Un grupo de alumnos tiene las botas metidas en el agua de un río cercano al colegio. Uno discute con una investigadora sobre unos resultados que no cuadran. Otro intenta entender por qué dos puntos del cauce, separados por apenas 100 metros, arrojan valores distintos. Una tercera busca en el móvil datos con los que comprobar una hipótesis que un compañero lanzó esa misma mañana en clase.
Cuando vuelvan al aula tendrán que explicar qué han encontrado y, sobre todo, qué deberían hacer con ello.
La inteligencia artificial puede ayudarles en buena parte de ese proceso: a organizar la información previa, a formular mejores preguntas, a interpretar los datos recogidos. Pero hay algo que no puede hacer: estar allí, con las botas en el agua.
Esta es, a mi juicio, la pregunta de fondo que la IA plantea hoy a la educación y que no siempre formulamos así: si una máquina puede resolver en segundos buena parte de las tareas que hasta ahora nos ocupaban horas, ¿a qué merece la pena dedicar el tiempo que recuperemos?
Ahí está, precisamente, la primera de las grandes oportunidades que abre la inteligencia artificial en educación: no producir más ni acelerar indiscriminadamente lo que ya hacemos, sino liberar tiempo y capacidad para aprender con otros, relacionarnos con el entorno y participar activamente en nuestra comunidad.
La tecnología puede ampliar nuestras posibilidades, pero serán los docentes quienes las conviertan en experiencias educativas significativas.
Según el último informe TALIS de la OCDE, el 64% del profesorado de Secundaria en España identifica el exceso de trabajo administrativo como una fuente importante de estrés. Bien utilizada, la IA puede aliviar parte de esa carga: permite preparar materiales, adaptar recursos, generar una primera devolución o apoyar la redacción de informes.
Si una máquina puede resolver en segundos buena parte de las tareas que hasta ahora nos ocupaban horas, ¿a qué merece la pena dedicar el tiempo que recuperemos?
El riesgo es pensar que ese ahorro resuelve algo por sí solo. Si empleamos el tiempo recuperado en producir más actividades, más documentos o más de lo mismo, habremos cambiado de herramienta sin cambiar de educación.
La inteligencia artificial no nos devuelve tiempo automáticamente: son los colegios y, en última instancia, cada docente quienes tienen que decidir qué tareas simplificar, cuáles dejar de hacer y a qué dedicar el tiempo y la capacidad que quedan libres.
Después de años trabajando en colegios, cada vez tengo más claro que ese tiempo debería volver, sobre todo, a las relaciones: a conversar con cada alumno, acompañarlo y observar cómo aprende; en definitiva, a recuperar tiempo humano y a aprender con otros.
Un alumno no necesita únicamente una actividad adaptada a su nivel. Necesita que alguien reconozca cuándo ha dejado de confiar en sus posibilidades, cuándo requiere un apoyo diferente o cuándo está preparado para afrontar un reto mayor.
También necesita aprender a escuchar, disentir, tomar decisiones y asumir responsabilidades junto a otros. La IA puede ayudar a personalizar determinados recursos, pero el acompañamiento auténtico nace de una relación educativa sostenida.
La segunda oportunidad tiene que ver con dónde y con quién aprendemos, porque la escuela no puede seguir siendo un espacio aislado del entorno en el que viven sus alumnos. La biodiversidad se entiende de otra manera cuando se investiga un ecosistema cercano en lugar de leerlo en un libro. La historia adquiere nuevos significados cuando se conversa con quienes conservan la memoria de una comunidad.
La economía deja de ser abstracta cuando se analiza cómo funciona una empresa del entorno; la participación ciudadana se vuelve real cuando los alumnos colaboran con una asociación para resolver un problema concreto.
El entorno natural, social, cultural y económico contiene preguntas capaces de dar significado a los conocimientos que abordamos en el aula; así, la comunidad puede convertirse en una extensión del aprendizaje y participar en él como fuente de conocimiento, experiencia y propósito.
La IA puede enriquecer estas experiencias —sugerir conexiones entre disciplinas, facilitar el acceso a fuentes, comparar una realidad local con fenómenos globales—, pero su valor no está en sustituir la experiencia, sino en preparar mejor a los alumnos para vivirla e interpretarla.
Y aquí aparece una idea que me parece más importante de lo que solemos reconocer: a medida que la inteligencia artificial amplía el acceso al conocimiento, las experiencias educativas deberían ser cada vez más locales.
Todos los colegios pueden trabajar los mismos conceptos y acceder a las mismas herramientas, pero ninguno comparte el mismo río, el mismo barrio, las mismas empresas ni las mismas historias. En un momento en el que la tecnología tiende a homogeneizar tareas y respuestas, el entorno sigue siendo irrepetible para cada centro.
La inteligencia artificial puede facilitar el acceso a conocimientos universales, pero corresponde a cada comunidad educativa convertirlos en preguntas propias y experiencias auténticas. La singularidad de un colegio no debería depender únicamente de lo que declara en su proyecto educativo, sino también de cómo utiliza las posibilidades de su contexto para enriquecer el aprendizaje.
La tercera, y probablemente la más importante, afecta al papel del docente. A veces se presenta la inteligencia artificial como una tecnología que reducirá su protagonismo. Considero que ocurrirá lo contrario. Cuanto más sencillo sea acceder a una respuesta, más importante será contar con profesionales capaces de diseñar buenas preguntas, seleccionar experiencias relevantes y ayudar a los alumnos a establecer conexiones entre lo que estudian, lo que viven y lo que pueden aportar.
Diseñar una experiencia de aprendizaje vinculada con el entorno exige un sólido criterio profesional. El docente identifica los conocimientos que deben adquirirse, establece relaciones entre disciplinas, selecciona a las personas que pueden participar, anticipa dificultades y crea oportunidades para que los alumnos tomen decisiones.
Durante el proceso, observa, pregunta, ofrece retroalimentación y adapta la experiencia a las necesidades individuales y del grupo. Finalmente, ayuda a transformar la actividad en aprendizaje mediante la reflexión y la evaluación.
La tecnología puede aportar ideas y facilitar parte de esa tarea, pero no puede asumir la responsabilidad educativa del diseño ni sustituir al profesor que acompaña una dificultad, media en un conflicto, reconoce un talento o convierte un error en una oportunidad para seguir aprendiendo.
La función docente no pierde valor cuando la información se vuelve más accesible: se desplaza hacia aquello que requiere mayor juicio, creatividad, sensibilidad y conocimiento de los alumnos.
Cuanta más inteligencia artificial incorporemos, más deliberadamente humana deberá ser la educación
Durante este curso, los colegios deberíamos tomar una decisión concreta: utilizar la eficiencia que ofrece la inteligencia artificial para ampliar el tiempo dedicado a acompañar, convivir y aprender en contacto con la realidad. Esto exige simplificar procesos, confiar en el criterio docente y abrir el colegio a las personas y oportunidades de su entorno.
Una escuela no será más avanzada por incorporar más herramientas, sino por utilizarlas para crear experiencias más humanas, rigurosas y significativas. La IA puede ayudarnos a acceder a respuestas universales. La tarea de los docentes será convertirlas en preguntas vinculadas con cada lugar, cada comunidad y cada alumno.
Cuanta más inteligencia artificial incorporemos, más deliberadamente humana deberá ser la educación.
***Iván Martínez, director general de SEK International Schools.
