El informe de la OCDE publicado este martes ha dejado un dato desolador. España está inmersa en el invierno demográfico. La sociedad española ya no solo muestra síntomas de un vasto envejecimiento poblacional, sino que el futuro se empieza a agotar.
Según se extrae del informe Education at a Glance 2026 –Panorama de la educación 2026– elaborado por la citada organización, "está previsto que el número de niños de 5 a 14 años en España se reduzca un 13% entre 2024 y 2033".
Esto significa que si en 2024 había 4.529.620 niños en España, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2033 habrá 3.940.769. Es decir, nuestra población infantil ni siquiera alcanzará los 4 millones de personas. Un drama demográfico.
De acuerdo con la OCDE, que ha centrado su estudio de 2026 particularmente en los profesores, esto significa que en 2033 habrá "una menor demanda de profesorado si no se realizan cambios en otras políticas".
Comparativa internacional
El abismo demográfico español, sin embargo, no es un fenómeno aislado, aunque sí resulta mucho más grave que en nuestro entorno. De media, los países de la OCDE sufrirán una caída del 9% en este mismo tramo de edad para la próxima década.
Son cuatro puntos de diferencia respecto al retroceso que experimentará España.
Este constante declive poblacional se concentra de forma muy visible en el sur y el este de Europa. Países europeos como Grecia, Italia, Bulgaria, Rumanía y Estonia acompañan a España en este furgón de cola de la natalidad. Es un mal endémico de estas regiones.
De hecho, Italia presenta una situación aún más crítica. El país transalpino verá cómo su población infantil se desploma un 18% para el año 2033. Sin embargo, no son los casos más extremos a nivel mundial.
Corea del Sur encabeza este dramático ranking. Sufrirá un hundimiento del 40% en su alumnado durante los próximos diez años. Le siguen de cerca Argentina y Costa Rica, con caídas proyectadas del 28%, o Letonia y Lituania, que perderán un 23% y un 22% respectivamente.
En la otra cara de la moneda están los países que aún disfrutan de un claro relevo generacional. Israel lidera las proyecciones globales con un notable aumento del 16% en su población de 5 a 14 años.
Le siguen Luxemburgo y Sudáfrica, que registrarán unos incrementos demográficos del 10%. Islandia y Arabia Saudí también sumarán de manera notable entre un 5% y un 7% más de niños en sus aulas escolares.
Consecuencias del descenso de niños
Esta enorme sangría demográfica plantea desafíos verdaderamente mayúsculos a escala global. La propia OCDE subraya en su estudio que esta compleja situación general obligará forzosamente a los gobiernos a tomar "decisiones difíciles sobre la asignación de recursos educativos y la organización de la provisión de educación".
La primera consecuencia directa afecta a las plantillas docentes. La caída sostenida de alumnos puede aliviar las actuales y asfixiantes presiones de contratación. Hoy, la práctica totalidad de la OCDE sufre para lograr encontrar profesores plenamente cualificados.
No obstante, las administraciones deben ser muy cautelosas, ya que toda la fuerza laboral docente se encuentra actualmente muy envejecida. En España, por ejemplo, el 23% del profesorado de Secundaria tiene ya al menos 55 años.
Por ello, el reto al que se enfrentan es absolutamente doble. Los sistemas educativos deberán gestionar eficazmente el descenso incesante de alumnos y reemplazar a los docentes jubilados. De lo contrario, podría surgir una grave escasez de profesores en ciertas áreas.
Aquí surge una gran oportunidad histórica. La drástica reducción de alumnos permite a todos los países replantear por completo sus recursos. En lugar de reducir profesores, se pueden mantener las actuales plantillas para rebajar las elevadas ratios de alumnos por docente.
Esto ya ha ocurrido recientemente. Según revela el informe de la organización, entre los años 2015 y 2024, los estudiantes de Primaria matriculados en España cayeron un 5%. Sin embargo, el volumen de profesores adscritos creció un 9%.
Este enfoque también permite potenciar la inclusión en las aulas, facilitando dar una atención mucho más personalizada. Pero mantener estructuras complejas con menos alumnos eleva drásticamente el coste por estudiante. A largo plazo, se requerirán decisiones duras sobre la sostenibilidad del gasto público.
El impacto castigará duramente a todas las áreas rurales. Estos pequeños municipios sufren una doble presión estructural: la baja natalidad y el éxodo imparable hacia las grandes ciudades.
Mantener estas escuelas será cada vez más costoso para el Estado. Los gobiernos deberán decidir si logran reestructurar el modelo actual o consolidan centros, provocando posibles cierres de colegios remotos.
