Llevamos mucho tiempo advirtiendo al lector de la llegada de un periodo inflacionario. Aquí está. El IPC se sitúa en el 4% por el alza de la luz y otros productos energéticos. Pese a todo, los Estados siguen insistiendo en la necesidad de endeudarse, y los niveles de deuda pública sobre PIB están alcanzando máximos históricos. 

Basta para ello con mirar los datos de las economías avanzadas que, a nivel global, ya sitúan la ratio en el 420% sobre PIB. La cifra se rebaja hasta el 360% en el caso de coger el endeudamiento global. Ojo, que hablamos de deuda pública y privada en conjunto. 

Con estas cifras, los eventos no previstos como la posible quiebra de Evergrande, la mayor inmobiliaria china, que tiene en su haber 300.000 millones de dólares en deuda, son la punta de un iceberg muy profunda. Un síntoma del sistema en el que nos encontramos. 

¿Y qué ocurre cuando la deuda alcanza niveles extremos? Simple. No se puede pagar. No hay manera políticamente aceptable de que se lleve a cabo el repago de ese endeudamiento global. Y no se puede porque no se pueden reducir los gastos estatales drásticamente porque eso supondría un aumento de las desigualdades. 

Ese movimiento sería algo políticamente inaceptable. Pero es que, además, no se puede desendeudar al sector privado porque eso llevaría a la recesión, el empobrecimiento y a unos niveles de paro que serían también inaceptables. 

Endeudamiento global

Todo esto lo que significa es que no hay una manera jurídica y socialmente buena de acabar con el endeudamiento global. Es decir, no hay manera de salir de esta como si se fuera un buen padre de familia, ahorrando y pagando las deudas del sistema público y privado. Eso jamás va a ocurrir. La deuda no se va a pagar. ¡Abran los ojos! 

El sistema es insolvente. Es una empresa en quiebra pero con una diferencia: si ésta no puede hacer frente a los pagos cierra y se acabó. Sin embargo, las sociedades, los estados, los países, las familias, tienen que seguir, no pueden cerrar. Las familias necesitan sus ingresos para vivir, el Estado para pagar el gasto social que retroalimenta la deuda. Y así todo. 

Es en ese momento cuando viene el gran default. El gran impago. Los bonistas irán perdiendo de manera paulatina su dinero porque la inflación se tragará todo su poder adquisitivo. Eso implica el que los tenedores del liquidez y los ahorradores conservadores quedarán empobrecidos. Alguien tiene que pagar el pato. 

Ahí se produce una transferencia injusta de la riqueza de los acreedores al deudor. Del ahorrador al Estado y a los deudores públicos y privados. Algunos quebrarán cuando vengan subidas nominales de los tipos de interés. Eso si no han hecho el hedging de los tipos de interés o están sobre endeudados. El resto quedarán enriquecidos en la misma proporción en la que han empobrecido a la población. 

Vendrán también caídas en los mercados bursátiles. Ya ocurrió en 1929. No veremos caídas del 80% como entonces. Hay que recordar que en ese momento los tipos de interés reales eran del 8%: 3 puntos de tipos y otros 5 puntos causados por la deflación existente por el aumento de la productividad de aquellos años 20. 

Hoy, en cambio, son cuatro puntos negativos. Es decir, cero menos la inflación. Podrá haber caídas del entorno del 15% al 25%. No más. Los tipos negativos protegen la posibilidad de que las caídas sean mayores. 

¿Cómo nos posicionamos ante el gran default

Hay que mantener inmuebles en localizaciones premium. Le protegerán contra las pérdidas ocasionadas por la inflación. Además, hay que posicionarse en acciones de compañías sólidas, con buenos balances. Si el producto que vende tiene buena protección de marca y es barato, mejor. Es más fácil consumir un producto que vale un euro aunque suba a 1,1 que consumir productos de alto valor cuando acecha la inflación. 

Ojo con las compañías de servicios públicos de primera necesidad. El empobrecimiento que provoca la inflación puede crear movimientos populistas de fijación de precios o expropiación de beneficios. Fíjese lo que está ocurriendo en las eléctricas, y no sólo en España. 

La historia nos ha enseñado mucho sobre las épocas inflacionarias. Las políticas deben responder a las demandas de sus votantes. Así es la democracia. Seamos realistas. Los votantes son el cliente y son ellos los que mandan. 

Por otro lado, existe una nueva industria de la tecnología a la que hay que prestar atención: inteligencia artificial, cambio climático, energía solar, hidrógeno... También compañías del sector de la biomedicina.

Hay un amplio abanico de empresas que están y surgirán que no serán ya las Google, Facebook, Amazon, Microsoft, Apple, etc. Están sobrevaloradas y superadas por la nueva ola de innovación. Eso no quita que ante una corrección vuelvan a ser atractivas. En este momento no. Vamos al sector cíclico del valor. 

Ante la caída que viene, las criptomonedas industriales -y no hablamos del bitcoin- que traen soluciones reales al mundo financiero descentralizado que la sociedad clama desde hace varios años. Hay muchos inversores que las rechazan, pero no lo entiendo. La única razón por la que lo hacen es porque no las entienden. Es como si me pusieran a mí en un quirófano a operar a corazón abierto.

Especulación

No entender una inversión no es motivo para rechazarla. Hay que tener humildad, la humildad del científico. Esa de aquel que sabe que no sabe nada y por eso aprende siempre. Lo que hay que hacer es leer sobre ello y entenderlo para diferenciar lo bueno de lo malo. 

La carne de la grasa ósea, la especulación sin sentido versus la innovación creadora de soluciones reales a grandes problemas existentes para el mundo de las finanzas, el de la logística, las transferencias inmobiliarias, el conocimiento del currículum educativo de millones de africanos , el microcrédito a millones de pequeños agricultores que con tan solo 50 dólares de crédito podrían cultivar y sobrevivir... Nada es despreciable. 

Todas estas cosas que hemos mencionado podrían resolverse con tecnologías de blockchain, algo que la banca tradicional no pudo hacer. Para eso sirven las criptomonedas, que no son sólo dinero. Más bien son materia prima para operar transacciones, al igual que lo es el cobre para cablear un edificio. 

Se necesitan estos criptoactivos para hacer movimientos transnacionales como nunca se ha visto antes. Eso no quita para que no haya espacio para la banca tradicional. 

Pero volvamos a lo que estábamos. Centrémonos en no quedar presos del gran default de una deuda impagable. Es necesario, imperativo, que se produzca ese gran default. Una economía con un elevado nivel endeudamiento es muy frágil porque cualquier evento adverso le afecta. 

Momento de elegir

Como si de una empresa se tratara, al mínimo vaivén la economía quebrará. Vendrá el colapso. No es viable seguir viviendo así. Por eso digo que se necesita un gran default que permita reparar la economía global y hacerla sostenible en el tiempo. Ayudar a que sea menos sensible a los accidentes de los ciclos.

Cuando llegue ese momento hay que estar en el lugar correcto del tablero. En el momento adecuado, señor inversor, es usted un elemento clave del progreso, porque sin su acción no hay progreso. Sólo necesita estar alerta. 

Le van a quitar su dinero de forma lenta pero segura. Por eso hay que invertir en la dirección correcta. En el momento correcto vienen buenas oportunidades. Con las caídas de las próximas semanas no deje perder su última oportunidad. Los que se queden en liquidez o sean tenedores de bonos serán engullidos por la inflación. 

Esta vez no va a haber Gran Depresión. No se dan las condiciones para ello. Tan sólo veremos correcciones de los mercados de bolsa, que son la gran oportunidad o el gran default. ¡Usted elige!  

***José María Ollé Curiel es economista.