Ante el desarrollo de la inteligencia artificial, hay una pregunta que se repite con insistencia: ¿qué es lo que una IA nunca podrá hacer? Tengo que confesar, con humildad, que no lo sé. La aceleración tecnológica es tan voraz y tan superlativa que afirmar dogmáticamente qué será incapaz de hacer dentro de cinco, 10 o 20 años sería poco prudente por mi parte.
Hay, sin embargo, otra pregunta que sí creo que podemos hacernos: ¿qué es lo que un profesor nunca debería dejar de hacer cuando se habla de inteligencia artificial?
La primera condición para responderla es evitar dos extremos. Por un lado, la tecnofobia y, por otro, la tecnolatría. Porque ni la tecnología conduce necesariamente al peor de los mundos posibles ni estamos, por utilizar una expresión deliberadamente provocadora, a las puertas del paraíso.
Entre el miedo y el tecno-mesianismo hay un espacio mucho más fecundo, que es el de pensar qué hacemos con esta tecnología y, sobre todo, qué hacemos con nosotros mismos en un mundo profundamente transformado por ella.
Porque ya no hablamos únicamente de una herramienta. La IA forma parte de un sistema, de un entorno donde vivimos, trabajamos, nos informamos, nos relacionamos y nos desarrollamos. Y ese entorno no sólo modifica nuestras tareas; también introduce valores. Aceleración, utilitarismo, rapidez, eficacia.
La velocidad se ha convertido en un valor central en nuestra sociedad. Queremos aprender antes, curarnos antes, graduarnos antes. Pero hay procesos humanos que no pueden hacerse aceleradamente. La maduración, la educación y el acompañamiento requieren de tiempo.
En este contexto, la universidad tiene que preguntarse qué hace que el encuentro entre profesor y alumno siga siendo necesario.
La respuesta no está en repetir los contenidos. Si un profesor entra en el aula para explicar exactamente lo que una inteligencia artificial puede explicar mejor, más rápido, de manera personalizada y sin límites de espacio y tiempo, su tarea pierde buena parte de su sentido. Gran parte de los contenidos ya están ahí. La cuestión es qué hacemos con ellos. Por eso, enseñar es más que transmitir conocimientos.
Hay, al menos, cuatro dimensiones que convierten al profesor en alguien irreemplazable: la experiencia, el entusiasmo, el pensamiento crítico y la capacidad de ayudar a encontrar un sentido.
Hay procesos humanos que no pueden hacerse aceleradamente. La maduración, la educación y el acompañamiento requieren de tiempo.
La inteligencia artificial procesa información, pero no ha vivido. No ha experimentado situaciones puramente humanas, como el enamoramiento, la enfermedad, el fracaso, el duelo o la muerte de un ser querido. El profesor sí. De este modo, cuando comparte aquello que ha vivido, aparece el “yo”, aparece la humanidad y la clase se convierte en algo único e irreemplazable para el alumno.
También está la capacidad de entusiasmar. Una cosa es ofrecer información sobre García Lorca, Vivaldi o San Juan de la Cruz, pero otra muy distinta es transmitir qué nos sucede cuando leemos a Lorca, escuchamos a Vivaldi o contemplamos una obra de arte. El buen profesor puede irradiar entusiasmo y despertar en el alumno el amor por el conocimiento.
Y está, finalmente, el pensamiento crítico. Vivimos en un contexto de enorme credulidad digital, donde tener millones de seguidores puede confundirse con tener razón. El aula debe ser un espacio para preguntar: ¿por qué lo crees?, ¿en qué se basa?, ¿qué conocimientos tiene quien afirma esto? Cuestionar las fuentes, salir de los espacios de confort y romper el mimetismo gregario son tareas educativas esenciales.
Pero quizá la cuestión más profunda sea otra. Ayudar al estudiante a preguntarse para qué vive. La inteligencia artificial puede responder muchas preguntas, pero las preguntas fundamentales guardan silencio porque no forman parte de su interrogación. ¿Cuál es tu proyecto de vida? ¿Qué sentido tiene? ¿Cuál es tu objetivo en el mundo?
El desarrollo de la inteligencia artificial no tiene por qué significar el reemplazo del profesor. Puede ser una oportunidad para liberarnos de tareas mecánicas, repetitivas y transmisoras y para concentrarnos en aquello que nos hace genuinamente humanos.
La cuestión no es, por tanto, si la inteligencia artificial acabará con el profesor. La cuestión es si el profesor será capaz de descubrir aquello que la inteligencia artificial no puede sustituir: su experiencia, su capacidad de entusiasmar, su mirada crítica y su acompañamiento en la búsqueda de sentido.
Ahí es donde el profesor se juega su razón de ser.
***Francesc Torralba es catedrático de Ética de la Universidad Ramón Llull y profesor invitado a la Jornada de Profesores de la Universidad Francisco de Vitoria (UFV).
