Pocas parejas han demostrado una complicidad tan sólida como la que forman Ana Belén y Víctor Manuel. Después de más de cinco décadas juntos, no solo han compartido escenarios, proyectos y una familia, sino también un mismo concepto de la felicidad, ligado a la tranquilidad y a los lugares que les permiten desconectar del ritmo de su vida pública.
Desde hace décadas, ese refugio tiene nombre propio: Menorca. La isla se ha convertido en el escenario de sus veranos, el destino al que regresan siempre que sus compromisos profesionales se lo permiten y el rincón donde han construido algunos de los recuerdos más importantes de su vida familiar.
Fue allí donde decidieron comprar una casa que, con el paso de los años, ha evolucionado junto a ellos sin perder su esencia. Rodeada de naturaleza, con vistas privilegiadas al mar y muy cerca de algunas de las calas más espectaculares de la isla, esta vivienda continúa siendo el lugar donde encuentran la calma lejos de los focos.
Un refugio en Puerto de Mahón
La historia de Ana Belén y Víctor Manuel con Menorca comenzó mucho antes de que la isla se pusiera de moda entre celebridades y grandes fortunas. En 1983 adquirieron una finca conocida como Los Pinos, situada en la exclusiva zona residencial de La Solana, en la ribera norte del Puerto de Mahón, un enclave que los menorquines conocen como S'Altra Banda.
La elección del lugar no fue casual. La vivienda se levanta sobre una ladera elevada que permanece protegida por una abundante masa de pinos mediterráneos, lo que proporciona una privacidad prácticamente absoluta.
Desde cualquier punto de la propiedad se disfruta de una panorámica privilegiada del puerto natural de Mahón, considerado el segundo puerto natural más grande de Europa, donde las embarcaciones entran y salen continuamente creando un paisaje cambiante durante todo el día.
A pesar de encontrarse muy cerca del centro histórico de Mahón, la casa ofrece una sensación de aislamiento difícil de encontrar en otros puntos de la isla. En apenas unos minutos es posible llegar a los restaurantes, comercios y mercados de la capital menorquina, aunque una vez dentro de la finca el ambiente es completamente silencioso.
Uno de los mayores privilegios de los que disfrutó la pareja durante años fue una concesión extraordinaria que les permitía acceder directamente al agua desde su propia finca.
Durante diecisiete años, la casa contó con un pequeño embarcadero y una plataforma situada prácticamente a ras del mar. Aunque no se trataba de una playa de arena, sí disponían de una zona de baño exclusiva donde instalaban tumbonas para tomar el sol sobre las aguas del puerto.
En Baleares este tipo de espacios reciben el nombre de pesqueras, pequeñas plataformas construidas tradicionalmente junto a la costa.
El acceso resultaba completamente privado. Unas escaleras descendían desde la vivienda hasta la plataforma, haciendo imposible que cualquier persona pudiera llegar caminando desde el exterior. Aquello les permitía bañarse con total tranquilidad sin exponerse a la presencia de curiosos o fotógrafos.
Sin embargo, como ocurre con toda la costa española, el litoral pertenece al dominio público marítimo-terrestre y este tipo de concesiones tienen una duración limitada. En 2010 la autorización expiró y la autoridad portuaria recuperó ese espacio.
La pérdida de aquella zona de baño modificó parte de la rutina estival de la familia, aunque no cambió su vínculo con la vivienda. Tras adquirir un terreno anexo y obtener las correspondientes licencias municipales, un proceso que estuvo acompañado de cierta polémica vecinal, decidieron construir una piscina dentro de los límites de su propiedad.
Ese nuevo espacio mantiene el mismo espíritu que tenía el antiguo embarcadero. Rodeada de jardines mediterráneos, zonas de sombra bajo los pinos y tumbonas orientadas hacia el puerto, la piscina se ha convertido en el lugar donde la familia pasa buena parte de las tardes de verano leyendo, conversando o simplemente disfrutando del paisaje con absoluta intimidad.
Un entorno privilegiado entre naturaleza y calas vírgenes
Aunque la vivienda no se encuentra sobre una de las grandes playas de arena blanca del sur de Menorca, su ubicación permite acceder fácilmente a algunos de los paisajes naturales más valiosos de la isla.
Muy cerca se encuentra el Parque Natural de S'Albufera des Grau, núcleo principal de la Reserva de la Biosfera de Menorca. Este espacio protegido reúne lagunas, dunas, bosques mediterráneos y senderos que permiten recorrer una de las zonas mejor conservadas del archipiélago balear.
La isla también alberga algunas de las calas más famosas del Mediterráneo, como Cala Macarella o Cala Turqueta, conocidas por su arena blanca, sus aguas cristalinas de intenso color turquesa y el entorno prácticamente virgen que las rodea.
Pequeña bahía en La Mola de Mahón, Menorca.
No es casualidad que Menorca fuera declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1993, ya que gran parte de su litoral permanece protegido y ha logrado conservar un paisaje muy diferente al de otros destinos turísticos del Mediterráneo.
Mahón, concretamente, es una ciudad con una marcada influencia británica que todavía conserva edificios de estilo georgiano, balcones acristalados conocidos como boínders y un animado casco histórico repleto de plazas, mercados y terrazas.
Su puerto natural es uno de los grandes símbolos de Menorca y concentra buena parte de la vida de la ciudad, con restaurantes, embarcaciones tradicionales y un constante ir y venir de barcos durante todo el año.
Sin embargo, quienes conocen bien Menorca suelen valorar especialmente los pequeños rincones próximos al puerto de Mahón, donde abundan antiguos embarcaderos, casetas de pescadores y plataformas naturales de roca desde las que bañarse lejos de las aglomeraciones estivales.
