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La Pandera no concede treguas ni permite esconder las debilidades. Allí arriba todo se amplifica: la respiración entrecortada, el cambio que entra demasiado tarde, los gritos del público pegado a las vallas y, sobre todo, ese instante casi imperceptible en el que las piernas dejan de responder.

Este sábado fue Primoz Roglic quien escuchó ese aviso. No hubo explosión ni derrumbe, sino algo mucho más inquietante en una carrera de tres semanas: una grieta. Enric Mas y Felix Gall le sacaron 25 segundos en la cima jienense y LaVuelta abandonó la montaña con el liderato del mallorquín un poco más reforzado.

La etapa tuvo dos historias paralelas. La primera fue la de los aventureros, que durante buena parte del día pelearon por una victoria que parecía abierta. La segunda, la de los hombres que aspiran a llegar de rojo a Granada.

El calor convirtió Jaén en una trampa desde el primer pedalazo: 36 grados, olivos inmóviles y 154,5 kilómetros por delante con 4.338 metros de desnivel acumulado. El escenario invitaba a reservar fuerzas, pero el pelotón volvió a elegir la batalla.

Cuando finalmente se formó la escapada, no parecía una fuga convencional. Eran 44 corredores, prácticamente un segundo pelotón, con suficientes nombres y equipos como para plantear varias carreras dentro de la carrera.

Movistar colocó delante a Pablo Castrillo y Raúl García Pierna y, desde atrás, comenzó a controlar la situación. Carlos Canal asumió buena parte del trabajo en el pelotón mientras los escapados ampliaban su ventaja y alimentaban el sueño de pelear por la etapa.

El margen llegó a superar los siete minutos. Buitrago aprovechó para sumar puntos de cara a la clasificación de la montaña; Cristian Rodríguez seguía pendiente de sus opciones en el top 10 y Vermaeke decidió probar suerte en solitario. Durante muchos kilómetros, el belga pareció dispuesto a desafiar al guion.

La carretera, entre Los Villares y Locubín, comenzó a hacer su selección mucho antes de que apareciera la última dificultad. Y al fondo esperaba La Pandera, una de esas montañas que no necesitan presentación.

Sus 11,9 kilómetros al 7,2% de pendiente media, con rampas de hasta el 17%, escondían además dos kilómetros centrales especialmente crueles. Allí no había espacio para las dudas.

Steinhauser llegó a las primeras rampas con ventaja. Guillaume Martin intentó darle caza y Mario Aparicio apareció después con la ambición de quien sabe que quizá está ante la oportunidad de su vida.

El burgalés llegó a rodar en solitario, con la carretera despejada por delante y la victoria rondándole la cabeza. Pero por detrás se acercaban Brenner, Buitrago, Cristian Rodríguez y Sosa. La escapada comenzaba a consumirse a sí misma.

Buitrago fue el primero en parecer capaz de quedarse con la etapa. Su ataque, a tres kilómetros de la meta, coincidió con el momento en el que la carrera de los favoritos empezó a romperse.

Movistar ya había colocado a Iván Romeo al frente para endurecer el ritmo. Enric Mas probó y Roglic respondió. Gall seguía pegado a las ruedas. Carapaz tampoco cedía. Cuatro hombres frente a una montaña que ya no permitía esconder nada.

Entonces atacó Carapaz. Gall aumentó todavía más la velocidad. Y Mas salió con una facilidad que decía más que cualquier celebración. Roglic intentó mantenerse a rueda, gestionar el esfuerzo y evitar que la distancia se convirtiera en una amenaza. Pero la rueda de delante empezó a alejarse.

Emergió Raúl García

Y apareció Raúl García Pierna. Después de pasar medio día en la escapada, el español regresó desde delante para cumplir una última misión. Se dejó caer hasta encontrar a su líder y puso las fuerzas que le quedaban al servicio del maillot rojo.

Fue una escena de ciclismo clásico en una Vuelta moderna: un gregario completamente vacío tirando de un líder que había detectado la debilidad de su principal rival. García Pierna tensó el grupo. Roglic cedió.

Esta vez no fue un amago. Fue la primera señal inequívoca de debilidad del esloveno en esta Vuelta. Por delante, Brenner también afrontaba su particular examen. El corredor de Tudor alcanzó a Buitrago, resistió el regreso de Cristian Rodríguez e Iván Sosa y esperó su momento.

Cuando el colombiano atacó dentro del último kilómetro, el alemán no se descompuso. Le siguió, le alcanzó y terminó imponiéndose por apenas un segundo. Fue la primera victoria de Tudor en una Gran Vuelta. Cristian Rodríguez completó el podio de la etapa, a 11 segundos.

Sin embargo, la imagen que realmente transformó la clasificación general llegó unos instantes después. Mas y Gall entraron juntos, unidos por la necesidad y por el ritmo, mientras Roglic cruzaba la meta 25 segundos más tarde.

El esloveno había comenzado el día a 1:45 de Enric Mas. Salió de La Pandera a 2:10. Gall, que partía a 2:06, también encontró recompensa en el castigo infligido al cuatro veces ganador de LaVuelta.

No es una sentencia. Ni siquiera una garantía. En septiembre, dentro de una carrera de tres semanas, 25 segundos pueden desaparecer en una curva, en una contrarreloj o después de una mala tarde. Pero sí es una señal.

Hasta ahora, Roglic había ejercido de amenaza permanente, esperando el momento adecuado para golpear. En La Pandera descubrió que quizá ya no pueda limitarse a esperar.

Enric Mas, en cambio, abandonó la montaña con una certeza que hasta ahora parecía más una posibilidad que una realidad. No sólo conserva La Roja. También empieza a abrir diferencias cuando la carretera se empina.

Y en una Vuelta que todavía guarda montaña, calor y trampas por delante, esa diferencia empieza a parecerse cada vez menos a una defensa del liderato y cada vez más a una demostración de autoridad.