Valencia
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Después de toda una vida dedicado a la causa social de las personas desaparecidas, Paco Lobatón (Jerez de la Frontera, 1951) sigue en activo a sus 74 años en la que él denomina su "jubilacción". Porque algo le removió cuando presentó Quién sabe dónde, un programa de televisión emitido por Televisión Española que logró resolver el 70% de los casos. Y no ha parado desde entonces.

Una vez tomó conciencia del sufrimiento de lo que supone una desaparición para una familia, no ha sabido mirar hacia otro lado. Para él es "un compromiso de por vida". Fundó en 2015 Quién Sabe Dónde Global, una entidad al servicio de los ciudadanos que se han visto obligados a atravesar el dolor y la incertidumbre de no saber dónde están sus seres queridos.

Quien habla es la voz de la experiencia; la de haber acompañado a algunas familias para aliviar su situación y la de quien sigue luchando por lograr la aprobación del estatuto de la persona desaparecida.

Su talante desprende tranquilidad y la seguridad de saber que no se quedó quieto nunca y sigue contribuyendo cada día a hacer de esta una sociedad mejor.

El periodista recibe a EL ESPAÑOL en el marco del IX Congreso de Derecho Sanitario de la Comunitat Valenciana, que centra su edición en poner foco al alzhéimer y los retos médicos, jurídicos, éticos y sociales asociados a la enfermedad.

Pero este periódico también hace un repaso a la juventud de Lobatón, que no estuvo exenta de dificultades. Marchó a Madrid para estudiar Ciencias Políticas durante la dictadura, en un contexto especialmente represivo. Allí acabó siendo representante estudiantil, incluso encarcelado en la prisión de Carabanchel y, más tarde, exiliado a Ginebra (Suiza).

Con la muerte de Franco, la libertad se abrió camino y a su vuelta a España retomó su vocación. Pero si algo caracteriza a Paco Lobatón, tanto en su juventud como en la adultez, es no haberse quedado esperando.

Paco Lobatón recibe a EL ESPAÑOL momentos antes de moderar un coloquio en el IX Congreso de Derecho Sanitario. Raquel Granell

Pregunta.– Es el séptimo de diez hermanos. ¿Ha influido esta circunstancia en su personalidad?

Respuesta.– Posiblemente sí. Ser el séptimo de diez siempre te da mucha referencia. Los mayores te enseñan atajos, travesuras y también bondades. Te enseñan a entender lo que pasa alrededor, la relación con los padres. Hay muchas pautas.

En nuestro caso, los mayores fueron los que recibieron prácticas de autoridad paterna, a veces muy severas, y cuando llegó a nuestra escala, -yo soy el mayor de los pequeños de ese grupo de diez-, todo estaba más suavizado. Se quedaron con la parte más severa de la disciplina familiar. Mi padre era una persona con un sentido muy estricto de la familia y nosotros ya vivimos un ambiente más relajado.

P.– A sus 74 años, después de toda una vida, ¿qué le aconsejaría al joven Paco reivindicativo? ¿Qué le hizo ser representante del movimiento estudiantil?

R.– Entender que lo que pasa a tu alrededor no es algo ajeno a tu vida y que de alguna manera siempre es posible participar en esa realidad. Luego aprendí -y eso es lo que le diría a ese joven Paco- que 'está bien que te impliques porque es un deber y seguro que vas a aprender'. Y, de hecho, sí que aprendí mucho en esa tarea, aunque tuvo costes importantes, pero en el balance final el aprendizaje me reafirma que somos parte de una sociedad y tenemos que, no solo pedir derechos, sino atender a los deberes que tenemos como ciudadanos.

P.– Le detuvieron en la Facultad de Ciencias Políticas por, entre otras causas, desorden público. Pasó mes y medio en la cárcel de Carabanchel, luego se exilió a Ginebra (Suiza). ¿Cómo vivió aquellos años tan convulsos?

R.– Hubo momentos de mucha presión y represión, que es un concepto que para la gente joven hoy resulta prácticamente desconocido. La represión significaba que, simplemente si te manifestabas, podías ser detenido; si eras detenido podías ser golpeado. Hay compañeros que no solo fueron golpeados, sino torturados. Podías ser incriminado, imputado de cargos que no se correspondían con tu actividad, aunque fuera -como era mi caso- un militante estudiantil comprometido. Y activo.

Imagen de archivo de Paco Lobatón en el estudio de Radio Jerez. Cedida.

Todo eso es lo que viví a partir del año 70, hasta el momento en que, tras pasar por Carabanchel y por un juicio en el Tribunal de Orden Público, tomé la decisión de vivir esos años de mi vida de otra manera: sin dejar de colaborar en la conquista de las libertades en España. En Ginebra, concretamente, había un colectivo de emigrantes españoles, en su mayoría andaluces, con los que compartí manifestaciones, reuniones..., en fin, toda una lucha que desde fuera era muy importante.

P.– Pudo regresar a España gracias al indulto general firmado tras la proclamación del rey Juan Carlos I.

R.– Yo en Ginebra obtuve el Estatuto de Refugiado Político y el carnet del Alto Comisionado de Naciones Estados Unidos para los refugiados (ACNUR). Eso me dio una protección indudable, pero cuando Franco murió yo fui a la Embajada española a pedir mi retorno inmediato. Y efectivamente el primer indulto, que no fue una amnistía plena sino un indulto parcial, me permitió volver y reencontrarme con mi familia.

Es una situación muy dura, muy dolorosa, especialmente si coincide con un momento vital como era el mío. Mis padres sufrieron mucho, sobre todo mi madre. Sin embargo, tengo un recuerdo muy entrañable: siendo ya personas mayores consiguieron llegar a Ginebra y pude verlos incluso antes de mi retorno definitivo. Siempre hay un requerimiento, hay una querencia por tu entorno afectivo, por tu ciudad, por tus amigos. Evidentemente, eso no termina de ser cubierto por las nuevas amistades: lo que hay es una imposibilidad material y legal de volver a casa.

P.– Mucha gente le conoce por Quién sabe dónde. El 70% de los casos se resolvieron gracias a su labor y las llamadas de los espectadores, pero el programa terminó. ¿En qué momento decidió continuar esa labor social creando la fundación QSD Global?

R.– En el momento en el que la televisión pública cerró las puertas a un programa que había permitido a tantas familias expresarse y prestar su ayuda; esta fue la clave principal para que se resolvieran siete de cada diez casos. Ni el más potente equipo de detectives o de policía especializado hubiera podido conseguir eso. Esos millones de audiencia no eran personas pasivas, sentadas en su sofá, contemplando la desgracia ajena, sino que empatizaban con quienes estaban sufriendo la desaparición de un ser querido y, si podían ayudar, ayudaban inmediatamente.

No había redes sociales, pero había una línea gratuita -900 100 673-. Llegamos a recibir hasta 20.000 peticiones de búsqueda. 20.000.

P.– ¿Fue verdaderamente el Gobierno de Aznar el que decidió no renovar el contrato y puso fin a la emisión?

R.– No es así, porque esas cosas no ocurren de una forma transparente. En democracia, afortunadamente, las decisiones que toman los gobiernos deben ser transparentes y los ciudadanos tenemos derecho a saber cómo han ocurrido las cosas.

En el final de Quién sabe dónde no hay transparencia; hay simplemente una interrupción, una no renovación de los contratos que, por cierto, se debía actualizar trimestralmente en función de los resultados. En realidad esa era la norma y, por tanto, esas eran las condiciones básicas del contrato. ¿Por qué se interrumpe? ¿Por qué se deja de hacer la siguiente renovación cuando el programa seguía teniendo una extraordinaria audiencia? Para eso nunca hubo una respuesta.

Paco Lobatón, el presentador de 'Quién sabe dónde'. EE

Indirectamente y de una forma oficiosa sí que hubo personas que me dijeron -y lo expresaron también públicamente- que parecía que a los altos responsables del Gobierno no le había gustado que el programa se ocupara de casos de bebés robados o de algunas historias de desaparición relacionadas con los años de la posguerra, lo que luego se ha conocido como memoria histórica. Curioso, porque esos conceptos no estaban acuñados, pero en el programa aparecían porque había familias que venían a buscar a un ser querido desaparecido en las postrimerías de la Guerra civil, en los años durísimos, durísimos, de la posguerra, o bien casos de bebés robados. En las cuatro esquinas del país.

P.– Por usted, se hubieran hecho más temporadas.

R.– Yo hubiera seguido. De hecho, es interesante que se sepa que Quién sabe dónde es exactamente una adaptación de un formato italiano llamado Chi l'ha visto?, que se emitía en Rai 3, que es una cadena pública italiana. Ese programa se ha seguido emitiendo y se emite a día de hoy de manera ininterrumpida. En España podría haber ocurrido lo mismo.

Justo pongo en marcha la fundación para proveer a la familia de una plataforma, de un punto de encuentro y de interlocución con los poderes públicos y la administración.

P.– Con la Fundación QSD Global, ¿a cuántas personas o familias se pueden haber ayudado?

R.– No tenemos una cuantificación exacta, estricta, pero la fundación ha cumplido 11 años desde 2015 y se ha ido ensanchando, incorporando asociaciones de familiares que han querido emprender acciones concretas en su entorno. Estamos hablando de centenares, quizás 1000, 2000.

Estamos permanentemente abiertos y ahora, en la colaboración que yo estoy prestando como parte del trabajo de la Fundación en Televisión Española, las desapariciones que se están produciendo, inmediatamente aparte de los momentos de aparición en televisión, son también acogidas por los espacios de la de la entidad para ayudarles en temas jurídicos, en información y en acompañamiento.

P.– Usted se alejó del foco mediático para hacer otras labores, aunque actualmente colabora en el espacio Desaparecidos de Radiotelevisión Española. ¿Cómo ha sido su vida desde entonces?

R.– Para mí hacer esa labor a mi edad, que es una edad de jubilación, yo le llamo de 'jubilacción' y esa acción yo la pongo al servicio de la gente. ¿Por qué? Porque para mí es un compromiso de por vida: el vínculo con la causa de las personas desaparecidas. Lo es porque no he sabido mirar para otro lado, una vez que tomé conciencia del sufrimiento que suponen las desapariciones, la incertidumbre, que es un sufrimiento corrosivo.

Y también porque comprobé, sobre todo en los años de Quién sabe dónde, pero también después, que hacer esa difusión resultaba útil, ayudaba. Si compruebas que sirve, hay que seguir usando esa herramienta. Y por eso continuo. Ya digo que para mí es un compromiso de por vida.

P.– Como periodista, ¿cómo ve la deriva de la profesión?

R.– Veo que es más que nunca necesario tener un periodismo sólido de medios de comunicación que tengan la capacidad para contrastar la información, para verificarla. La verificación siempre ha sido una premisa básica en el periodismo, pero hoy lo es mucho más. Y en cuanto a la práctica, creo que en España concretamente, quizá por la parte de espectacularización que se ha introducido en la televisión, en los magazines de actualidad y en las demás tertulias políticas, creo que se ha producido una cierta confusión entre información y opinión. Me parece que es muy importante que los ciudadanos tengan una total claridad sobre qué es opinión y qué es información.

Jugar al equívoco yo creo que es pues una mala praxis desde el punto de vista del oficio periodístico, pero también algo absolutamente negativo para para la sociedad y para el sistema de convivencia democrático. Para la democracia esa confusión no es buena. Sin embargo, la veracidad en la información sí que contribuye a que los ciudadanos estén mejor informados y tengan anticuerpos ante los bulos, porque los anticuerpos tienen que existir en forma de información de datos de los que se pueden tener seguridades de hechos, que sean referencia cierta.

P.– ¿Cómo de importante es prestar atención a una persona que tiene Alzheimer y que se puede desorientar e incluso desaparecer en el peor de los casos?

R.– Importantísimo. Y además es vital hacerlo de manera inmediata. Parece que cualquier buena persona lo va a hacer, pero luego hay dinámicas en la vida familiar y social por las que eso no se hace, no se está haciendo. Y nosotros, ya constituida la fundación, empezamos a recibir una información según la cual, entre las personas que desaparecían con alguna demencia, alguna enfermedad neurodegenerativa, casi siempre Alzheimer, había un hallazgo de una persona fallecida. Nos pareció que era un dato verdaderamente inquietante porque solo de esa causa, ya teníamos que contabilizar una por semana: 52 personas al año. Además, morir al final de una vida normalmente de trabajo, de entrega a la sociedad, de esa manera, muchas veces en descampados, sin un acompañamiento, nos parecía una gravedad enorme.

Convocamos un foro que llamamos Mayores a salvo. 'Desorientados quizá, desaparecidos nunca' fue nuestro lema. Lo hicimos en el Imserso y se promovieron una serie de medidas, como la geolocalización, porque había una parte importante de recursos tecnológicos que se trataron en ese foro. También hubo una consecuencia positiva en las Fuerza de cuerpo de seguridad que crearon la alerta mayor desaparecida, tanto Policía Nacional como Guardia Civil.

Paco Lobatón recibe a EL ESPAÑOL momentos antes de moderar un coloquio en el IX Congreso de Derecho Sanitario. Raquel Granell

Aun así, hoy por hoy creemos que hay que completar todo lo que se haga en ese terreno, comunicando el trabajo que hace la Policía con el trabajo que se hace en el ámbito sanitario, de ahí mi presencia en el IX Congreso de Derecho Sanitario de la Comunitat Valenciana, y el que se hace en el seno de la comunidad. Hay que crear redes que conecten todos esos ámbitos y hay algunos modelos muy interesantes de prevención.

El modelo Herbert en Reino Unido hace que las familias que tienen a una persona con Alzheimer en casa tengan preparada toda la información sobre esa persona: desde una fotografía, sus datos principales, incluso sus costumbres, sus hábitos y los lugares donde suele dirigirse. Tenerla preparada por si se produce una desaparición que la policía no tenga que empezar desde cero o desde menos cero. Eso deberíamos poder implementarlo en España y nuestra fundación está trabajando en ese sentido.

Yo se lo voy a preguntar a mis interlocutores -que son José Antonio Lorente, presidente de la Fundación QSD Global y Tomás Cobo, presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos-, si no ha llegado el momento de conciliar la asistencia sanitaria, la cuestión de la seguridad, el riesgo orbital y adoptar con, por supuesto, el consentimiento informado o mediante la manifestación de voluntades anticipadas un mecanismo tecnológico seguro, como sería un chip subcutáneo.

Con un consentimiento informal, como se consiente que te anestesian para una intervención quirúrgica o bien también con una manifestación anticipada de voluntades, se salvaguarda la autonomía. Pero que se respete su libre albedrío con la seguridad de que si se pierde va a poder ser localizado a tiempo. A tiempo. Y ese tiempo es vital, porque a veces en una desorientación, que los psicólogos llaman deambulación errante, puede ocurrir accidentes, algunos de ellos letales.

P.– ¿Cómo ha avanzado la sociedad en el tema de las desapariciones, desde que en 2015 fundó QSD Global?

R.– Ha habido cambios sustanciales, muy importantes. Los años de Quién sabe dónde apenas había alguna pregunta que se formulaba en el Congreso y que tenía la respuesta de algún responsable gubernamental. Desde 2010 hay una base de datos común y además se promueve que haya informes regulares. Desde 2017, concretamente, ya empiezan esos informes informes estadísticos. Es importante conocer la realidad con todos sus perfiles, conocer las causas de la desaparición, porque si no no se podría trabajar eficazmente para impedirla, paliar sus efectos.

Desde 2018 existe el Centro Nacional de Personas Desaparecidas, que se ha hecho responsable de los informes y también ha promovido los planes estratégico: un primer plan sobre personas desaparecidas en 2022; y otro en 2024 que está vigente por 4 años con dotación económica, cosa que nunca había ocurrido en España. Eso ha permitido, además, actualizar los protocolos policiales.

Tenemos que ir más allá porque esos protocolos deben mejorar incluso la acción inmediata, que es la denuncia de la desaparición, el acompañamiento psicológico, la asistencia jurídica, pero en todo eso se ha avanzado. Nosotros como entidad hemos sido canalizadores, canalizadores de esa energía, de esa fuerza que han sido las demandas.

Coloquio en el IX Congreso de Derecho Sanitario moderado por Paco Lobatón. Raquel Granell

Hay otra parte que es ahora mismo más importante, que es la parte legal: conseguir un estatuto de la persona desaparecida como base de una ley específica. Ese estatuto del que hemos propuesto desde 2016 se ha elaborado con las reivindicaciones de la familia, con todos los puntos en los que las familias han detectado carencias.

P.– ¿Cómo es el día a día de Paco Lobatón a sus 74 años?

R.– Más movido de lo que correspondería a mi edad biológica. Yo estoy casi permanentemente en actividad relacionada con la causa de las personas desaparecidas. Mantengo un programa semanal en Radio 5, Radio Nacional de España, Diario de ausencia. También una colaboración semanal en Televisión Española y con la fundación preparamos sin pausa actividades de encuentro con la familia, de acompañamiento.

Próximamente tendremos una conferencia internacional en Sevilla, la segunda que realizamos en los últimos años, donde vamos a intentar hacer una proyección europea de todas las reivindicaciones y en este momento está en marcha una subcomisión del Congreso de los Diputados de la Comisión de Interior para, precisamente, promover el estatuto de la persona desaparecida.

No hay día en que no tenga algún trabajo, porque estamos intentando que no se agoten los seis meses de plazo. Se aprobó hace un par de semanas y espero que sea posible que se concluyan los trabajos antes del final de esta legislatura.