LIBROS

Sara Mesa contra Houellebecq

La autora engendra en 'Mala letra' los personajes femeninos potentes que, dice, extraña en autores como el novelista francés. 

La autora Sara Mesa

La autora Sara Mesa

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Sara Mesa (Madrid, 1976) escribe tubérculos. Niños suicidas, seres vegetales, ancianos atropellados, vientres de alquiler, padres de plástico. Mala letra (Anagrama) rezuma pus, desorden, rebeldía inútil. Son relatos que refrescan la memoria al lector maduro sobre su niño lejano: cuándo comenzó la debacle, a cuento de qué este continuo sentimiento de culpa. Nada de autoayuda por aquí, ninguna frase alentadora. Esto no es literatura desinfectante. Aguante su mierda y vuelva usted otro día.

Mala letra es un catálogo de variaciones sobre cómo afrontar la culpa”, explica Mesa. Es éste el vaso comunicante de los cuentos, el ser humano que, dice la autora, es culpable por naturaleza. Qué va a hacer, ya es así desde temprano, desde que irrumpe en el mundo: una conciencia acusadora le rodea el cuello al feto como un cordón umbilical que también es horca. “Generamos culpa, acumulamos culpa y padecemos las culpas de otros”. Y Sara Mesa, desde sus ojos claros y el óvalo dulzón de su cara, las reúne en relatos hieráticos, crueles pero sin estridencia.

Mujeres 'sin entidad'

Es un contraste en sí misma. “Me pasa un poco como al personaje de Mustélido: el hombre le echa en cara a la chica que escriba cuentos grotescos y después pierda el culo con un muñequito del museo”, sonríe. A pesar de su sordidez literaria, “tengo una rama infantil, me gustan los animales, los dibujos animados...”. Aunque sortea los dos géneros, Sara Mesa se siente “más cómoda” en el suyo: echa de menos “personajes femeninos potentes, incluso en excelentes autores” y por eso se esfuerza en darlos: “Pienso en Michel Houellebecq: sus personajes son una palanca para que el masculino ande”. “No los hay con entidad”, recalca.

Michel Houellebecq crea personajes femeninos que son una palanca para que el masculino ande

El personaje femenino de Mustélido que Sara es -a través del que habla- dice vivir “sin previsión”: contaba que podía llorar en cualquier momento, en cuanto algo o alguien la tocara. “Su cuerpo estaba lleno de botones que pulsar, algunos conducían a la risa y otros al llanto, pero en ningún caso se podía saber la reacción antes de pulsarlos”. El escape a eso era la escritura como desagüe, conjurar el peligro escribiendo sobre el peligro: “Dándole forma al horror evitaba la realización del horror”, expone el relato.

Pequeñas autobiografías

También el cuento que da nombre al libro, Mala letra, tiene “un 85% de autobiográfico”, porque “la vida no es una piel de pescado que quitarse”. Habla de una niña que acaba de toparse con la idea de la muerte: cada tarde, cuando está sola en casa, suena el teléfono y una voz le dice que van a matar a su padre. “No se lo dije a mi madre hasta mucho tiempo después. Los niños tienen eso de atesorar para ellos solos, de no contar algunos miedos por si ocurren”, evoca Sara.

Al poco se suicida un compañero del colegio y el estupor infantil ante la muerte se vuelve colectivo. La cría convive también con desperfectos de fábrica: coge mal el lápiz, lo agarra torcido, desde arriba, como si tuviera un muñón, y el profesor de Ciencias la tiene tomada con ella (“¿Es que no sabes escribir como Dios manda?”).

El escritor que contenta a los demás se lanza a una escritura sin alma, sin personalidad, una escritura que no arriesga

Y claro, claro que sabía. Sólo que su escritura es libre, incorrecta, en fondo y forma. Sencilla, desnuda, como hubiera querido Hemingway cuando dijo de Faulkner “Pobre de él, ¿realmente piensa que las grandes emociones provienen de palabras largas?”. Se mueve con soltura en los temas delicados, en lo políticamente incorrecto, y asume “las críticas, pero no las quejas”: “Un escritor tiene que escribir sobre lo que quiere escribir. Al final, el contentar a los demás te lanza a una escritura sin alma, sin personalidad, una escritura que no arriesga. Eso no me interesa”. Curiosamente -otra ironía- dice que en su estilo han cuajado influencias del mismo Faulkner o del cine de John Ford, sus temas complejos y su mirada curiosa.

Contra el buenismo

La autora de Cuatro por cuatro (finalista del Premio Herralde de Novela) y Cicatriz (elegido como uno de los mejores libros de 2015 por este periódico), aprovecha ahora “la bofetada, el chasquido de dedos, la sorpresa” que brinda el cuento para “enfocar los momentos pequeños que revelan la historia subterránea”. No pretende ser cínica, pero se confiesa “escéptica ante el buenismo”.

¿Debe un chico discapacitado físico asistir a una clase de educación sexual? ¿Puede lamentar una adolescente atormentada por su tía desear que la lámpara le caiga sobre la cabeza? ¿Qué hay de justicia poética en el viejo coronel franquista que, demente, aprieta un cuello invisible y grita “puta roja”? Éstas son sólo algunas de las cuestiones que el libro plantea al lector. Mesa se ha prometido no ser ostentosa, no ser retorcida, no ser cursi, no ser fácil. Ella escribe ovillos y deja al lector deshilarlos: “No busco pontificar”, sonríe. “Lo único que tengo claro es que la vida es muy compleja”.