Richard Burton, en agosto de 1864. Foto: Rischgitz/Stringer

Richard Burton, en agosto de 1864. Foto: Rischgitz/Stringer

Historia

Richard Burton, duelo a muerte a orillas del Nilo Blanco

La desbocada carrera por descubrir las fuentes del "río de los dioses" provocó un trágico cisma en la sociedad victoriana del siglo XIX

12 octubre, 2023 02:15

Ni el hambre, ni las fieras, ni el calor, ni las tribus peligrosas, ni los apocalípticos estallidos de lluvia, ni siquiera la correosa humedad consiguieron que los exploradores británicos Richard Burton y John Hanning Speke abandonaran el principal objetivo que los había llevado al interior del África Oriental: encontrar las fuentes del Nilo Blanco. Guiados por un antiguo mapa, el “babosa”, y acosados por fiebres y enfermedades como la oftalmia finalmente avistaron el lago Tanganica en febrero de 1858.

El río de los dioses

Candice Millard

Traducción de Juan Trejo. Folch & Folch, 2023. 496 páginas. 24 €

Muy lejos quedaban ya sus días en la pacífica y lánguida Zanzíbar, desde donde arrancó su glorioso periplo. Burton se adentró en el continente con una caravana, encabezada por el fiel esclavo Sidi Mubarak Bombay, dispuesto a afrontar peligros desconocidos y a superar conquistas como las realizadas en el continente indio o arriesgadas misiones como la de La Meca.

Al borde de la muerte

Para cuando coronaron uno de los cerros más altos de su épico viaje y otearon a lo lejos la extensión de agua dulce más larga del mundo, ambos estaban al borde de la muerte. Eran los primeros ojos europeos que se posaban (borrosamente, todo hay que decirlo) sobre el profundo azul de uno de los espectáculos naturales más bellos de la Tierra. El lago Tanganica era la apuesta de Richard Burton, que sufría una úlcera en la lengua y una parálisis casi total, pero no la de Speke, que aún se recuperaba de una sordera provocada por la introducción, en uno de sus canales auditivos, de un desorientado escarabajo. África no toleraba cobardes. Tampoco occidentales flemáticos.

Tras una conversación con un jefe local, que le alertó de la existencia de tres lagos, entre los que se encontraba el Tanganica, el obstinado aristócrata llegaba a la conclusión de que el sueño compartido del Nilo Blanco podría alcanzarlo él solo en las entrañas del Nyanza (bautizado por el propio Speke como Victoria). Varias semanas después de haber montado una expedición propia y de haber abandonado a Burton a la acción depredadora de sus dolencias, la inflamación visual de Speke cedió lo suficiente como para que pudiese contemplar la inmensidad del Nyanza, 70.000 kilómetros cuadrados de un pálido azul sin parangón en los paisajes de Gea.

Club Caníbal

“Si el Tanganica era una cicatriz en la cara de la tierra, el Nyanza era una gigantesca hondonada dentada con 82 metros de profundidad”, explica Candice Millard en El río de los dioses (Folch & Folch). Consciente de lo que tenía ante sus pies, y alertado por la dirección de alguna de sus corrientes, Speke declaró haber descubierto las fuentes del Nilo Blanco ante el escepticismo, cuando no el negacionismo, de un ya “resucitado” Richard Burton, al que, pasase lo que pasase, nadie podía quitarle su condición de escritor, políglota, científico, agnóstico, antropólogo y militar, fundador de la sociedad Club Caníbal y traductor de libros “libertinos” como el Kama Sutra, Las mil y una noches o El jardín perfumado (“escandalosa” actividad que nos daría para otro artículo).

Este cisma en las entrañas de África provocaría una de las controversias más enconadas y trágicas de la época victoriana, que no podía soportar ni un terremoto más en su encorsetada sociedad. Darwin dinamitaba la ciencia con El origen de las especies y Lewis Carroll la literatura con Alicia en el país de las maravillas. Bien, pues aún quedaba otro. De vuelta a casa, Speke declararía cerrado el “asunto” de las fuentes del Nilo Blanco diciendo que ya estaba ubicado, que se encontraba en las turbulentas aguas del Nyanza al tiempo que echaba sobre el prestigio de Burton toda clase de improperios y miserias. La osadía tuvo justicia poética gracias a la falta de rigor de la cartografía presentada por Speke y a la desastrosa redacción del informe. Burton cayó en desgracia y en una depresión que no llegaría a superar ni siquiera con la ayuda de su joven e incondicional esposa Isabel.

Pelea garantizada

El duelo final se produciría en 1864 en la ciudad de Bath. Speke regresó a Inglaterra procedente de Francia, donde se había exiliado tras el ridículo de sus difamaciones, y Burton de la isla de Fernando Poo, terapéutico destino diplomático que había aceptado para olvidar la traición. Ambos habían sido convocados, con la morbosa intención de verles juntos, para dar una conferencia. La pelea estaba garantizada. O eso pensaba la Real Sociedad Geográfica, obsesionada con llenar el aforo.

Entre tanto, la misma institución había enviado al misionero David Livingston a África, que por entonces tenía 51años, para que explorara el Nyanza “de” Speke. Todo estaba preparado para el cara a cara en la ciudad balneario. De un lado, Burton, experto conferenciante, cautivador de masas y conocedor del alma humana pero hundido por la mentira. De otro, Speke, noble poco cultivado con buenos contactos en la sociedad británica, racista y aficionado a la caza y a capitalizar los esfuerzos de los demás.

[En el corazón de África]

Un día antes, ambos se vieron. Estaban muy cambiados. Llevaban grabados a fuego sus duros meses en el camino africano como si fueran las marcas de caza de dos viejos leopardos. No intercambiaron ni una palabra pero Speke, quizá arrastrado por la turbulencias que provoca la mala conciencia, salió de la sala y huyó a Nestor Park, la cercana finca de su tío John Bird Fuller en la que montó una partida de caza. Alejado del grupo y oculto por un muro de piedra Speke se hirió con su arma mortalmente, hurtando a la historia de la exploración, y a las tenaces pero infructuosas indagaciones policiales, si fue accidente o suicidio. “No me muevas”, fueron sus últimas palabras.

¿Doctor Livingston, supongo?

Speke no pudo enterarse de que el 10 de noviembre de 1871 el periodista Henry Morton Stanley, financiado por el New York Herald (la Real Sociedad Geográfica pecó en ese momento de muy pocos reflejos), encontró en Ujiji, a orillas del Tanganica, a Livingstone, espetándole, tal como refiere la leyenda, el famoso: “¿Doctor Livingston, supongo?”. Años después, tras la muerte del misionero, Stanley demostraría y documentaría que el lago Nyanza era la principal fuente del Nilo Blanco. Tal como lo había anunciado la ingobernable soberbia de John Hanning Speke.