Fotograma de Morir para contar.

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Cine Documentales

La otra trinchera de los reporteros de guerra: la vuelta a casa

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Cuando alguien desde el sofá de su casa ve las noticias y las imágenes que llegan desde zonas donde se desarrollan conflictos bélicos, pocas veces se piensa en la persona que está allí, jugándose la vida para informar y muchas veces concienciar sobre una situación de injusticia. Los presentadores ni les nombran, y su nombre sale en letras pequeñas en una esquina de la pantalla.

Eso sí, cuando alguien dice las palabras mágicas ‘reporteros de guerra’ todo el mundo se imagina a un ser valiente, inquebrantable, más parecido a un Indiana Jones de las noticias que a un ser humano normal. Una idealización que poco tiene que ver con una profesión que vive en la precariedad y que no tiene le reconocimiento que les toca.

España ha sido siempre tierra de grandes reporteros de guerra, muchos de ellos murieron en el campo de batalla, o fueron secuestrados por las guerrillas, o vieron en directo cómo un compañero fallecía mientras luchaba por informar de la mejor forma posible. Para todos ellos va dedicado Morir para contar, el documental de Hernán Zin en el que da vida a los mejores periodistas españoles para contar su historia, especialmente lo que ocurre en otra guerra en la que no hay armas ni balas. Cuando llegan a casa, estos trabajadores incansables se encuentran con estrés postraumástico, dificultades para relacionarse y ataques de ansiedad. Es la cara B que nadie cuenta, pero que Zin ha decidido como motor de un trabajo valiente y emotivo.

Tráiler de Morir para contar

El director de otros trabajos de no ficción como Nacido en Siria también es reportero de guerra, y en 2012 tuvo claro que esta consecuencia de su trabajo tenía que ser contada. Él se encontraba en Afganistán, y tuvo un ataque de pánico. “Nunca me había pasado algo así, me bajé del blindado, me quité todo, las gafas y el chaleco y me puse a andar”, cuenta a EL ESPAÑOL.

Lo que siguió a aquel ataque fue peor: depresión, insomnio, ansiedad… “Empecé a hablar con compañeros sobre si les pasaba lo mismo, y surge la idea de hablar con todos. Ahora que he tocado fondo, me he dado cuenta de que nos toca convivir con el trauma, no pasa nada, pero es importante tener herramientas, y esto me las ha dado”, añade.

Nada de héroes

A pesar de la concepción de la gente, que ve a los reporteros como héroes, Hernán Zin asegura que nunca se ha encontrado con esa visión “del reportero con testosterona”. “Somos currantes en un oficio en el que nos pagan bastante mal y hacemos lo que podemos. Es muy vocacional, y eso cuando vuelves a casa se potencia, necesitas ayuda, porque tienes una gran indefensión y no sabes cómo canalizar el dolor. Me gusta mucho la palabra exorcizar, porque Morir para contar ha sido una catarsis personal y colectiva. También es un homenaje al reporterismo español, tenemos los mejores reporteros en los conflictos, tenemos premios Pulizter, World Press Photo… pero también hay que hablar de las muertes, de los secuestros, delos compañeros heridos, de las cicatrices”, explica.

Morir para contar da voz a aquellos que han sufrido estas consecuencias en primera persona. Y mientras al espectador se le pone la piel de gallina escuchando sus historias, ellos lo cuentan con una naturalidad pasmosa, algo que Zin atribuye a que tienen “un punto de cirujano”. “Nuestro curro es eso, abrir la realidad y ver qué hay dentro, y eso es duro, pero yo te digo que iba cada día a la sala de montaje y he llorado todos los días. Ha sido durísimo recuperar tantas imágenes mías antiguas, de Gaza, de Sudán… me he abierto en canal, y me dio mucho miedo el proceso”, analiza el director, que inicialmente no iba a aparecer en el filme, hasta que su coproductora, la actriz Nerea Barros le dijo que si los demás se desnudaban, él también tenía que hacerlo.

Ha sido durísimo recuperar tantas imágenes mías antiguas, de Gaza, de Sudán… me he abierto en canal, y me dio mucho miedo el proceso

En Morir para contar no se habla de la precariedad, algo por lo que le director confiesa que le han criticado, pero explica que su mirada ha sido hacia “el estrés postraumático”. “Sobre lo otro se ha hablado mucho y todos somos conscientes de que es injusto que se pague 40 euros la pieza, y ahora vemos lo bueno que es para la democracia las noticias verdaderas, y como gente como Trump se nutre de las Fake News. Las buenas noticias son la base de una democracia sana y ojalá que la película ayude a eso”, subraya.

Mucha gente se pregunta qué pasa por la cabeza de los reporteros de guerra cuando después de ver la muerte de cerca regresan a un nuevo conflicto, pero es que “es una profesión que engancha”. “También te ríes, hay mucho humor negro… y sobre todo es el poder ver historias como una madre a la que le cae una bomba y que está en el hospital, y que te sientes a su lado y que te cuente. Eso te hace sentir útil más allá de que se lea o se publique. Lo humano, estar allí con gente que lo pasa muy mal. A mí me engancha por la parte humana, por tender puentes entre gente, por fomentar diálogo. Es apasionante”, zanja y añade algo aún más contradictorio, que aquella vida le parece “muy fácil”, mientras que en Madrid le espera una vida para la que no está preparado: hacienda, el trasiego del día a día, la hipoteca… La vida real es otra contienda, y para ellos hasta más dura.