El Cultural

Viaje al corazón de Caliwood

11 febrero, 2016 14:31

En su estreno europeo, ha llegado finalmente a España, a las pantallas del Festival Punto de Vista de Pamplona, una de las películas autobiográficas más singulares que recuerdo haber visto. Fue en Toronto, donde en septiembre tuvo su estreno internacional. Dirigida por Luis Ospina, se trata de Todo comenzó por el fin, relato memorialístico, crónica urgente y testimonio incontenible de un capítulo esencial de la cinematografía colombiana: el grupo conocido por Caliwood, al que perteneció (y sobrevivió) el propio director. Ospina nos habla desde la cama del hospital, gravemente enfermo, con la urgencia de quien no quiere marcharse del mundo sin haber dado testimonio de aquellos años de lujuria, creación febril y hábitos autodestructivos en Cali, durante los setenta y ochenta, cuando el espíritu inconformista y experimental de un grupo de cinéfilos indómitos transformó para siempre la ciudad y la cinefilia de su país.

La primera vez que me sumergí en las historias de Caliwood fue precisamente allí y de la mano del propio Luis Ospina, quien me invitó como jurado al Festival de Cali que él mismo dirige desde 2009. La ciudad perdió su identidad creativa cuando fue consumida por la violencia y el narcotráfico a partir de mediados de los años ochenta, para convertirse en uno de los sumideros cocainómanos del país que definió la guerra de las drogas: el Cartel de Cali frente al Cartel de Medellín. Ospina es un militante activo de Caliwood, de su legado y su relevancia cultural, creativa, política, generacional… Ha dedicado varias de sus obras –tanto cinematográficas como literarias, así como exposiciones y homenajes de todo tipo, que formarían en sí una especie de work in progress de esta obra definitiva que hoy nos llega– a preservar y promocionar su legado.

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Luis Ospina[/caption]

Si Ospina es el vaso comunicante, el guardián y la memoria del grupo, el centro de las confluencias de Caliwood fue Andrés Caicedo (1951-1977), personaje extraordinario, escritor, crítico de cine y amante de la belleza que acabó suicidándose con apenas 26 años de edad. Buena parte del épico metraje de Todo comenzó por el fin (208 minutos) se centra en su figura, rescatada con imágenes de archivo y fragmentos de películas, en su mayoría realmente fascinantes. El volumen de críticas Ojo al cine (compilación de criticas inéditas y publicadas en la revista del Cine Club Cali que circuló entre 1974 y 1976), que me regaló Ospina, no tardó en convertirse en uno de mis libros de cabecera de crítica cinematográfica: la pasión, la literatura y la mirada de Caicedo para cruzar el espejo cinematográfico es irremplazable. Su artículo “Especifidad del cine” merece pasar a la historia de la crítica como uno de los más hermosos y emotivos tributos a la naturaleza del cinéfilo.

Todo empezó por el fin se enfrenta a su propósito desde múltiples flancos. Los personajes principales son probablemente el cine, la ciudad y el tiempo, pero el alma del filme lo encontramos en los diversos personajes y las hazañas que  conforman el grupo de Caliwood, su espíritu y su humor, su trayecto de la efervescencia al desengaño, pero nunca a la claudicación. Además de Caicedo y Ospina, es especialmente relevante el cineasta Carlos Mayolo (1945-2007), y figuras como Sandro Romero Rey, Ramiro Arbeláez y Hernando Guerrero, así como todas las mujeres que como Beatriz Caballero, Lina González o Vicky Hernández ejercieron una poderosa influencias en la vidas y los trabajos del grupo. Arranca el filme como un diario autobiográfico, un testimonio en primera persona, que irá mudando de piel hacia el documental histórico, el ensayo audiovisual y sociológico, la investigación en tercera persona, el tributo celebratorio, el found footage, el registro de un reencuentro, la lucha de un hombre contra la memoria, el tiempo y la enfermedad. Es a su modo una tentativa de cine total. Pero sin darse importancia, a pie de obra.

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Andrés Caicedo[/caption]

 

El equilibrio entre la distancia y la intimidad, entre la mirada escrutadora y autocrítica y la de aquel que forma parte de lo que cuenta, es acaso la gran búsqueda de Ospina a lo largo de las tres horas y media de la película, con sus entradas y salidas en plano. Esa tensión entre ser actor y espectador, material de estudio y también historiador, es acaso la más fructífera del proyecto, que acabamos entendiendo como la crónica de un superviviente, el mensaje en la botella de un naúfrago que no ha perdido la esperanza. Se hace evidente que nadie más podría haber hecho esta película con la justicia que merece el periodo histórico que retrata de su ciudad, su país y su cine. El autorretrato de Caliwood alumbra con emoción (y necesaria subjetividad) la evidencia histórica de las imágenes que rescata del pasado, el desfile de todos esos fantasmas que son también los fantasmas del director.

La película es el resultado de toda una vida y por tanto los tonos son necesariamente múltiples. El borbotón de imágenes y formatos es imparable, pero el ritmo y el interés por lo que vemos y oímos no decae. La mirada de Ospina, cuya relevancia para el documental colombiano se ha comparado con la de Patricio Guzmán para el chileno, es la de un hombre que mira hacia atrás sin nostalgia y sin ira, pero con la fe intacta en un cine que es capaz de ser testimonio, exploración y exorcismo. Es el noble testimonio, en esencia, de un humanista: alguien que agarró una cámara para denunciar la “pornomiseria” de cierto cine latinoamericano (hecha para lucrarse y aliviar las conciencias del “primer mundo”), que atravesó indemne el carrusel de sexo, drogas y rumba a través del cine y que, cuarenta años mediante, en el mismo campo de batalla donde se enfrenta a la muerte –Ospina venció al cáncer– entrega sus contadas fuerzas a “festejar” ese proceso de demolición que es la vida.

El diario Liberation de París preguntó en el año 1987 a diversos cineastas internacionales la pregunta más esencial y difícil: ¿por qué hace cine? Esta fue la respuesta de Luis Ospina: “Porque soy muy nervioso para robar, porque detrás de la cámara oculto mi timidez. Hago cine por terquedad, por la persistencia de la visión. El cine es una fijación de emociones en emulsiones. El cine es una revelación de lo negativo a lo positivo. Para hacer cine hay que tener fe. En el cine, fe es creer en en lo que no se ha revelado. El cine es un misterio gozoso, es la alquimia, la bolsa negra. El cine es el oficio de tinieblas del siglo XX. Para hacer cine hay que tener vocación porque produce hábito. El cine es creación y recreación. Hago cine en el tercer mundo para encontrar el plano sudamericano capaz de revelar nuestra imagen subdesarrollada”.

Todo ello, qué duda cabe, es Todo comenzó por el fin.

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Todo comenzó por fin[/caption]