Y de repente… el virus

Y de repente… el virus

La tribuna

Y de repente… el virus

4 mayo, 2020 03:20

Sí, de repente el virus. Justo cuando se empezaba a dar carta de naturaleza a rumores, datos y análisis de prospectiva –con el inestimable apoyo de factores como la reducción del comercio internacional motivado por las guerras comerciales entre Estados Unidos y China, la incertidumbre creada por el Brexit y las dudas sobre si el BCE seguiría con sus políticas expansivas de liquidez a modo de oxígeno de UCI– que ponían en cuestión la continuidad de la senda de crecimiento económico logrado desde 2014, nos sobreviene la pandemia mundial del Covid-19.

La necesidad de confinamiento de las personas y el cierre temporal de la actividad de muchas empresas para evitar el colapso de servicios sanitarios producirá una importante contracción del PIB en el año 2020, tanto más grave cuanto mayor sea la duración de la epidemia y, como consecuencia de ello, de las medidas de confinamiento.

A causa de la súbita suspensión de actividades de la mayor parte de las empresas –algunas de las cuales no podrán continuar su actividad– se producirá un elevado aumento del paro, un fuerte incremento del déficit público –posiblemente similar al del peor año de la anterior crisis (2009)–, además de un importante acrecentamiento de la deuda pública y, en función de cuál sea la actitud de la Unión Europea, de la correspondiente prima de riesgo. Y todo ello sin que, en estos momentos, nadie sea capaz de vaticinar sobre la intensidad de la recuperación una vez superada la plaga.

De entrada, la rápida actuación del BCE –con la máquina de crear dinero (digital) funcionando a plena intensidad para inundar el mercado de liquidez– contrasta con sus dudas y retrasos en la anterior crisis y con la actitud ausente y pusilánime de la Unión Europea para afrontar la nueva crisis, calificada hipócritamente como simétrica: si bien la causa (la pandemia) es la misma para todos los países de la eurozona, las consecuencias serán muy diferentes dependiendo de la fortaleza económica de cada país.

Debemos preguntarnos si saldremos de esta dolorosa experiencia tapando solo agujeros o si será una oportunidad para repensar cómo debería ser la sociedad en la que deseamos vivir

Sea como fuere y llegados a este punto, debemos preguntarnos si saldremos de esta dolorosa -y, en algunos aspectos, solidaria- experiencia tapando solo agujeros, más maltrechos y haciendo las cosas como antes (business as usual), como ya ocurrió con la anterior crisis o si, por el contrario, será una oportunidad para repensar cómo debería ser la sociedad en la que deseamos vivir, seguramente más humana y segura. Echando un vistazo a la historia, observamos que las crisis y los desastres han sido motivo de grandes cambios, a menudo para mejor.

Por ejemplo, la Gran Depresión de 1929 hizo posible en Estados Unidos el New Deal de Roosevelt; y la Segunda Guerra Mundial -con la inestimable colaboración de la competencia del comunismo soviético- trajo las políticas socialdemócratas conducentes al actual estado del bienestar.

Cuestiones como las crecientes desigualdades, la pobreza, la concentración acelerada de la riqueza en manos de unos pocos, la renta básica, la disminución y transformación de la fuerza laboral como consecuencia de la automatización y robotización, las migraciones económicas, políticas y climáticas, entre otras, requieren cada día que pasa un tratamiento más urgente si no queremos que la situación se nos escape de las manos. Lo vivido por la ciudadanía durante los días de confinamiento -solo hay que navegar un poco por las redes sociales para darse cuenta- puede precipitar la exigencia de soluciones para muchos de estos problemas.

¿Aceptarán los ciudadanos nuevos recortes sociales? ¿Deberán reducirse las pensiones? ¿Habrá fondos para plantear una renta básica, al menos para los más necesitados? ¿Seguiremos aceptando que miles de personas se ahoguen en el Mediterráneo?, … podríamos seguir con más preguntas.

Las últimas semanas han puesto de evidencia que las grandes cosas inmutables pueden cambiar en cualquier momento. La pandemia pasará pero, previsiblemente, los dos grandes retos del S. XXI, esto es, las crecientes desigualdades y el cambio climático, permanecerán de forma amenazadora sobre nuestro porvenir.

La pandemia pasará pero, previsiblemente, los dos grandes retos del S. XXI, esto es, las crecientes desigualdades y el cambio climático, permanecerán de forma amenazadora sobre nuestro porvenir

Si la pandemia no dura demasiado y sus efectos económicos son asumibles, es probable que dentro de algunos meses sigamos haciendo vida normal, como si nada hubiese pasado, excepto que seremos más conscientes de las debilidades del sistema y un poco más pobres. En definitiva, habremos desaprovechado otra ocasión para cambiar las cosas y para… ¿reformular el mercado?

Pero, ¿qué ocurrirá si su duración es más larga y compromete la estabilidad de muchos países, sobre todo de los más débiles? Si nos centramos en los países europeos, se nos pueden presentar, de entrada, dos escenarios.

El primero es que de alguna u otra forma los miembros de la Unión Europea mutualicen (compartan) riesgos para salir de esta debacle. En este caso, es de prever que todos ellos, tanto los fuertes como los débiles, puedan digerir en los próximos años el agujero presupuestario provocado por esta crisis, con lo que, si existiera voluntad para ello, una UE reforzada podría ser el motor para la transformación del sistema.

Por el contrario, si no se opta por una solución solidaria, la brecha entre las dos Europas aumentará, lo que podría provocar el fin de la actual Unión y el abandono a su suerte a los países más frágiles. El devenir a partir de esta hipótesis ya pertenece al género de la ciencia ficción, pero es evidente que se habría desaprovechado una inmejorable ocasión para afrontar los grandes retos globales que nos acucian. En tal caso, a algunos solamente nos quedaría el consuelo de la expresión romana forsan miseros meliora sequentor, es decir, quizás cosas mejores aguardan a los que están en la miseria.

*** Francesc Bellavista es socio director de Bellavista.

Juan Ignacio Crespo.

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