En los años 70, España despertaba de una larga siesta cultural y Julio Iglesias (82 años) ya estaba corriendo, guitarra en mano, hacia el escenario.
Mientras el país transitaba del blanco y negro al technicolor, él se convertía en el primer símbolo moderno de éxito internacional.
En aquel entonces, su vida era una mezcla de carretera, aplausos y pasiones fugaces que él mismo describió sin tapujos: "En 1970 di 41 conciertos en 41 ciudades españolas distintas. En 30 días. Hice el amor todas las noches. 41 ciudades diferentes, 41 novias diferentes. Fue mi etapa rockera".
El joven Julio, que antes de ser cantante fue portero del Real Madrid Castilla y estudiante de Derecho, había sufrido un accidente de coche que lo dejó postrado durante meses.
Entre las muletas y la rehabilitación, un amigo le regaló una guitarra. "Para que ejercites los dedos", le dijo. Lo que no sabía era que con ese gesto encendía una de las carreras musicales más exitosas del siglo XX.
A finales de los 60, Julio ganó el Festival de Benidorm con La vida sigue igual. En pocos años, pasó de cantar en pequeños escenarios a ser la cara más conocida de España en Europa y América Latina.
Su melena, su sonrisa y su acento madrileño formaban parte de un nuevo estilo de galán: un seductor internacional con alma de trovador.
La vida de Julio Iglesias
Durante la década de los 70, Iglesias vivió lo que muchos sueñan y pocos logran. Llenaba estadios, dormía poco y se enamoraba con la misma frecuencia con la que cambiaba de ciudad.
Cada concierto era una historia distinta y cada camerino una confesión cantada a media voz. Los periodistas de la época lo describían como un torbellino de energía, un hombre que parecía alimentarse de la pasión del público.
Sus giras eran legendarias. En una España que todavía no había descubierto la globalización, Julio ya era el ciudadano del mundo.
En 1971 grabó su primer disco en inglés y poco después empezó a conquistar América. "Era puro fuego", recuerdan quienes lo acompañan entonces.
Nadie dormía en esa gira: entre entrevistas, sesiones de fotos y horas interminables de carretera, Julio siempre encontraba tiempo para sonreírle al espejo y ajustar su camisa blanca antes de salir al escenario.
Pero detrás de aquel ritmo frenético había un joven que, según sus propias palabras, "solo quería vivir intensamente antes de que el tiempo pasara".
Con apenas 30 años, ya sabía lo que era perder lo que más amaba, su cuerpo de atleta, y lo que era renacer con una guitarra.
Quizá por eso, los años 70 no fueron solo su etapa "rockera", fueron su segundo nacimiento. Hoy, más de medio siglo después, aquel Julio de 1970 sigue siendo un mito viviente. Su historia es la de un país que aprendió a cantar al mismo ritmo que su ídolo: con pasión, exceso y una sonrisa que nunca se apagó.
