Dicen que somos lo que hacemos cuando nadie nos mira, y también cuando nuestra amígdala está bajo secuestro. Por eso el anecdotario que ha dejado el ataque a Donald Trump en la cena de corresponsales de la Casa Blanca me resulta tan preocupante en el fondo como costumbrista y chocarrero en las formas.
No me entiendan mal. Un intento de asesinato nunca es justificable, pero es difícil olvidar las imágenes de los corresponsales arramplando con las botellas, tan curtidos en nuestra picaresca patria que dan ganas de adoptarlos, o las de Michael Glantz, el anciano que se mantuvo sentado a la mesa y comiendo a dos carrillos en mitad del caos.
En su descargo explicó que le dolía la espalda y que por eso no se tiró al suelo. Personalmente empatizo con quienes no pierden el hambre en momentos de ansiedad, aunque esta vez el señor Glantz se ha coronado.
Tampoco el relato posterior ha desmerecido al suceso. Confieso que, llegado este punto, no sé dónde terminan las formas y empieza el fondo del presidente de Estados Unidos.
Condenando de nuevo el atentado, me estomaga su obsesión por disfrazar de transparencia la soberbia y por alimentar el despotismo como forma de liderazgo. Supongo que funciona bien a la contra, pero es nefasto para construir cualquier cosa.
Casi todos los narcisistas devalúan con naturalidad lo que les rodea o acontece: a sus parejas, a sus compañeros de trabajo y, sobre todo, lo que les obligaría a hacer un análisis en profundidad sobre su responsabilidad en todo ello. Por eso me resulta importante el balance que acaba de hacer Trump sobre el atentado, ahora que ya han pasado unos días.
El presidente considera que es su relevancia como gobernante, y no el estado de crispación y enfrentamiento reinante, lo que propicia sus intentos de asesinato. Pero es que van tres (que sepamos). Hay quien dice que el verdadero objetivo de la Administración Trump es enterrar el caso Epstein, y que todo esto forma parte de un relato que convierte al líder estadounidense en símbolo y víctima al mismo tiempo.
Esto sería mucho más complejo de analizar, sobre todo por la falta de evidencias, aunque hablamos de alguien extraordinariamente eficaz y metódico cuando se trata de detectar el punto exacto en el que la tortilla se voltea.
No obstante, lo que sí que es evidente es su constante esfuerzo por normalizar la violencia vistiéndola de incidente habitual o necesidad patria. Ni el disgusto que causan nuestras decisiones, ni el calado de las mismas, justifican tal grado de violencia. Y minimizarlo es peligroso para nuestro sistema de convivencia.
Sobre todo, porque la escalada de agresiones físicas y verbales que vivimos en el ámbito de lo público es imparable. Y empezamos a normalizarla. Yo trabajaba en una redacción cuando grupos de izquierdas comenzaron a organizar escraches contra políticos de derechas, algunos aquí mismo, en las puertas de sus casas, causando el pánico entre sus familias y a menudo entre menores de edad.
Estos días he visto con estupor un vídeo en el que alguien con una videocámara persigue y acosa a la mujer de un destacado dirigente político sin ninguna justificación más allá de conseguir un vídeo viral.
No hay por donde justificar desde el sentido común una persecución que no ofrecerá ningún dato relevante ni de interés público sobre el caso. Es cruel conseguir un rédito con la piedra que tiramos contra alguien, y da igual quién sea la víctima.
En el momento en el que aplaudimos un pseudo producto periodístico como castigo a la ideología y las acciones de otros -que están siendo juzgadas donde deben- perdemos lo que nos llevó tanto tiempo construir.
También perdemos el oremus cuando minimizamos un tercer atentado por nuestros logros o nuestra relevancia pública. La violencia es connatural al ser humano, pero no por eso es justificable, y nadie debería sentarse a contemplarla mientras se come la cena, a no ser que tenga problemas de espalda, como el señor Glantz.
Lara Cotera, periodista
