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Hay jóvenes que ya están fuera del sistema educativo. Otros siguen matriculados, pero cada vez pisan menos las aulas. España convive con ambas realidades: el 17% de las personas de entre 18 y 24 años ni estudia, ni trabaja ni sigue una formación.

Son los denominados NEET —Neither in Employment nor in Education or Training—, conocidos popularmente como "ninis". El porcentaje español supera la media de los países de la OCDE con datos comparables, situada en torno al 13%.

La situación, al menos, ha mejorado durante la última década. En 2015, el 23% de los jóvenes españoles de esa edad estaba fuera tanto del empleo como de la educación. Entre los países comparables de la OCDE, entonces eran alrededor del 16%.

España ha reducido así seis puntos su porcentaje en diez años, aunque todavía permanece cuatro por encima de la referencia internacional.

Dentro de ese 17%, un 9% de los jóvenes españoles de entre 18 y 24 años está desempleado y busca trabajo, mientras otro 8% permanece fuera de la población activa. Un 22% trabaja sin estudiar y aproximadamente el 61% continúa dentro del sistema educativo.

La OCDE advierte en su informe Panorama de la Educación 2026 de las consecuencias que puede tener una desconexión prolongada a esas edades. Los periodos largos de inactividad dificultan adquirir experiencia laboral y competencias y pueden terminar favoreciendo situaciones posteriores de exclusión laboral y social.

Ramón González, catedrático de Filología de la Universidad de Sevilla, considera que incluso las estadísticas pueden quedarse cortas. "Yo siempre pienso que esos datos están por debajo de la realidad. Creo que la realidad siempre supera cualquier dato de ese tipo", asegura.

A su juicio, el 17% español responde a factores que exceden las aulas. González apunta, entre otros elementos, a la economía sumergida y a jóvenes que pueden trabajar sin aparecer en las estadísticas oficiales.

También menciona las dificultades —y los cambios— a la hora de abandonar el hogar familiar. "Antiguamente, cuando vivías con tus padres, tu mayor obsesión era salir de ahí y buscarte la vida", sostiene. Ahora, considera, parte de los jóvenes siente menos presión para iniciar ese proceso.

Pero el informe de la OCDE muestra otro desequilibrio. Entre los españoles de 25 a 34 años, el 25% no ha alcanzado una titulación equivalente a Bachillerato, frente al 13% de media en la organización.

En el otro extremo, España presenta una proporción elevada de titulados superiores: el 53% de los jóvenes de 25 a 34 años tiene estudios terciarios, frente al 47% de media de la OCDE.

El agujero aparece en los niveles intermedios. Sólo un 23% de los españoles de esa franja cuenta con Secundaria superior o educación postsecundaria no terciaria, frente al 38% del promedio internacional.

Universitarios ausentes

Llegar a la universidad tampoco garantiza que el estudiante permanezca vinculado al aula. Un estudio de la Universidad Autónoma de Barcelona sitúa en el 42% el porcentaje de alumnos que practica algún tipo de absentismo universitario.

Los datos dibujan situaciones muy distintas. El 53,9% de los matriculados asegura asistir habitualmente a más del 80% de las clases, pero un 23% reconoce acudir a menos del 60%.

Además, cuatro de cada diez estudiantes admiten haber dejado completamente de seguir de manera presencial alguna asignatura durante el curso. Los docentes calculan una asistencia media del 60,7%.

Para González, detrás del absentismo hay varias causas. La primera es la "falta de compromiso" del propio estudiante con su formación. Pero cree que responsabilizar únicamente a los alumnos dejaría fuera una parte fundamental del problema.

"Incluso los que vienen a clase están allí sentados, pero algunos están mirando el móvil, haciendo cualquier otra cosa y no están prestando atención", señala el catedrático.

A esa desconexión suma una pérdida de exigencia académica. Según su experiencia, cuando un estudiante percibe que puede aprobar sin acudir de manera regular, desaparece buena parte del incentivo para estar diariamente en el aula.

González cuestiona también que los alumnos puedan disponer de numerosas oportunidades para superar una materia y considera que las universidades deberían recuperar mayor rigor en la evaluación.

Pero introduce una segunda responsabilidad: la de los profesores y el propio sistema universitario. La disponibilidad permanente de apuntes, plataformas digitales y materiales ha hecho que determinadas clases resulten prescindibles para algunos alumnos.

"Si hay algún dato que necesitan saber se lo suben a la plataforma", explica. En ese contexto, añade, el estudiante acaba percibiendo que "ir a clase tampoco es tan necesario".

Es una preocupación que coincide con las conclusiones recogidas por el estudio de la UAB. Responsables universitarios señalan que una clase basada únicamente en transmitir información tiene cada vez más dificultades para competir con contenidos disponibles en cualquier momento en internet.

La pandemia aceleró el proceso. Durante meses, estudiantes y profesores comprobaron que era posible seguir buena parte de las asignaturas desde casa. Los apuntes digitales, las clases grabadas y, más recientemente, las herramientas de inteligencia artificial han ampliado todavía más las posibilidades de estudiar por cuenta propia.

Para González, por eso, el absentismo puede ser más un síntoma que el problema central. "Puede ser una manifestación externa de otro problema que a mí me parece mucho más profundo: la devaluación de la enseñanza universitaria", afirma.

El catedrático sostiene que recuperar alumnos para las aulas exige volver a convertir la clase en una parte necesaria del aprendizaje y no en un simple trámite. "Mal por ellos", dice sobre quienes dejan de asistir, "pero quizá también mal por parte del profesorado y por parte del sistema", que deben conseguir que acudir "sea necesario, sea útil" y forme parte de la evaluación.

España presenta así dos caras diferentes de una misma desconexión. Miles de jóvenes permanecen fuera del empleo y la formación, mientras una parte de quienes sí llegan a los estudios superiores mantiene la matrícula pero se distancia de las aulas.

Dos fenómenos distintos, con causas también diferentes, que colocan una misma pregunta sobre la mesa: cómo conseguir que el paso por el sistema educativo vuelva a tener suficiente valor como para mantener vinculados a quienes están dentro y recuperar a quienes ya quedaron fuera.