La universidad de hace dos años tiene más similitudes con la que existía tras la Segunda Guerra Mundial que con la que nos encontraremos el próximo curso.
Afianzada en un legado de siglos, la universidad ha perpetuado una dinámica de aula prácticamente inmutable: un grupo de estudiantes sentados frente a un docente que exponía contenidos, apuntes tomados a mano o en portátil, y la biblioteca como templo exclusivo del saber. El profesor como custodio del conocimiento, y los planes de estudio perennes durante años sin sufrir convulsiones.
La universidad vivía cómoda en esa constante.
Sin embargo, ese equilibrio se ha roto y, sin explicitar el motivo, cualquier lector ducho en educación intuye el causante. La forma en la que conocíamos la universidad está condenada a una pronta extinción. Esta ruptura no se asocia a un ajuste metodológico más ni ante la llegada de una muleta tecnológica.
La irrupción de la inteligencia artificial representa un salto cualitativo de dimensiones comparables a la invención de la escritura, la imprenta o la llegada de internet.
Si la imprenta democratizó el acceso al libro e internet abrió la puerta a la información masiva, la inteligencia artificial democratiza la capacidad de procesamiento cognitivo a niveles exponenciales. No es pretencioso plantear si nos encontramos ante la mayor transformación en la historia del aprendizaje.
La forma en la que conocíamos la universidad está condenada a una pronta extinción
Hasta hace muy poco, el docente universitario legitimaba su posición por el monopolio del conocimiento, circunscrito a las paredes físicas de la facultad. Internet agrietó ese muro, pero la inteligencia artificial lo ha demolido por completo.
Hoy, ésta no solo busca información, la sintetiza, la aterriza, la ejemplifica y la adapta al ritmo exacto que el estudiante necesita. Puede tutorizar a tiempo real y colaborar en la elaboración de tareas complejas. En la práctica, la inteligencia artificial ha traído la posibilidad de una hiperpersonalización a escala 1:1.
Ante esta realidad, la adopción por parte de los estudiantes es masiva. Según el último informe de la Fundación CyD, alrededor del 90 % de los universitarios españoles utiliza herramientas de inteligencia artificial de forma habitual para sus estudios, y la inmensa mayoría percibe que su uso mejora su rendimiento.
Sin embargo, es llamativo que únicamente un tercio de esos estudiantes afirma haber recibido algún tipo de formación o guía ética sobre su uso por parte de su universidad. No podemos mirar a otro lado frente a un contexto tan asentado en nuestras aulas.
Este vacío nos sitúa ante un dilema deontológico, que evoca los debates deweynianos sobre el tecnohumanismo. Cuando la máquina asume la sobrecarga cognitiva de sintetizar, procesar y estructurar la información, el aprendizaje ya no depende de la retención, sino de la mediación pedagógica.
Si la tecnología resuelve la ejecución con mayor eficiencia de la que veníamos ofreciendo, ¿cuál es hoy el verdadero papel del docente universitario? La respuesta no pasa por atrincherarse en la tradición ni desdeñar la tecnología por miedo a la pérdida de autoridad. Tampoco lo es asumir una sustitución ciega, entregándose de forma fanática a la vanguardia per se, una tentación en la que la educación ha caído más de una vez.
La única salida exige purificar la función docente, desprendiéndonos de lo banal y mecánico, para afianzar lo verdaderamente imprescindible.
La docencia universitaria del curso 2026-2027 debe evolucionar hacia un modelo de co-teaching, donde el proceso de enseñanza sea diseñado e impartido en un tándem entre el ser humano y la máquina.
Se trata de evolucionar el modelo de codocencia que Marilyn Friend y Lynne Cook conceptualizaron en los noventa para el trabajo colaborativo entre profesores, llevándolo hoy a la alianza entre inteligencia humana y artificial.
En este trabajo compartido, esta tecnología asumirá las tareas mecánicas, el ajuste de itinerarios adaptativos o la generación de ejemplos a medida. Liberado de esa carga, el profesor podrá volcarse en lo que ninguna tecnología puede replicar: el acompañamiento integral, el juicio crítico, la deontología y la empatía.
Este cambio de paradigma es de máxima urgencia en las Facultades de Educación. Quienes formamos a los futuros maestros no podemos confundir la alfabetización digital con la competencia pedagógica.
No basta con enseñar a usar una aplicación tecnológica, el reto clave de este curso es enseñar a enseñar con inteligencia artificial. Es obligación moral capacitar a los futuros docentes para que sepan didactizar e integrar estas herramientas en sus aulas con un criterio pedagógico sólido.
Venimos tiempo advirtiendo de la transición de la tiza al algoritmo y la urgencia de desarrollar competencias docentes para educar con inteligencia artificial.
Si un estudiante no comprende los fundamentos de una materia y avala a ciegas cualquier resultado generado por un algoritmo, estará tomando decisiones sin criterio, expuesto a los sesgos y descontextualizaciones que la propia tecnología produce. La inteligencia artificial debe actuar bajo la determinación consciente del estudiante, y es el docente quien debe garantizar que exista esa capacidad de discernimiento.
En pleno debate nacional sobre el acceso a la profesión docente, las vocaciones y la actualización de los modelos formativos, la discusión de fondo no puede reducirse a una cuestión de ratios o de carga horaria. El verdadero debate político y educativo consiste en redefinir el estatuto del profesorado para un tiempo en el que el conocimiento ya no se custodia, sino que se gestiona y se cuestiona.
El verdadero debate político y educativo consiste en redefinir el estatuto del profesorado para un tiempo en el que el conocimiento ya no se custodia, sino que se gestiona y se cuestiona.
La sociedad seguirá legitimando al claustro universitario no por la cantidad de datos que sea capaz de transmitir desde un estrado, sino por su capacidad para formar mentes autónomas, éticas y críticas.
La universidad no puede pretender competir con la inteligencia artificial en velocidad o volumen de información. Su misión, hoy más que nunca, es enseñar a pensar en libertad, acompañar al estudiante en su desarrollo personal y profesional, y asegurar que la tecnología siga estando al servicio del ser humano.
*** Álvaro Moraleda Ruano es Decano de la Facultad de Educación de la Universidad Camilo José Cela.
