La historia de la infancia de Ana Milán (52 años) no se parece en nada al guion luminoso que muchos imaginan cuando piensan en una actriz de éxito.
Detrás del humor afilado y de su personalidad arrolladora hay una niña que pasó años sintiéndose sola, señalada y fuera de lugar.
Ella misma lo ha contado con una honestidad desarmante: "Yo fui una niña que sufrí bullying de cuarto a octavo de EGB".
Tenía entre 10 y 14 años y, mientras otros acumulaban recuerdos de cumpleaños, pandillas y primeras confidencias, Ana sentía que alguien le estaba robando algo que no volvería.
"Esto se quedó con parte de mi infancia y se quedó con mucha de mi confianza en la vida", afirmó en una entrevista.
Antes de esa etapa oscura, su vida parecía la de cualquier niña. Vivió hasta los ocho años en Almansa y allí tenía a su amiga Rosana: eran "Pin y Pon", inseparables, siempre juntas, construyendo ese pequeño mundo propio que solo se entiende en la niñez.
Pero ese pequeño universo se rompió de golpe. El cambio de entorno trajo también la "soledad más absoluta", como recuerda ella, un punto de inflexión que marcaría todo lo que vino después.
El acoso escolar no fueron solo insultos al pasar o miradas hirientes en el recreo. Fue un goteo lento, constante, que impregnó cada rincón de su día a día.
Ana recuerda algo tan sencillo como celebrar un cumpleaños como un lujo al que no podía acceder: "No me invitaban".
Esa exclusión silenciosa, reiterada, le enseñó muy pronto cómo se siente ser invisible en el lugar donde más necesitas ser visto.
Muchos años después, ya convertida en un rostro conocido, confiesa que ese episodio de dio "otras herramientas", pero no lo romantiza ni lo convierte en una lección edulcorada.
Los orígenes de Ana Milán
"Eran herramientas que yo en realidad no quería para nada. Cuando me dicen 'a raíz de eso eres más fuerte', pienso que yo no quería ser fuerte. Yo soy una persona muy sensible, muy emotiva y muy emocional". No hay pose en sus palabras, solo la reivindicación del derecho a la sensibilidad.
Las secuelas no se quedaron solo en el colegio. Cuando llegó a Madrid con 16 años, se encontró con algo que nunca había tenido: un grupo de amigos muy cariñoso.
Y, aun así, su cuerpo reaccionaba como si el peligro siguiera ahí: "Recuerdo que cuando me abrazaban, yo me ponía muy tensa. Me quedaba muy rígida, porque no había tenido el amor de amigos".
Es la imagen perfecta de lo que deja el bullying: incluso cuando llega el cariño, cuesta creer que sea de verdad.
Hablar de su infancia todavía le remueve por dentro. "Hacía tiempo que no hablaba de esto y algo se me mueve por dentro", reconoce. Ese "no me lo quites" que siente que nadie escuchó a tiempo sigue resonando décadas después.
Y es precisamente desde ese dolor donde lanza su mensaje más duro a quienes hacen daño: "No sé con qué se quedan los que practican el bullying (...) No te quedas con nada tangible, ni material. Te quedas con el cuerpo lleno de mierda y con otro ser humano destrozado. Así que para".
La infancia de Ana Milán no es solo una anécdota triste de su pasado. Es un espejo incómodo para cualquier adulto que mira hacia otro lado cuando ve una burla, una exclusión o un comentario "que no es para tanto".
Y es también la prueba de que detrás de una mujer brillante, ingeniosa y aplaudida puede haber una niña que, durante demasiado tiempo, se sintió completamente sola.
