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La tribuna

El bitcoin nunca será dinero

Debemos tener claro qué rasgos específicos definen la naturaleza profunda del dinero. De lo contrario, no saldremos de la confusión conceptual entre lo que es dinero y lo que no.

22 mayo, 2022 02:02

Hace miles de años, en la infancia de la humanidad, los habitantes de una aldea remota perdida en medio de grandes extensiones boscosas, poblado legendario que hoy seríamos incapaces de ubicar en el mapa, recurrían al trueque para intercambiar pieles por flechas. Así comenzó la prehistoria del dinero.

Todos los manuales universitarios de economía incluyen un párrafo inicial muy parecido al que precede a esta frase cuando abordan el capítulo destinado a explicar el origen de la moneda. Pero siempre, sin excepción, lo hacen mencionando una comunidad humana imaginaria, nunca alguna real que hubiera tenido una existencia contrastada en el pasado lejano.

Por lo demás, el origen de esa leyenda, pues de una simple leyenda se trata, se remonta al mismísimo texto fundacional del pensamiento económico en tanto que disciplina autónoma y separada de la filosofía moral, La riqueza de las naciones, la obra célebre de Adam Smith.

En las páginas de ese libro el lector acusa recibo de que los indios iroqueses de Norteamérica recurrían a esa tosca práctica, el trueque, para posibilitar el acceso al consumo de los bienes que los individuos o sus familias no producían por sí mismos.

El problema de la explicación canónica reside en que Adam Smith se la inventó. Y es que el uso del trueque entre los pobladores autóctonos de las colonias inglesas de su tiempo solo existió en la fértil imaginación de Smith.

Las comunidades iroquesas, por el contrario, practicaban, como luego se supo, una suerte de comunismo primitivo en el que las mujeres se encargaban de repartir los bienes previamente acumulados en una especie de almacenes comunales.

Ningún ser humano real, en consecuencia, intercambió pieles por flechas, salvo de un modo en extremo excepcional e infrecuente. Y si tal tipo de intercambios ocurrió de forma habitual en algún otro lugar del planeta en tiempos arcaicos, eso constituye una suposición que nadie ha sido capaz de demostrar con pruebas todavía. El trueque simplemente no ha existido nunca en la historia conocida de la humanidad como una forma habitual de facilitar los intercambios de bienes.

A estas alturas, supongo que el lector se estará preguntando ya qué demonios tienen que ver los indios iroqueses y su falsa afición al trueque con el premonitorio derrumbe de la cotización del bitcoin y, más en general, con el desplome generalizado de los precios de esos activos virtuales que de modo tan impropio se hacen llamar criptomonedas.

Pero la respuesta es que sí, que tiene mucho que ver. Porque si estamos hablando de dinero, y esos activos financieros intangibles se presentan a sí mismos como una sofisticada variante tecnológica del dinero, entonces resulta imprescindible tener muy claro qué rasgos específicos, intrínsecos e insoslayables son los que definen la naturaleza profunda del dinero. De lo contrario, nunca podremos salir de la confusión conceptual entre lo que es dinero y lo que no lo es. Una confusión, esa ontológica, que, por cierto, ya les está saliendo muy cara a cientos de miles de ingenuos "inversores" a estas horas.

Resulta imprescindible tener muy claro qué rasgos específicos, intrínsecos e insoslayables son los que definen la naturaleza profunda del dinero

Porque si el dinero, el de verdad, resultara ser una criatura del Estado, no el fruto evolutivo de los acuerdos libres a los que fueron llegando por su cuenta los individuos a lo largo del tiempo para facilitar el intercambio económico, entonces el bitcoin nunca jamás alcanzará la condición de dinero en el futuro, al menos extramuros de las fronteras nacionales de El Salvador y de la República Centroafricana, los dos únicos rincones del mundo donde la autoridad política constituida lo reconoce como tal.

Y resulta que, en efecto, el dinero, el de verdad, es en todas partes una criatura estatal. Lo que no significa necesariamente que sea el Estado quien cree el dinero. Por ejemplo, los plantadores de la esclavista Virginia convencieron al Gobierno de la metrópoli en Londres para que el tabaco que ellos producían tuviese la consideración jurídica de dinero y, en consecuencia, los comerciantes de la colonia se viesen obligados a aceptarlo en tanto que medio habitual de pago. Como ese, se podrían citar cientos de ejemplos similares.

Porque lo característico del genuino dinero no remite tanto a que el Estado lo cree como a que imponga, regule y controle su uso entre los particulares. Así las cosas, quien compre criptomonedas está adquiriendo algo que (de momento) vale dinero, pero que no es dinero.

Quien compre criptomonedas está adquiriendo algo que (de momento) vale dinero, pero que no es dinero

En otro orden de equívocos, y tras el abandono en 1973 de la convertibilidad entre el dólar americano y los lingotes de oro guardados en las cámaras acorazadas de Fort Knox, se generalizó el absurdo teleológico consistente en predicar que lo que confiere valor al dinero es la confianza.

Un argumento según el cual cualquier cosa puede transmutarse en dinero con la única condición de que yo posea la suficiente confianza íntima en que tal cosa es dinero. Sin embargo, el tipo muy especial y único de confianza que sirve de apoyatura al dinero de curso legal, el que establecen los Estados por ley, consiste en un acto de fe muy particular, a saber: el derivado de la confianza en la promesa estatal de que cualquiera que se niega a pagar los impuestos en la moneda fijada por el propio Estado puede acabar con sus huesos en la cárcel.

Lo que en verdad confiere la condición de dinero a un billete de cinco euros es esa promesa muy concreta del Estado, no la confianza abstracta en que el billete de cinco euros vale cinco euros porque yo confío en que otro lo aceptará si se lo entregó a cambio de algo, pues ese otro igualmente confiara en que un tercero procedería confiando de idéntico modo, etcétera.

El dinero no se basa en la confianza individual subjetiva, sino en la coerción estatal objetiva. Por eso, cuando la inflación destruye el poder de compra de, pongamos por caso, la moneda nacional argentina, los argentinos no sustituyen el peso por billetes de colorines del Monopoly, ni por bitcoins creados de forma descentralizada y autónoma por mineros independientes, sino que pasan a operar con dólares emitidos por la Reserva Federal de los Estados Unidos y avalados, en consecuencia, por el Gobierno norteamericano.

Al modo de su precedente inmediato, los bulbos de tulipán en la Holanda del siglo XVII, las que ahora se hacen llamar criptomonedas tampoco nunca serán dinero.

*** José García Domínguez es economista y periodista.

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