Es una mañana de domingo cualquiera en la capital y la calle del Barquillo bulle con ese tráfico de peatones que parece moverse entre cafeterías de especialidad, galerías y tiendas de autor. En el número 29, las puertas de Casa Bimani, el nuevo concepto estrella de la firma nacida en 2012, abren paso a un universo más apacible y con cierto toque internacional en medio de lo castizo: tonos neutros, luces cálidas que iluminan unas colecciones cargadas de color y, de fondo, unas imponentes cortinas rojas colgadas con precisión casi arquitectónica.
“La idea es que quien entre aquí no sepa si está en Hong Kong, Chicago, París o Madrid”, dice la mujer detrás de todo esto, Laura Corsini (Madrid, 1990). Ha concebido este espacio como una concept store y un laboratorio creativo, pensado para que la experiencia en él desborde la simple compra de ropa y se convierta en un viaje de sensaciones y descubrimientos. La moda se fusiona con exposiciones, colaboraciones con artistas, shootings y pequeños eventos para las mejores embajadoras de cualquier marca que se precie: las clientas.
Sentada en el sofá que preside el espacio, frente al objetivo de una cámara que juega con facilidad a captarla en su mejor versión, la empresaria recuerda cómo fue su primer impulso emprendedor. Más que vocacional, fue fruto de la casualidad y alentado por una mente indiscutiblemente práctica. “Cuando fundé Bimani no tenía ninguna intención de crear una empresa. Quería buscar una solución a un problema”, explica en su conversación con Magas.
¿El asunto en cuestión? “Que necesitábamos camisas”, responde ágil. A la hora de ahondar en este particular origen, conviene saber que la madrileña antes estudió Ciencias Empresariales en la Universidad Pontificia de Comillas. Acabada la carrera, cruzó la frontera hacia tierras galas, para formarse en Diseño en el prestigioso Istituto Marangoni de París. Su aprendizaje práctico vino de la mano de grandes firmas de la moda y la perfumería europeas, como Prada Perfumes, donde se empapó del rigor y el detalle que exigen ambas industrias. Pero ella siempre mostró una predilección especial por la primera.
La chispa definitiva, confiesa, no surgió en un atelier de renombre, sino en el mercado de la seda de Shanghái al que acudió durante un viaje con amigos. Un día, mientras los chicos se hacían trajes a medida, ellas esperaban. “Al siguiente, aparecí con un puñado de prendas mías con la idea de crear unos básicos parecidos”. De repente, una joven local se dirigió a ella con un quebrado inglés: “tú, yo, negocios”. Corsini recuerda la anécdota como si fuera ayer: “Nos pusimos en el suelo a crear el patrón, y así me hice mi primera camisa con una tela turquesa que cogí de su puesto y que me resultó absolutamente especial en aquel momento”.
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La particularidad de aquel tejido era que, por más que se arrugase, siempre volvía a su estado original. “Mi madre me dijo que nunca había visto algo igual, y yo, que me había quedado con el teléfono de la chica, le acabé pidiendo 25 más”. Ese fue el germen de una firma que este año ha celebrado su decimotercer aniversario por todo lo alto. Aquella prenda verde viajó a España en una maleta y terminó convirtiéndose en el objeto de deseo de su entorno, vendida por encargo a amigas, conocidas, madres de amigas…
En diciembre de 2012, Laura organizó una pop-up en Madrid. Asegura ser “la primera persona en llevar este concepto tal como lo conocemos a España”. Vendieron 300 camisas en un fin de semana. Encargaron 800 más. Y poco después, Inditex llamó. Le ofrecieron un puesto que alguno consideraría irresistible en el departamento de compras. “Era un sueño… pero mi padre —Jacobo Corsini, uno de los 11 vástagos que tuvo el fundador de la célebre constructora Corsan— me dijo: ‘Esto que está pasando aquí no es normal. Si te está funcionando sin inversión, sin nada, igual hay que creer en ello’. Así que les dije que no”.
Ese fue su punto de inflexión. “Me llamaron —los del gigante textil— para decirme que si rechazaba esta oferta, más valía que me pusiera las pilas y creyese de verdad en lo que iba a hacer”. A partir de ese momento, la historia de Bimani y de su fundadora tomaron un rumbo decidido. El negocio fue tomando forma poco a poco de la mano de un equipo modesto pero ilusionado: “Siempre digo que hay que rodearse bien y, sobre todo, confiar y delegar”.
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Con el tiempo, los logros empezaron a llegar a cuentagotas: primero vino la primera tienda física —“en un sitio enanito” en Juan Bravo—, el boom de sus redes —incluso Corsini muestra sin filtros su día a día bajo la atenta mirada de las seguidoras de su cuenta personal—, aperturas en Barcelona, Valencia, Sevilla y Zaragoza y el salto a los corners en El Corte Inglés. Todo manteniéndose fiel a su propósito de crear prendas elegantes, cómodas, sin necesidad de un solo pasado de plancha.
“Nos encantaría que la reina Letizia vistiera uno de nuestros diseños”- Laura Corsini
Frente a un mercado ferozmente dominado por lo efímero, la marca ha optado por la atemporalidad. Una decisión que conecta con movimientos globales como el quiet luxury —lujo silencioso— que han devuelto protagonismo a marcas discretas pero exclusivas, desde The Row a Bottega Veneta. “No queremos crear moda pasajera. Queremos ser la que acompaña. El básico que no sale del armario. Las tendencias nos inspiran, pero no nos definen”, afirma.
Aunque su core es la línea de invitada, ha ido ampliando miras para adaptarse a estilos distintos de clienta: la ejecutiva, la urbanita, la romántica. Hace ropa para mujeres “todoterreno” con la versatilidad por bandera: tops que no se arrugan, chaquetas reversibles, vestidos que se adaptan de la oficina a la cita en un rooftop… siempre pensando en que sus musas buscan ir impecables sin sentirse recargadas. “La mujer Bimani quiere vestir bien y sentirse favorecida”, explica.
“Por eso, jamás me verás sacar mom jeans”, dice entre risas la creadora de un imperio textil que hoy ya cuenta con más de un centenar de empleados —en 2021 apenas superaba los 30— y que ha logrado convertirse en la referencia de las mujeres que viven en la Milla de Oro madrileña. No tardo mucho en ver sus números borbotear gracias al empuje de un público al más puro estilo 'barrio Salamanca'. Algunos medios hablan de Corsini como la empresaria que viste a las pijas de la capital. ¿Habrá algo malo en ello? A la protagonista no parece incomodarle demasiado la idea.
Tampoco es algo que destaque en exceso. Y respecto a las campañas con creadoras de contenido, tan vigentes hoy, confiesa: “No nos gusta hacer demasiadas, porque no las necesitamos”. Razón no le falta. Aun así, resulta curioso que, en la construcción del fenómeno Bimani, la presencia de clientas conocidas ocupa un capítulo sugerente cuanto menos. Nombres que evocan poder y prescripción de estilo orbitando en torno a una firma que cada vez quiere huir más del elitismo en favor de la transversalidad del saber vestir. Porque, por llamativo que parezca, “de nuestra marca han vestido mujeres de todos los partidos”, comenta.
Y añade: “Nunca lo sabemos hasta que lo vemos en una foto o noticia; lo bonito es que eligen el producto porque es práctico, les gusta y se adapta a sus agendas copadas de eventos”. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, por ejemplo, ha sido fotografiada en más de una ocasión con diseños de la que muchos aseguran que es su marca de cabecera. Incluso acostumbra a llevarlos en su maleta: el último, un vestido rosa lencero de la colección de 2022, lo lució en junio durante un viaje institucional a Miami (Estados Unidos).
En las antípodas ideológicas, personalidades como Irene Montero, que lo demostró en 2022 con uno de los estilismos más comentados de su etapa como ministra de Igualdad. Acudió a los actos institucionales que se celebraban por el Día de la Mujer con un vestido vaporoso de color lila cuyo precio, aseguraba por aquel entonces la prensa española, rondaba los 130 euros. La etiqueta, una vez más, rezaba ‘Bimani’.
Pero el álbum de honor no se agota en la política. Tampoco se resisten a sus encantos personajes como María Pombo o Isabel Preysler. Esta última, la primera influencer de la historia patria según la empresaria, les llegó a enviar una carta dándoles las gracias por unos zapatos que le enviaron una vez. Corsini reconoce que la guarda como uno de sus mayores reconocimientos, no tanto porque viniera de la celebrity, sino por el valor de una respuesta espontánea y agradecida como aquella.
¿Y la Reina? La pregunta surge inevitable en un país donde cada gesto estilístico de la monarca es analizado al milímetro. “Doña Letizia… Alguna vez han dicho que iba vestida de Bimani, pero ha sido una confusión —sincera—. A nosotras nos encantaría y, la verdad, su estilo encajaría mucho con el nuestro. Por ahora, que sepamos, no ha llevado nuestras prendas de manera oficial. Pero ojalá este reportaje llegue hasta ella”, sonríe con complicidad.
Pese a vivir rodeada de pesos pesados —no solo proviene de una estirpe de empresarios; incluso su cuñada, Cristina Oria, ha alcanzado el olimpo de los negocios con su firma de catering homónima—, la cercanía y el respeto al público cotidiano no se negocian: el gran hito de su empresa sigue siendo convertir a la clienta anónima en embajadora, y lograr que cualquiera elija sus prendas para afrontar un día sin margen de error, sabiendo que van a funcionar.
Bimani divide su universo en dos grandes líneas: casual e invitada, pensadas para mujeres reales que buscan calidad y versatilidad. Dentro de la última se inscribe White, una novedad de 2025 diseñada y confeccionada en España que promete hacer “deslumbrar en los días más especiales de la vida”, ya sean estos una boda, una comunión o un bautizo. Una apuesta reciente que explora las posibilidades del blanco en todas sus versiones, desde el más puro hasta los tonos huesos o marfil.
Las líneas protagonistas de septiembre son Luzienne, para eventos; y, otra más street style, cada una con su personalidad. La propuesta de invitada está protagonizada por la riqueza de satenes y la ligereza de las gasas, con piezas que abrazan el carácter atemporal de la marca. La línea casual apuesta por una estética inspirada en la energía de la ciudad, mezclando prendas con toques urbanos más arriesgadas (colección Tribeca) y otras más clásicas pensadas para el día a día (Sorelle). Juntas reafirman el ADN de la firma: versatilidad, tejidos de máxima calidad y una paleta cromática trabajada para ser combinable y chic en cualquier momento.
“Me considero una persona muy curiosa que intenta entender lo que quiere la otra persona. Sigo leyendo y respondiendo todos los mensajes que me escriben por Instagram”, asegura Corsini, que nunca apaga su radar comercial. La apertura de su nuevo templo en Barquillo este verano representa más que una tienda: es el epicentro de un plan de reposicionamiento con el que la firma también ha renovado su identidad, abrazando una imagen más contemporánea.
Este año ha convertido Bimani en algo más que una marca: con la nueva imagen y la apertura de Casa Bimani, el proyecto respira modernidad y alma propia. ¿Cómo se vive desde dentro este cambio y qué le ilusiona de vestir a mujeres tan distintas bajo ese mismo espacio?
Nuestra ambición en 2025 ha sido consolidar la marca, más que crecer. Hemos hecho un rebranding discreto pero necesario para, de algún modo, tener un Bimani más neutro. Porque queremos que cualquier mujer encuentre aquí sus prendas. En febrero lanzamos un logo más actual con un anagrama que nos define mucho más, juntando las letras 'B', ‘M’ y ‘N’. Representan a mujeres en distintas etapas: la que prefiere ir holgada, la que quiere prendas más marcadas, la clásica frente a la cañera… Todas se fusionan en un icono muy especial.
De repente, al crear esa identidad surgió este sitio. Por fin he podido decir a la gente que esto era exactamente aquello con lo que yo llevaba toda la vida soñando. Se llama Casa Bimani porque estamos como en un hogar, cómodas, porque es un espacio multiusos en el que no solo cabe el shopping, sino que también colaboramos con otras marcas, artistas… Ahora la idea es empezar a hacer eventos y que la tienda se adapte. Incluso tenemos una cúpula que cambia de color. Todavía no le hemos dado mucho bombo, pero a partir de ahora comenzaremos a lanzar muchos proyectos.
En tiempos en los que la moda europea reinventa sus reglas y hablamos de consumir menos y mejor, Bimani defiende que lo esencial es confeccionar lo necesario y apostar por prendas que realmente resisten el paso de los años. ¿Cree que este enfoque marcará la nueva forma de vestir y vivir la moda?
A la hora de hacer una prenda hay que pensar en todo el proceso. Nosotros producimos en España, en pequeñas cantidades, controlando los residuos y los sobrantes de stock. Poder reponer rápidamente lo que se vende nos evita generar excedentes innecesarios, y trabajamos con tejidos resistentes, que pueden durar años intactos. He visto en mi armario blusas nuestras de hace más de una década perfectas. Además, intentamos que la clienta valore la calidad, pruebe las prendas y compare; solo así se entiende el valor y el impacto ecológico de una moda más consciente.
“En el futuro, ojalá mi hijo quiera trabajar aquí y que Bimani sea suyo”- Laura Corsini
En un país que exporta cada año más de 31.000 millones de euros en ropa y accesorios, la presión de gigantes capaces de replicar diseños a gran escala y del llamado ultra fast fashion está cuestionando la viabilidad y la creatividad de muchas firmas independientes. ¿Cómo percibe este fenómeno?
Es un problema gravísimo para la industria. Nuestra asignatura pendiente sigue siendo concienciar a la gente sobre la calidad, el diseño, el esfuerzo… es decir, lo que significa realmente el trabajo detrás de una prenda. Y, por supuesto, penalizar las copias debería ser necesario. Yo llevo años trabajando el mismo tejido, apostando por la coherencia, mientras otras empresas cambian según la moda fugaz; quizá por eso conservamos una identidad fuerte y eso es lo que defiendo: ropa que perdura.
Muchos piensan que emprender siendo parte de una familia conocida es sinónimo de respaldo económico y facilidades. ¿Cuál ha sido realmente el papel de los suyos en el ascenso meteórico de Bimani?
Tengo que reconocer que me da rabia cuando la gente dice eso de “claro, te han ayudado un montón”, porque económicamente no lo han hecho. Nunca he querido utilizar el dinero de nadie en ese sentido; todo se ha autofinanciado desde el primer encargo. Pero sí me han apoyado en lo demás: las amigas de mi madre fueron mis primeras compradoras, sus hijas igual, y en casa montamos el primer taller en la cocina.
Yo desde que estudiaba el máster ya pensaba en Bimani, y los profesores me dejaron orientar el proyecto final a esto. Al terminar, volví a Madrid y tenía como mucho 400 euros al mes que podía invertir en un local de 20 metros cuadrados. Así que nos metimos Valentina —que trabajaba en casa de mis padres, fíjate la ilusión que contagié en mi entorno—, Rocío —una amiga de la carrera que por entonces tenía que hacer prácticas y se quedó— y yo. Estuvimos un año así, luego montamos una web... Hasta el 2016, que abrimos en Juan Bravo. Fue todo muy poco a poco.
España es uno de los grandes motores del textil europeo, con marcas de todos los tamaños jugando sobre el tablero, pero la realidad es que menos del 10% superan la barrera de la década. Tras 13 años, ¿cuáles son las claves para mantener la relevancia y seguir enamorando a nuevas generaciones?
Es muy complicado, pero creo que la clave está en tener una identidad clara, atemporal, escuchar y no moverse por las tendencias. Durante estos 13 años, aunque en momentos puntuales nos desviamos un poco hacia la moda más pasajera y eso no siempre gustó a nuestras clientas, aprendimos la importancia de mantener la esencia: al menos un 50% de lo que hacemos sigue siendo lo mismo que al principio. Esa coherencia nos ha definido siempre.
Un ejemplo fue la apertura en El Corte Inglés. Al principio, con tan poco del tejido que nos identifica, éramos una marca más. Eso nos hizo reflexionar y decidimos reforzar el mensaje original: lo práctico, lo que no se arruga, lo que se puede llevar de distintas formas. De ahí nació el concepto Always, que engloba nuestras prendas atemporales y prácticas. Ahora, por ejemplo, en un corner encontrarás primero nuestra gama de colores y las piezas esenciales, y después algo más actual, pero siempre teniendo clara la base de lo que somos.
Echando la vista atrás en su trayectoria, reconoce que emprender en 2012 no era lo que es en 2025. No había tantas redes ni aceleradoras en cada esquina. “Ahora existe el fenómeno startup. Por entonces yo era una niña que iba a los talleres puerta a puerta para negociar con señores”. España, recalca, ha cambiado: hay más conciliación y apoyo institucional. Pero el camino sigue siendo arduo. “Cada año es como volver a emprender. Hasta que no tienes un volumen grande, también es difícil negociar con bancos o proveedores”.
Se sufre, y mucho, pero ahora Bimani recoge con cautela los frutos de años de trabajo y la entrada de Íñigo Zaldívar, ex de Scalpers, como director general, marca una nueva etapa. “Él es más estructurado, más metódico. Yo soy más creativa. Hacemos muy buen tándem. Con él podremos planificar expansión, crecer con orden”, explica. El futuro, augura la diseñadora, incluye una mayor internacionalización, nuevas aperturas y colecciones. Pero también un compromiso reforzado: el de mantener la esencia que les ha traído hasta aquí.
En cualquier caso, hay una prioridad aún más importante en la vida de Corsini y la espera con ansia: la llegada de su segundo hijo, con el que, dice, espera hacer las paces con el concepto de conciliación que en otros momentos de su vida ha destacado por su ausencia. Con su primer retoño, Juan, aprendió de los errores: “Estuve muy poquito con él y me arrepiento, así que este próximo lo voy a vivir más de cerca, porque me parece fundamental que el bebé pase esos primeros momentos con su madre”.
“La maternidad te cambia el cerebro; es una cosa casi química”, dice sonriente, y asegura que ha madurado mucho en estos dos últimos años siempre acompañada de Javier Ibáñez, su marido y gran apoyo en casa. “Estoy enamorada de ellos. Mi proyecto personal es mi familia. Para mi hijo, ir a la tienda significa ir casi a casa. Si nos va bien, me encantaría que algún día trabajara aquí y, si quiere, que todo esto sea suyo”, cuenta con ilusión su sueño de legado.
Ser madre le ha dado fuerza y quitado prejuicios. “Ahora me olvido de las tonterías y me centro en lo importante”, reconoce. Confiesa ser más atrevida, tanto en lo que respecta a estilo como a dejarse guiar por la intuición empresarial. “Tengo la sensación de que ahora, si arriesgo y no sale bien, tampoco pasa nada”, subraya. Por el momento, la diseñadora no tiene mucho de qué preocuparse, porque su negocio va como un tiro: este año, ambiciona disparar sus ventas hasta los 13 millones de euros, con Casa Bimani sirviendo como un termómetro de audiencia cada vez más en el radar del público internacional.