Reportaje

Educar cuando todo falta: lecciones aprendidas en el largo camino de la escuela en Malawi

Un cuaderno de viaje por Malawi para conocer, sobre el terreno, cómo la educación sostiene a comunidades enteras frente a la pobreza, el abandono escolar y la inseguridad alimentaria.

Portada de la producción de Magas
Texto, fotografía y vídeo Javier Carbajal
Fecha de publicación:
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Llegamos de noche. El coche avanza despacio por una carretera secundaria que parece tragarse la luz de los faros. Malawi nos recibe sin ruido, sin gestos grandilocuentes. Solo oscuridad, polvo suspendido en el aire y un silencio espeso que obliga a bajar la voz aunque nadie lo haya pedido. Es nuestra primera parada en Kasungu y, sin saberlo todavía, también el primer golpe de realidad.

Dormimos al lado del Trinity Secondary School, donde nos recibe la hermana Mwana Amuna. A la mañana siguiente, niños y niñas esperan en silencio, alineados, como si alguien hubiera ensayado ese recibimiento durante días. Cuando salimos, el silencio se rompe. Cantan. Aplauden. Nos rodean. No hay timidez ni distancia, solo una alegría que se desborda sin empujar. Una bienvenida que desarma.

Foto de la producción de Malawi

Pienso entonces que quizá la educación empiece aquí, en la bienvenida. En Malawi, donde casi todo cuesta, ese gesto sencillo recibir, acoger, mirar es ya una forma profunda de enseñanza. Antes que libros o pupitres, antes incluso que aulas, la escuela empieza cuando alguien te espera.

En el país, la educación primaria es oficialmente gratuita desde hace décadas y, sobre el papel, también obligatoria. En la práctica, sólo una parte del camino está garantizada. La mayoría de los niños se matricula en primaria, pero sólo uno de cada cuatro logra llegar a la secundaria. Las cifras sirven para medir el problema, pero es el terreno, los caminos, las distancias, el hambre, el que termina de darle forma y peso.

Foto de la producción de Malawi
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Kasungu y Dowa: dos formas de aprender en Malawi

Kasungu fue nuestra primera imagen de la escuela en Malawi. La bienvenida fue tan cálida como reveladora. La realidad se impone con cifras que pesan.

En muchas escuelas públicas del país, las ratios por aula superan con facilidad el centenar de alumnos. La educación es gratuita sobre el papel, pero la falta de infraestructuras y profesorado convierte cada clase en un ejercicio de supervivencia pedagógica. En Kasungu, esa saturación se siente en cada pupitre.

La hermana Mwana atiende a unos 400 alumnos. En algunas aulas hay 106 niños por clase, nos comenta. Esta es la realidad a la que se enfrenta la educación en Malawi. La cantidad de alumnos y la escasez de profesorado.

Foto de la producción de Malawi
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El contraste llega al desplazarnos al distrito de Dowa, a Mtengo wa Nthenga, un complejo donde educación y salud conviven porque aquí separar ambas cosas no tendría sentido. El proyecto forma parte de la red de intervenciones educativas que Manos Unidas sostiene en zonas rurales de Malawi, allí donde el Estado apenas alcanza y la comunidad acaba sosteniendo lo esencial.

No hay ruido excesivo. Hay atención. Hay una concentración tensa, casi física. Aquí la masificación no es un problema.

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El edificio muestra sus costuras. Hay partes que se están reformando gracias al esfuerzo de las donaciones. En Malawi siempre hay algo pendiente, algo que avanza despacio, algo que espera. Pero en este centro saben sacar partido al espacio y al tiempo.

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Hay mucho ya construido, aulas levantadas, internados en marcha, profesorado formado. Nada de esto habría sido posible sin un trabajo continuado en el tiempo. Aquí la ayuda no llega de golpe ni se agota en una inauguración, permanece, se acumula, deja poso.

Hay 31 profesores, muchos desplazados desde otras zonas. Porque aquí hacen falta manos, todas. La hermana Juliana camina deprisa, saluda a todo el mundo, se detiene lo justo para señalar lo urgente. No hay discursos ni consignas. “Lo importante es que los niños vengan cada día”, dice mientras cruza el patio.

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El resto, los muros, los libros, el futuro, se construye alrededor de esa certeza.

Más tarde vemos que unas 300 niñas viven internas en este centro. Para muchas, es la única forma de seguir estudiando. La alternativa es caminar kilómetros cada mañana o abandonar definitivamente la escuela.

En Malawi, entre Kasungu y Dowa la educación se mide en distancia, sí, pero también en resistencia cotidiana. Y, a veces, en la diferencia entre un aula desbordada y un internado que permite quedarse es lo que marca la diferencia.

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Katete: el orden como refugio

En Mzimba, en la escuela de Katete, el contraste es evidente. Aquí estudian 1.300 niñas y, sin embargo, el caos no gobierna. Hay un cierto orden. Se percibe en los patios, en la forma de moverse, en cómo te siguen sin empujarse, sin romper nada, solo por una curiosidad limpia. No dejan de mirarnos, de acompañarnos allá donde vamos. La alegría es constante, casi palpable.

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Las hermanas no sólo dirigen el centro, cocinan, organizan, cuidan. Son ocho. Cuatro trabajan directamente en el colegio. Aquí se imparten asignaturas como Religión, Inglés, Matemáticas, Ciencias, Agricultura, Ciencias Sociales y Medio Ambiente, Habilidades para la Vida y Artes Expresivas.

El currículo impresiona por completo y por ambición en un país donde terminar la primaria ya supone, para muchos, una pequeña victoria.

Foto de la producción de Malawi
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Uno de los programas más llamativos es el de las tablets, que introduce a las alumnas en el mundo digital. Ver a niñas que quizá nunca han tenido un libro propio deslizar el dedo por una pantalla dice mucho del salto que supone este lugar, de dónde van las ayudas.

La intervención de Manos Unidas se percibe en los medios, en la continuidad, en las ampliaciones que convierten la escuela en algo más que un lugar de paso, consigue convertirlo en un refugio estable.

Conocemos a Nicholas Mlinda, profesor de 33 años. Lleva un año trabajando aquí y nos guía por el colegio. Imparte Agricultura, Ciencias e Inglés. Nos explica que reciben formación específica de manera periódica. Cuando le pregunto por qué es importante la labor educativa del centro, responde sin dudar, “Para que no les coarten los sueños a los niños”.

Foto de la producción de Malawi
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La frase queda suspendida mientras caminamos bajo unos árboles secos, castigados por una estación especialmente dura.

El 25% del alumnado es musulmán. La convivencia es natural, cotidiana. Aquí la religión no separa, organiza. La superiora, la hermana Elisabeth, tiene 70 años y lleva 53 en la congregación. Su autoridad no se impone, se respira.

En Katete entiendo que la educación también es esto, constancia, repetición, cuidado de lo evidente y respeto.

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Karonga: cuando el futuro es hoy

En Karonga, la lluvia nos recibe con fuerza. El cielo se rompe justo al llegar al St. Mauritius Secondary School. Aun así, puedo volar el dron. Desde arriba, el centro se muestra compacto, ordenado, preparado. Aquí la mayoría del alumnado es interno. Visitamos las habitaciones, los espacios comunes. Hay estabilidad, estructura, continuidad. No es habitual encontrar algo así en el norte del país.

Es, sin duda, el colegio mejor preparado que visitamos. No sólo por las aulas o las residencias, sino porque han logrado algo decisivo en Malawi, su propio sistema eléctrico.

Foto de la producción de Malawi

El proyecto, apoyado por Manos Unidas, permite que el centro funcione sin depender de una red frágil y la nueva aula de informática no tenga problemas de suministro. Aquí la luz no es un lujo, es una herramienta educativa. Y con la construcción de las residencias se evita que los alumnos recorran kilómetros cada día solo para llegar a clase.

Foto de la producción de Malawi
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Se produce entonces una escena reveladora. Los financiadores del proyecto en España mantienen una videollamada con los alumnos. Se miran, se escuchan, se reconocen. No hay discursos ni agradecimientos impostados. Hay sonrisas tímidas y palabras sencillas. “Queremos estudiar para volver y ayudar a nuestro país”, dice uno de los chicos.

La distancia se acorta de golpe. No es caridad, es vínculo.

Karonga muestra hasta dónde se puede llegar cuando la educación deja de ser mera supervivencia y empieza a convertirse en proyecto compartido.

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Benga: sin comida no hay escuela

En Benga, la educación se sostiene sobre una verdad incómoda, sin comida, no hay aprendizaje. Nos guía el padre Stephen, hoy párroco de Benga, que nos abre todas las puertas. Convive con el Padre Manolo, un español afincado en Malawi. Aquí conviven dos realidades educativas muy distintas.

Por un lado, las escuelas de la diócesis, cuidadas y estructuradas. Por otro, las escuelas públicas, donde entra en juego el programa de alimentación escolar que funciona gracias a la colaboración entre Manos Unidas y Mary’s Meals. Las cocinas han sido construidas con apoyo de la ONG española, la comida la aporta la organización internacional.

Foto de la producción de Malawi
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Visitamos una escuela pública con 1.307 niños. Aquí reciben el desayuno. Puede parecer poco, pero en un país donde más de cinco millones de personas viven con inseguridad alimentaria crónica, ese plato decide quién entra al aula y quién se queda fuera.

Los padres son los que cocinan. Se organizan por turnos. La mayoría son agricultores. Uno de ellos me cuenta que se levanta a medianoche, camina varios kilómetros y empieza a cocinar a las cinco de la mañana. Preparan unos 100 litros de gachas de avena cada día. “Si no comen, no hay futuro posible”, resume Stephen, sin dramatismo.

En Benga, la educación se sostiene literalmente con el cuerpo de toda la comunidad y con la voluntad de luchar contra la desnutrición.

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Balaka: educar es hacer comunidad

En Balaka, el proyecto es enorme, gestionado por los misioneros montfortianos, demuestra que educar es mucho más que impartir clases. El responsable, el padre Gamba, es una figura muy respetada. Basta observar cómo le hablan alumnos, profesores y vecinos para entender su papel.

Ha creado un centro educativo con biblioteca, centro de ocio, espacios de baile y cursos de agricultura. Visito la huerta. Aquí se aprende leyendo y plantando. Quedo fascinado de la implicación de todos los alumnos. La comida es la base de la supervivencia.

Foto de la producción de Malawi
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Al salir, vemos que se está construyendo el Alinafe Hostels, una residencia para niñas. Ya hay muchas internas, pero el espacio se amplía para garantizar que puedan quedarse. El dinero aquí no se evapora, se transforma en muros, en camas, en tiempo ganado para estudiar.

En Balaka entendí que educar también es compartir, tiempo, conocimientos, alimentos, espacios. Nadie pregunta cuánto va a recibir a cambio. La generosidad aquí no es un valor añadido, es una forma de organizar la vida.

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Lilongwe: aprender un oficio para quedarse

En Lilongwe, el recorrido culmina con los centros de formación profesional de los Salesianos Don Bosco, uno de los proyectos educativos más ambiciosos del país. Talleres, maquinaria, orden. Oficios concretos para vidas concretas.

Malawi tiene una de las tasas de abandono escolar más altas del África subsahariana. Aunque muchos niños comienzan la primaria, pocos la completan y menos aún acceden a estudios posteriores.

Foto de la producción de Malawi
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Aquí, la formación profesional se convierte en una alternativa real frente a la migración o la economía informal. “Si saben realizar un oficio, es más probable que las empresas les contraten”, nos dice uno de los formadores mientras los alumnos trabajan en silencio.

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A lo largo del viaje, la educación aparece siempre ligada a algo más, comida, energía, comunidad, internados, caminos. Nunca va sola. La labor de Manos Unidas atraviesa los proyectos en silencio, sin ocupar el centro del relato. No es puntual, es estructural. Permite que los proyectos crezcan y que la educación no dependa solo de la buena voluntad.

Pero lo que realmente sostiene todo esto son las personas, padres que no duermen, profesores que no coartan sueños, hermanas que cocinan, comunidades que se organizan y voluntarios de ambos lados del mundo.

Cuando nos vamos, el polvo vuelve a levantarse detrás del coche.

Pienso que educar en Malawi no es una consigna, es una forma silenciosa de resistencia. Una conquista diaria de generaciones que avanzan entre dificultades. No hay milagros. Hay constancia, trabajo y comunidad.

Y, a veces, con eso basta.

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Este artículo se ha elaborado en colaboración con Manos Unidas.

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