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Son algo más de las tres cuando la vista contempla al fin Nápoles. Las fachadas inundan de color y de gris la ciudad, como una especie de contradicción fortuita. O tal vez están teñidas porque se trata de la urbe italiana.

La ropa tendida ondea como si fuera la bandera de una patria privada en los balcones. Todo lo que te han contado de Nápoles es verdad —el tráfico caótico, el escándalo y sus calles apiñadas—, pero quizás la historia no la conoces al completo.

El transfer tiene un destino fijo aunque los conductores temerarios parezcan tener por misión impedir su llegada. No hace falta GPS porque la ruta está clara: la parada, el Hotel Excelsior, perteneciente a Eurostars. Un cuatro estrellas, cuya estética, cariño y cuidados bien merecería algo más, que tiene entre sus logros haber albergado a Bill Clinton, Teddy Roosevelt, Clark Gable, Alfred Hitchcock, Grace Kelly o Beyoncé.

Al acceder a su suite, una sueña con la vida de las estrellas y entiende los porqués tras según qué cosas. Sería fácil acostumbrarse a las comodidades y, por ende, lidiar con las consecuencias de las mismas. Amanecer mirando —y admirando— el Vesubio o el puerto napolitano no está mal cuando las preocupaciones básicas habitan en otro plano.

Al margen de tener algunas de esas terrazas sobre las que los niños bien escriben en sus columnas aspiracionales o de regalar fondos de escena de película, quizás uno de los grandes valores del Excelsior sea quien lo dirige.

Detalle de la terraza-mirador del Excelsior.

Detalle de la terraza-mirador del Excelsior. Cristina Sobrino

Gianni Ricci lleva consigo la historia del establecimiento. Y no, no es una exageración. Nació en el alojamiento porque sus padres trabajaban allí. El destino estaba escrito una vez más y ni el tráfico de la ciudad pudo pararlo. La educación que envuelve sus palabras y sus gestos también es excelsa, como si el ADN del emblemático edificio y el de él mismo se fusionaran.

Tras un exclusivo tour por las instalaciones acompañados de la sabiduría y la experiencia de su gerente, el grupo comienza a escalar los pisos del hotel en dirección a su terraza-mirador. A un lado, unos aperitivos que saben al campo italiano. Al otro, en el horizonte, Sorrento, Capri y Pompeya.

Al frente, las crestas de las olas; al fondo, la del Vesubio.

Al frente, las crestas de las olas; al fondo, la del Vesubio. Cristina Sobrino

Toda la comida que colorea la mesa está elaborada con productos de proximidad. Los paladares degustan brochetas de tomate cherry y burrata que encierran todo el sabor del que nos privan ciertas propuestas de supermercado. Mientras tanto, Gianni cuenta anécdotas que bailan entre las historias del Excelsior y las costumbres napolitanas.

El aperitivo en cuestión.

El aperitivo en cuestión. Cristina Sobrino

Con el estómago más que lleno, el resultado propio de una comida a la italiana, una misión espera al inicio de la tarde y hasta ver caer la misma. De mano de una guía —todo organizado a la perfección por Eurostars— las calles de la ciudad parecen conocidas aunque escondan en ellas los acontecimientos que la fueron moldeando durante siglos.

El bocado de berenjena por el que me mudaría a Nápoles.

El bocado de berenjena por el que me mudaría a Nápoles. Cristina Sobrino

Al inicio del tour, la sirena que sedujo a Ulises hace acto de presencia. Entonces, Nápoles tenía otro nombre. Uno que suena a mar: Parténope. El cuerpo de la criatura mitológica sirvió para fundar la urbe. Grecia e Italia convergen en este punto.

Conforme se avanza por las calles —cruzando semáforos en rojo y por zonas sin paso de cebra— la epidemia de cólera, la política y los políticos comienzan a mancillar el devenir de los tiempos. Decir que en la decadencia de Nápoles está su riqueza sería romantizar una situación que está muy lejos de ser perfecta.

36 horas en Nápoles: una ciudad con mucho por descubrir más allá de los murales de Maradona

En el gris del asfalto y las grandes plazas, sobre todo en la del Plebiscito, resuenan ecos de España. Poco a poco, cuando se va dejando atrás la Galería de Umberto I, el verdadero sentir del sur del país va aflorando. Los murales y carteles de Maradona siguen apareciendo por las esquinas. Los artesanos hacen que la música siga sonando en los lugares más inesperados fabricando violines en talleres con cristaleras, en una especie de museo viviente.

Los pasos se acumulan en teléfonos móviles y wearables. Sin embargo, la última parada del día aún no está clara. Pero merece la pena. No lo sabíamos pero lo sabíamos. De paso, carteles de una iglesia que clama libertad para Palestina. También en el balcón de un piso se pide justicia para el periodista Mario Mario Paciolla.

La bella Napoli en esencia.

La bella Napoli en esencia. Cristina Sobrino

No conocía quién era entonces. Ahora sí. Activista y voluntario de Naciones Unidas que murió asesinado en Colombia. Otras pancartas hablan de hechos similares pero mucho más cercanos en distancia y tiempo.

Siguiendo los pasos de la historia, el camino conduce a un pasaje muy reciente: la II Guerra Mundial. La realidad de Nápoles no está sólo en la superficie, sino también bajo tierra. Hay una ciudad subterránea que habla de hace siglos; pero también de hace apenas décadas y que recuerda que no hace tanto tiempo que Europa vivió un escenario muy similar al que hoy se está dando en otros puntos del globo.

La humedad se hace soportable gracias a la primavera. Los escalones estrechos que hacen que el Complejo Monumental de San Lorenzo Maggiore quede atrás provocan reflexiones tan sencillas como lo que supondría hacer ese camino para personas mayores, con problemas de movilidad o niños.

Una de las estancias del refugio antiaéreo.

Una de las estancias del refugio antiaéreo. Cristina Sobrino

La estrechez de los túneles y pasillos, que en principio funcionaron para abastecer de agua la ciudad, llevaba a los napolitanos a un refugio antiaéreo que los resguardaba de los bombardeos de la contienda. Debido a su puerto, la capital del sur del país sufrió una cantidad de ataques mucho mayor que, por ejemplo, Milán.

A tan sólo 40 metros de la superficie, la vida asfixia. Y, sobre todo, lo hace un pasado que parece no anda demasiado alejado de lo que presenta la actualidad.

La vuelta a casa, al Excelsior, como siempre, es diferente. El camino se hace más rápido. Ya hay algo de napolitano en la sangre y para los que no habíamos estado antes en la ciudad, todo parece algo más tranquilo a pesar de haber caído la noche.

Aunque la cama apetece, se hace difícil decir que no a la cena. La carne no está en el menú ni se la espera. El mar llama, como las sirenas a Ulises. Y a pesar de tener la sensación de haber comido para un mes, postre, y no para compartir, por favor.

Habitación del Hotel Excelsior.

Habitación del Hotel Excelsior. Cristina Sobrino

Ahora sí, la habitación grita, al igual que la ducha efecto lluvia para que, al día siguiente, cuando se abran las puertas del balcón y el bufé de desayuno sacie los sueños de la noche.

Al día siguiente, a algo más de una hora en coche, la Costa Amalfitana apremia con urgencia: sus campos de limones, las estampas de postal que se ocultan a la vista de los turistas y las raíces de la que fue una de las zonas más poderosas de Italia hace siglos se hacen inevitables. Sin embargo, habrá tiempo para ello.

Un trozo del paraíso amalfitano.

Un trozo del paraíso amalfitano. Cristina Sobrino

Todo lo que te han contado de Amalfi también es verdad, pero quizás esta historia tampoco la conoces al completo. La podrás leer aquí en próximos capítulos. Una jornada de ensueño de esas que de verdad se viven como se narran.

Al día siguiente, tras el pertinente descanso, Nápoles se vuelve a abrir al visitante. La palabra pizza y, sobre todo, el término maestro pizzero de repente se acomodan en conversaciones, como si fuera lo usual.

El 'pizzaiolo' se llama Diego por el futbolista argentino.

El 'pizzaiolo' se llama Diego por el futbolista argentino. Cristina Sobrino

Los hornos de Diego Vitagliano funcionan de forma exclusiva para los presentes. Es más, el ganador del Premio al Mejor Pizzaiolo del Mundo de acuerdo a la guía 50 Top Pizza en 2023 y 2024 tiene el valor de dejarnos crear nuestras propias propuestas.

El reto se presenta como una especie de sueño infantil. Como cuando tu amiga celebraba su cumpleaños en cierta cadena y luego te comías la pizza que tú misma hacías. Supongo que el libre albedrío de la adultez era esto y no escoger un gestor para despreocuparse de la declaración de la renta. ¡Incluso hay delantales personalizados para los comensales y cocineros!

Foto de grupo con el equipo de Diego Vitagliano.

Foto de grupo con el equipo de Diego Vitagliano.

Nápoles sabe así de bien. Y con un clásico renovado —esa expresión cliché que encaja tan bien en estos contextos— una se despide de la ciudad deseando volver a verla. Encontrársela casi por casualidad, al igual que este viaje cuando llegó a la bandeja de entrada de la que escribe.