Picasso-Quijote

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Arte

Quijote y Sancho, entre el surrealismo y la abstracción

Acariciado, manoseado hasta la náusea por todos los pintores amateurs y sentimentales, los pintores de payasos tristes y de Giocondas modernas, la figura de don Quijote (y por supuesto la de Sancho), en lo que se refiere al mundo del arte, parece condenada a los dominios del 'kitsch'

6 enero, 2005 01:00

Entre los eventos destinados a conmemorar el cuarto centenario del Quijote en este año que comienza está prevista una exposición en el Museo Reina Sofía sobre “El Quijote en el arte contemporáneo”. El solo enunciado del tema pone la carne de gallina, porque parece recomendar la sumisión del arte, de las artes visuales, a la ilustración de un tópico literario. ¡Y menudo tópico! Basta con repasar, por ejemplo, la nómina del Museo Iconográfico del Quijote que tiene su sede en Guanajuato, México, para hacerse una idea: innumerables quijotes flacos de ojos desorbitados, quijotes absortos en la lectura, quijotes luchando contra los molinos, quijotes exaltados o melancólicos, quijotes expresionistas y surrealistas, quijotes pop y hasta quijotes abstractos. Una verdadera pesadilla. Acariciado, manoseado hasta la náusea por todos los pintores amateurs y sentimentales, los pintores de payasos tristes y de Giocondas modernas, la figura de don Quijote (y por supuesto la de Sancho), en lo que se refiere al mundo del arte, parece condenada a los dominios del kitsch.

Es verdad que no siempre fue así. En las décadas centrales del siglo XIX, en la estela del movimiento romántico, cuando la ilustración gráfica ocupaba un lugar central en el arte, era posible hacer pintura avanzada inspirádose en la gran novela de Cervantes. Ese fue el caso, por ejemplo, de las geniales versiones de Honoré Daumier. En 1870, un Paul Cézanne, romántico rezagado, pintaba todavía un Don Quichotte sur les rives de Barbarie, como pintaba raptos y festines legendarios; pero esa incursión habría sido impensable diez años después. Hacia 1900, a medida que crecía y crecía la pretensión de autonomía de la pintura (que pronto llevaría a la invención del arte abstracto), la inspiración literaria fue desplazada hacia los márgenes del territorio de las artes visuales.

Sin embargo, en la sucesión de las vanguardias del siglo XX, hubo un movimiento que volvió a someter lo visual al dictado de la literatura, restaurando la vieja idea del arte como ilustración: el surrealismo. Los surrealistas llevaron a las artes visuales muchos mitos y viejos relatos, y el Quijote, con sus equívocos delirantes entre la literatura y la vida, entre la fantasía y la realidad, tenía que figurar entre ellos. Quizá por eso las mejores interpretaciones visuales de la novela de Cervantes en el siglo XX, las pocas que se salvan, proceden casi siempre del surrealismo.

André Masson: 'Don Quijote con el carro o carreta de Las Cortes de la Muerte'. Foto: Cleveland Museum of Art

El primer artista del grupo que se ocupó de don Quijote fue probablemente André Masson (1896-1987), enamorado de España y de sus poetas. Masson se vino a nuestro país en 1934 y se instaló en Tossa del Mar, un pueblo de la costa Brava, pero también conoció las viejas ciudades de Castilla (Ávila, Toledo) o la agitación social en Andalucía. En 1935 pintó un cuadro basado en el episodio del encuentro de Don Quijote con el carro o carreta de Las Cortes de la Muerte (Cleveland Museum of Art). En la novela, el hidalgo, disuadido por Sancho, renuncia a pelear con los cómicos disfrazados, pero Masson lo pinta acometiendo lanza en ristre a la figura de un esqueleto que encarna la Muerte (los esqueletos abundan en la obra española del pintor de este momento).

Así Masson confirma, a costa del original cervantino, la leyenda trágica de la tierra española como país de rituales sangrientos, ya sean tauromaquias o guerras civiles. Se ha dicho que el cuadro podría ser además una alegoría de la resistencia contra la amenaza del fascismo rampante, tema que reaparecerá en los decorados y figurines que Masson creará poco después para la versión de la Numancia de Cervantes dirigida por Jean-Louis Barrault.

Los surrealistas llevaron a las artes muchos mitos y viejos relatos, y el Quijote, con sus equívocos delirantes entre la literatura y la vida, entre la fantasía y la realidad, tenía que figurar

Ese mismo contexto político pasa a primer plano en el famoso tebeo antifascista que Picasso inicia, al aguafuerte y el aguatinta, en enero de 1937: Sueño y mentira de Franco (Songe et mensonge de Franco). Franco demoliendo la estatua de la república, Franco arrodillado ante una moneda de un duro, Franco cabalgando sobre un cerdo, Franco con el culo al aire y sosteniendo con la verga el estandarte de batalla: en todas estas aventuras delirantes ¿no hay mucho de quijotismo pervertido? El monstruoso jinete-pólipo que protagoniza las estampas picassianas es como un reflejo invertido del caballero de la triste figura: Franco es el anti-Quijote, el loco paladín, no de los bellos ideales, sino de todo lo más negro. En ese mismo año de 1937 dedicaba Picasso un dibujo a tinta a las cabezas de Don Quijote y Sancho, donde el escudero aparece de frente en primer término y en cierta medida desplaza a su señor.

En su doble condición de español y surrealista militante, Salvador Dalí estaba llamado a ser el más famoso de todos los ilustradores del Quijote después de Doré. En sus dibujos y acuarelas, realizados en 1945 para una versión inglesa de la novela cervatina que se publicaría en Nueva York, combina motivos estereotipados de su pintura: sus figuras espectrales se mueven en un paisaje de llanuras infinitas y grandes apariciones escenográficas, ante cielos cuajados de visiones.

Una década después, en 1957, Joseph Forêt le encarga a Dalí una serie de litografías para otra edición ilustrada del Quijote, y el artista decide entonces desplegar un repertorio de técnicas experimentales que se aproximan al informalismo a la moda: técnicas que van desde romper sobre las piedras un huevo relleno de tinta hasta rayar las piedras con un cuerno de rinoceronte o disparar clavos contra las planchas. Hacia la misma época, otro artista español que había forjado en Vallecas su versión personal de la imaginería surrealista, el escultor Alberto Sánchez, crea, en su remoto exilio soviético, una serie de dibujos sobre el Quijote, destinados a la superproducción de Grigori Kosintsev de 1957, a la que a veces se ha considerado la mejor película jamás filmada sobre la novela de Cervantes.

Ilustración de Dalí para el Quijote, 1945

El Quijote como tema pictórico viajó a los Estados Unidos en el equipaje del surrealismo. A mediados de la década de 1940, en los mismos años en que pintaba sus composiciones simbólicas y enigmáticas celebrando oscuros mitos y rituales, los años de Gothic y de Totem Lessons, el mismísimo Jackson Pollock pintó un cuadro titulado Don Quixote: una pintura semiabstracta, no muy afortunada, donde se puede entrever una figura a caballo formada por planos cuadrangulares. Un amigo de Pollock, el escultor norteamericano David Smith, producía en 1952 una serie de siete litografías dedicadas al mismo tema, estampas expresionistas coloreadas algunas de ellas con gouache.

El Quijote como tema pictórico viajó a los Estados Unidos en el equipaje del surrealismo. El mismísimo Jackson Pollock pintó una pintura semiabstracta, no muy afortunada

Muchos años después, otro de los grandes creadores vinculados al automatismo abstracto, es decir, a la transición entre el surrealismo francés y expresionismo abstracto americano, el chileno Roberto Matta, iba a explorar, en la década de 1970 el tópico cervantino en unas pinturas de colores brillantes y atmósfera etérea. En fin, y todavía más recientemente, otro artista formado en el surrealismo, Antonio Saura, realizó una serie de 133 dibujos a tinta china, aguada, acrílicos y lápiz, para una edición del Quijote que en 1988 fue premiada por el Gremio de Libreros y el Consejo Municipal de Leipzig. Durante estas Navidades, a la entrada del IVAM se ha dispuesto un "árbol" de madera y gasa, creado por el artista Pistolo Eliza, sobre cuyas superficies se proyectan las visiones del Quijote de Saura.

He mencionado los dibujos de escultores como Alberto o David Smith, y ha habido también creaciones escultóricas notables dedicadas al ingenioso hidalgo. El Don Quijote de Julio González (1929-30, hierro forjado y soldado, Musée National d'Art Moderne, París) no representa un episodio concreto del libro de Cervantes, sino una esencia, un arquetipo. Su figura se yergue tan tiesa como la lanza que sostiene, pero en contrapunto, el contorno de su cuerpo dibuja una curva panzuda, que deja en medio un gran vacío; esa curva sugiere el grotesco volumen de Sancho Panza, como si escudero y caballero se hubieran fundido misteriosamente en una sola figura.

Más dramática es la versión de la escultora Germaine Richier, a medio camino entre el surrealismo y la sensibilidad existencialista de la posguerra. Su Don Quichotte de la Forêt (Walker Art Center, Minneapolis), una figura de bronce de más de dos metros de altura, tan delgada y rugosa como las de Giacometti, sostiene en una mano la lanza y alza la otra mano como en un gesto profético. El Quijote de Richier tiene mucho de insecto, de absurdo bicho kafkiano, pero al mismo tiempo irradia una imponente dignidad, el resplandor de un verdadero héroe vencido.

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