticos del mundo, mezclados con una antiquísima tradición artesana y una gastronomía que incluye, a pesar de ser un país musulmán, viñedos y bodegas.
Visitar Samarcanda es seguir los pasos del gran Tamerlán, sus anhelos y sus miedos, pero también la resaca de un país que durante décadas perteneció a la URSS y que convirtió a esta ciudad en el refugio del espíritu nacional uzbeko con figuras tan heroicas como el propio Timur.
La huella española todavía se siente en la ciudad uzbeka. Los guías turísticos hablan de Clavijo como el gran salvador de la memoria de Samarcanda y una calle cerca del Mausoleo aún lo recuerda.
Incluso hay un barrio de casitas bajas a las afueras del centro histórico que se llama Motrit ["Madrid" en castellano] y es imposible no escuchar alguna palabra del idioma de Cervantes entre los viajeros que se buscan en el camino a sus monumentos.
Si aún tenemos dudas de si visitarla o no, podemos seguir leyendo para ver qué tenemos que recorrer al menos una vez en la vida o simplemente dejarnos convencer por Alejandro Magno que, según cuentan, cuando llegó a sus puertas exclamó: "Todo lo que había oído de Samarcanda es cierto, salvo que es más hermosa de lo que imaginaba".
Qué ver
Plaza de Registán
Es el alma de Samarcanda y el centro de una energía mágica que te traslada a la mente de los sabios y filósofos que se plantaron ante ella. Sentarse al atardecer en la plaza y simplemente observar es lo más parecido al éxtasis del que hablaban los sufíes sin necesidad de dar vueltas ni cerrar los ojos. El dorado del sol y el azul de los monumentos crean la atmósfera perfecta para cruzar al paraíso.
El nombre, en persa, significa "lugar de arena", puesto que se solía limpiar la sangre de los ajusticiados así. No era el único uso: la plaza tenía seis caminos por donde llegaban los mercaderes con tesoros en las alforjas, se emitían proclamas reales desde lo alto de las escuelas y los desfiles militares convertían la jornada en una fiesta.
Sus tres madrasas, la de Ulugh Beg; Sher-Dor y Tilya-Kori, se levantaron entre los siglos XV y XVII, en un ejercicio de virtuosismo con los mosaicos y una simetría imponente. Las enormes fachadas de los tres edificios, sobre todo el de la más antigua, la de Ulugh Beg, parecen reequilibrar el verdadero tamaño de los humanos frente al mundo.
Sin embargo, en su interior, cambian las tornas y en las pequeñas estancias donde estaban los alumnos hoy florecen tiendas de artesanías que vuelven a hablar de las maravillas que pueden hacer nuestras manos.
La plaza hay que visitarla de día pero sobre todo, por la noche, cuando se proyecta sobre las tres fachadas un espectáculo de luces e imágenes que narra el viaje por el tiempo y la historia de esta mítica ciudad.
La Necrópolis de Shah-i-Zinda
Este misterioso complejo es capaz de acercar lo mundano y lo divino en un solo paso. Incluso si uno no cree en el más allá (da igual cielo o paraíso), avanzando por sus calles tiene la sensación de que llega a algo superior, elevado, mágico.
Peregrinar a Shah-i-Zinda vale como comodín a un precepto coránico: visitar la Meca. Porque en esa tumba se encuentra Kussam ibn Abbas, primo del Profeta Mahoma, y el llamado Rey Vivo (que es lo que significa Shah-i-Zinda) puesto que dicen que después de haberle cortado la cabeza, bebió agua del pozo y se convirtió en inmortal. Su epitafio lo deja claro: "Los que mueren en el camino de Alá, no se consideran muertos, están vivos".
Atravesando la calle del cementerio, como se conoce popularmente, uno se va cruzando con los mausoleos de los hombres y mujeres más importantes de los siglos XIV y XV de Samarkanda que quisieron estar lo más cerca posible de la tumba del santo.
Hasta la mujer de Timur, Tuman-Aka, descansa en este complejo de cúpulas azules, brillos divinos al sol, altos portales decorados con mayólicas y hermosos diseños en cerámicas que marcaron un estilo y una ciudad.
El azul, verde, blanco y amarillo que marcan la decoración parecen encerrar al viajero en un túnel hacia el cielo, hasta el mausoleo del gran astrónomo Qāḍī Zāda al-Rūmī, amigo de Ulugh Beg, que es el edificio más alto del complejo y eso que no se trataba de ningún noble. Tampoco podemos perder de vista el de Shadi Mulk Aka, sobrina del gran Tamerlán y conocido como la Gran Perla de Shah-i-Zinda por su ornamentación intrincada en elegantes motivos florales.
Mezquita de Bibi Khanum
Esta mezquita construida en honor de la mujer de Timur, Bibi Khanum, nació para desafiar al mundo conocido por su grandeza y su riqueza. El gobernante hizo traer 99 elefantes de la India para levantar cúpulas de 40 metros que repicaran el firmamento y hasta ordenó crear un arco con la Vía Láctea todo en solo cinco años.
Sin embargo, sus ansias de grandeza parecían estar reñidas con los conocimientos de los arquitectos medievales y parte del complejo se vino abajo en el mismo siglo XV.
Ahora podemos ver cinco edificios que absorben la mirada del visitante por la riqueza en la decoración, su grandiosidad y, sobre todo, por escuchar la leyenda que ha marcado esta mezquita, la del joven arquitecto que retrasó las obras porque se enamoró de la reina.
Cuentan que fue la amada esposa de Timur quien quiso sorprender a su marido levantando una enorme mezquita antes de que regresara de una campaña militar. Construyeron cúpulas, salas, minaretes pero el arquitecto amenazó con no terminar el arco final si Bibi Khanum no le daba un beso. La reina se enfureció pero viendo que el joven iba en serio le permitió rozar una de sus mejillas. El fuego del amor del arquitecto le dejó una pequeña mancha que Timur descubrió a su vuelta unos días después. El guerrero ordenó derruir parte del edificio y persiguió al joven hasta el fin del mundo pero no logró encontrarlo.
Hoy dicen que si una mujer quiere quedarse embarazada y no puede, ha de acudir a Bibi Khanum, tocar sus piedras y pedirlo en cualquier idioma.
El Mausoleo de Tamerlán
Dos cosas impresionan en el Mausoleo de Gur-e Amir: su increíble cúpula azul turquesa y la certeza de que se está frente a la tumba del gran Timur.
Por un momento, nos podemos sentir abrumados por los mosaicos de colores, inscripciones de oro grabadas en estucos, bellísimos paneles de mármol o decoraciones suntuosas hasta el techo que descubren, tras la monumental entrada, que el cielo se puede encerrar en un espacio abovedado.
Arquitectónicamente, el complejo es una joya del arte timúrida que se concibió para acoger el descanso eterno de esta gloriosa familia. De hecho, junto a la lápida de jade negro de Mongolia reservada en el centro para el héroe uzbeco, están las tumbas de sus hijos y de su nieto, el famoso Ulugh Beg. Y una advertencia inscrita: "Si yo me levantase de mi tumba, el mundo entero temblaría".
Cuentan que, como una especie de maldición, un arqueólogo soviético, Mijail Gerasimov, promovió la exhumación de Timur para estudiar sus restos. Era el 22 de junio de 1941 y ese mismo día, Hitler invadió Rusia y "el mundo entero" tembló.
El Bazar Siab
Este mercado ubicado a pocos metros de la Mezquita de Bibi Khanum es un billete al pasado con una experiencia inmersiva: sentirse en mitad de un ajetreado día en una de las principales ciudades de la Ruta de la Seda.
El recinto actual, un lugar abierto pero techado, no tiene nada de especial en apariencia. Sin embargo, son los mercaderes y artesanos y sus secretos expuestos a la vista de todos los que hacen el lugar tan especial.
Cientos de colores y corrientes de fuertes esencias nos llevan por puestos de productos agrícolas, especies, dulces, artesanías y sobre todo pan, una tradición que viene enmarcada por la fama del pan de Samarcanda que nunca se seca.
Sólo en el mercado de Siab encontramos más de 17 variedades. Así que yo no rechazaría ninguna invitación de las que te lanzan para probar el género porque son un espectáculo.
Cómo llegar
Uzbekistan Airways cuenta con un vuelo directo entre Madrid y Taskent todos los lunes (excepto en los meses de invierno), ofreciendo la vuelta desde la capital uzbeka o desde Urgench. La manera más sencilla para llegar a Samarcanda es en tren directo desde Taskent que, además, te resultará muy familiar puesto que es un Talgo.