José Mota no necesita presentación. Lleva más de tres décadas haciéndonos reír, primero como la mitad del mítico dúo Cruz y Raya, y después con una imbatible carrera en solitario.
Sin embargo, lejos de los focos, los platós y su inconfundible sentido del humor, el manchego esconde una faceta mucho más estricta y disciplinada.
Con el paso de los años, el actor ha aprendido a escuchar a su cuerpo.
Su jornada arranca temprano, alrededor de las 8.00 de la mañana, y lo hace de forma natural, sin necesidad de recurrir al despertador.
En ese preciso momento cuando se enfrenta a la comida más importante y llamativa de su día: un desayuno cargado de nutrientes, grasas saludables y alejado del café con galletas de muchos españoles.
Lo primero que toma para arrancar el día es un vaso de caldo de huesos. "Te lo recomiendo es muy bueno para el intestino", confesaba el cómico.
"Luego me hago dos huevos revueltos con aguacate y una tostada de trigo sarraceno porque el gluten me sienta fatal y le pongo por encima caballa y tomate. Y después de como un yogur natural", señaló en el pódcast Lo que tú digas.
El desayuno de José Mota
Aunque confiesa no ser celíaco, sí es intolerante y nota que el abdomen se le hincha rápidamente si abusa del gluten.
Lo mismo le ocurre con los lácteos tradicionales; evita tomar leche convencional, pero hace una firme excepción con el yogur porque su estómago lo tolera perfectamente.
La dieta del cómico oriundo de Montiel (Ciudad Real) está diseñada a medida para esquivar varios frentes de salud.
Al ser "tendente a tener la tensión arterial un poco elevada", José modera al máximo el consumo de sal y de carnes rojas.
En su lugar, prioriza el brócoli con ajo, las ensaladas, los frutos secos crudos y un postre infalible para su tránsito intestinal: "Descubrí hace poco la gelatina. Sienta y se digiere muy bien y tienen muchas proteínas. La recomiendo".
A la hora de llenar la nevera para abastecer estos menús, el humorista huye de lo impersonal.
Se considera un hombre de costumbres, profundamente amante de su barrio.
"Yo valoro mucho lo analógico, conocer a la persona, el contacto físico y por eso acudo más al pequeño comercio", relata con nostalgia, recordando cómo de niño su madre le mandaba a comprar el pan y el arroz a las pequeñas tiendas de su pueblo.
Y es precisamente su madre la protagonista absoluta de su recuerdo gastronómico más imborrable.
Más allá de los platos elaborados o de los restaurantes de estrella Michelin, a José Mota le transporta a su infancia el sabor más puro, sencillo y humilde del campo.
"En eso soy como mi madre, que le encantaba el tomate abierto con un poquito de sal y aceite de oliva. Es un manjar", sentencia con inmenso orgullo.
Una prueba evidente de que, pese al éxito arrollador, el paladar del genio de la comedia sigue anclado firmemente a las raíces de la tierra que le vio nacer.
