La 1: ‘Especial Informativo: Elecciones Generales 2016’; Antena 3: ‘Ahora noticia 26-J’; Cuatro: ’26-J: Re-elecciones Generales’ (por lo menos estos sí que se aplicaron un poco con el título de marras); La Sexta: ‘Al Rojo Vivo: Objetivo La Moncloa’; Telemadrid: ‘Elecciones Generales 26-J’; 13TV: ‘Especial Elecciones’. Y en este plan. Al espectador todo esto lo desborda. Hace lo imposible por zapear. Por zafarse. Por pirarse. Por evaporarse. Por evitar cualquier cosa que despida el menor tufillo a politiqueo rampante, porque sabe que si no lo hace acabará lapidado bajo una tonelada de ladrillos que son las mamelucas sentencias de los analistas sin complejos. La conjura de los comentaristas, de los tertulianos, de los apoderados exaltados.





Se trataba de una atadura odiosa para todos los que nos encontrábamos anoche frente al televisor; una inevitable disyuntiva en forma de peñazo democrático; un esperpéntico e inevitable ‘déjà vu’. Aun así, lo único divertido era ver cómo se las arreglaban para avivar las llamas del tedio de los escrutinios, del fiasco anunciado, porque si se paran a pensarlo un solo segundo llegarán a la conclusión de que no existe más que una salida: alabar los fines y hacer caso omiso de los medios. ¿Qué clase de ‘joyitas’ realizan las encuestas demoscópicas? ¿No preferirían dedicarse a cultivar champiñones mediante técnicas hidropónicas? Les iría mejor.





El resto es relleno. Picadillo televisivo. Adobo ful. Ganas de marear una perdiz que vive enclaustrada en una urna en amenaza de ruina. Asistir al espectáculo catódico de una noche electoral significa presenciar toda la bajeza y la codicia del periodismo actual. Un ruidoso y mareante torbellino de analistas sesudos y pretenciosos. Una barraca de feria repleta de charlatanes. Una vieja ola migratoria de tertulianos encantados de conocerse que ha tomado el poder desde el otro lado de la pantalla. Siempre hay barra libre para esta canallesca encorbatada en las noches electorales. Ninguna ocasión resulta tan adecuada para regodearse en lo que ellos llaman “la gran fiesta democrática”.





Es la orgía de la tabarra política. Levantan sus chiringuitos de jugones en cada solar que encuentran, y hay ya tantos que da un verdadero espanto cavilar sobre el significado de tal sobreabundancia. Ana Pastor, Javier Ruiz, Susanna Griso, Vicente Vallés, María Casado, Antonio García Ferreras (despachurrando sus pactómetros una y otra vez)… Frustrado vuelco político. Noche de quinielismo. Estar a la altura de la bajura. Reacciones de los diferentes partidos. Victoria de la estrategia del voto útil. Temor al gran pacto de izquierdas. Añoranza de un ‘sorpasso’ requeteanunciado que, finalmente, no pudo ser. Pura jerga de presentadores que casi llegan al orgasmo en los segundos previos a cada ‘balconing’.

A su vera. A su vera. Siempre a la verita suya. Siempre a la verita suya aunque yo por ti me muera. La patulea de siempre de presuntos expertos. Las mismas caras viejunas con los mismos argumentos chafarderos. Batiburrillo de tópicos. Guirigay de sandeces. Ni una novedad en el frente politiquero. Estaban todos. Otra vez. Amarmotados y resplandecientes. Dando lo peor de sí mismos. Ernesto Ekaizer, Eduardo Inda, Cristina Fallarás, Carlos Carnicero, Cristina de la Hoz, Ignacio Escolar, Jaime González, Cristina López Schlichting… Y, sobrevolando pomposo por encima de todos ellos, Javier Sardá. Perorando sobre discrepancias y dialécticas. Qué poca memoria tenemos. Era el mismo Javier Sardá al que un buen día señalaron sus patronos en la portada de una revista televisiva como el sumo inventor de la telebasura. Ahí estaba el tío. Definiendo lo ocurrido como “la noche de los muertos vivientes”. Acertó. Sin embargo, nos quedó a algunos la sensación de que estaba a punto de dar paso a Javier Cárdenas para entrevistar al ‘freak’ electoral del mes. O sea.