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Ricardo Fernández, toda una vida en el mar: "Canadá es impresionante y durísimo"

Durante cinco meses, su familia era la tripulación, su casa era el camarote y su ciudad era el barco, mientras su mujer ejercía de "padre y madre" de sus hijas en Vigo
Ricardo Fernández en una campaña.
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Ricardo Fernández en una campaña.
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Ricardo Fernández pasó más de treinta años en la mar. Empezó a navegar con 21 años y fue jefe de máquinas de varios barcos pesqueros. Hace catorce que decidió jubilarse. Durante las tres décadas que trabajó, estuvo en Canadá, en Malvinas, en Sudáfrica y en el Gran Sol: "el Atlántico lo conozco al dedillo", bromea.

Para su mujer, María Jesús, la jubilación fue el comienzo de su nueva vida. Ella, que lo esperaba en tierra, fue la que crio a sus hijas en Vigo, la que sacó la casa adelante y la que "gobernó" aquella vida tan rara en la que su marido estaba un mes sí y cinco no. "Por supuesto que ellos lo pasan mucho peor, pero nosotras también lo sufrimos porque lo echábamos muchísimo de menos".

A doscientas millas del puerto más cercano, en las heladas aguas del Atlántico Norte, Ricardo pasó veranos enteros, navidades, cumpleaños e incluso el nacimiento de una de sus hijas, a la que conoció cuando ya tenía cinco meses. "Canadá es impresionante, casi no se ve el mar porque navegas a tres o cuatro nudos entre bloques de hielo, es un mar muy abrupto y precioso, pero es durísimo", reconoce.

Durante "cuatro o cinco meses" su puesto de trabajo era la sala de máquinas, su familia era la tripulación, su casa el camarote y "su ciudad" el barco en el que navegaba. "Allí hacemos turnos de cuatro o seis horas de trabajo, depende de la cantidad de gente que haya en cada puesto, dos veces al día", explica, "y se hacen refuerzos de cuatro a seis, tanto de la tarde como de la mañana, porque en el barco siempre hay algo que hacer".

Como jefe de máquinas, él tenía "la suerte" de hacer vida en la parte más alta del barco, "en el piso que está por debajo del puente, donde duermen los oficiales". Aunque no tenían mucho tiempo libre, "a veces iba a dar una vuelta y charlaba con el patrón, con el cocinero o con algún compañero, siempre pendiente de lo mío". Así pasaban cientos de días con cada marea, volviendo a puerto únicamente a repostar "o si pasaba algo gravísimo", porque el puerto estaba a 36 horas de viaje.

"Por una tormenta no se va a tierra"

Como es lógico, Ricardo explica que no se podía volver a puerto cada vez que hubiese mal tiempo o el mar estuviese revuelto: "si hay temporal se capea". Lo que hacían, cuenta, era dejar de pescar mientras no amainase "y movernos poquito a poquito, aproados". Habla de que "era una lata" porque el barco se movía mucho y había que esperar a que parase para volver a faenar.

Barco pesquero en Terranova, Canadá. Foto: Shutterstock

No obstante, asegura que las decisiones dependían siempre del patrón. "Por suerte la mayoría de los patrones no son así, pero hay algunos a los que les importa tres carajos todo: quieren aprovechar y es ahí cuando empiezan los problemas". Asegura que, aunque no conoce la historia del Villa de Pitanxo, no le extrañaría que el barco estuviera trabajando. "No creo que sepamos nunca lo que pasó porque tendremos que aceptar la versión del patrón y la armadora, pero es muy difícil hundir un barco de 50 metros de eslora y con capacidad para 400 toneladas de carga".

Él cree que el naufragio tuvo que deberse "a una negligencia, si no el barco no se hunde, eso lo sabemos cualquiera que hayamos trabajado en un arrastrero así". También reconoce que, aunque puede haberse debido a un fallo humano, "es muy difícil maniobrar y reaccionar correctamente en una situación así, porque lo que te sale cuando el barco se escora hacia un lado es mover el timón hacia el contrario, aunque sepas que el movimiento correcto es seguir la trayectoria de la inclinación: hay que tener la mente muy fría".

Ahora, dice, "la culpa no sirve de nada" y el único consuelo que queda a las familias será el que puedan recuperar a los suyos. "También hay que tener en cuenta que ahora se puede pedir, pedir y pedir, hace unos años comunicaban a tu familia que habías muerto y con suerte te enterraban en Canadá", lamenta. "Antes llorabas y te callabas y me parece muy bien que se quejen ahora, porque si el Gobierno ha gastado tantos recursos en buscar a desaparecidos más 'mediáticos', nosotros también tenemos derecho a que nos busquen y nos traigan con nuestras familias".

Toda una vida en el mar

Ricardo comenzó a navegar con solo 21 años, en 1972, "empecé en Canarias, donde hice dos mareas, y me fui a Boston al calamar". En aquel momento todavía estaba soltero, pero pronto llegó María Jesús. "En mi familia no había marineros, pero su padre era pescador y él lo llevaba dentro, jamás lo entendí y le pedí que se quedara en tierra conmigo y con nuestras hijas". Su mujer reconoce que los primeros años vivió sin embarcarse, pero pronto tuvo que ceder y Ricardo partió en un arrastrero.

"Acabábamos de comprarnos un piso y estábamos empeñados, necesitábamos el dinero y a él le gustaba navegar: jamás le volví a pedir que se quedara, aunque me hubiese gustado tenerlo aquí". Cuenta que siempre ha sido un padre y un marido maravilloso, que cada cuatro años "cogía uno sabático" para pasarlo con ella y con las niñas. Recuerda que "alguna Navidad" la pasaron juntos y las vivían llorando de emoción, porque él pasó embarcado muchas fechas especiales. "Cuando tuve a mi segunda hija él no estaba, la conoció cuando ya tenía cinco meses, y lo pasé muy mal", dice María Jesús.

"Para nosotras la vida es un pelín dura, ellos lo pasan mucho peor"

María Jesús reconoce que siempre valoró muchísimo que él viviese metido "en ese cascarón", aunque se le hacía muy difícil criar a sus hijas sola porque ellas echaban muchísimo de menos a su padre. "Para nosotras la vida es un pelín dura, ellos lo pasan mucho peor", confiesa, "teníamos una alegría increíble cada vez que llegaba". Ella ejercía de madre y de padre, "y cuando él llegaba les consentía todo", ríe.

La vida en tierra no era nada fácil y vivía con el corazón en un puño los meses que Ricardo estaba fuera. "Cada mañana me ponía las noticias, estaba siempre pendiente, y una mañana oí que se hundió uno de los barcos de su compañía". María Jesús, angustiada, llamó y llamó a la armadora, en la que le aseguraban que su marido no iba a bordo de aquel barco naufragado. "Hasta que no hablé con él no respiré, entiendo que los familiares del Villa de Pitanxo lo estarán pasando fatal".

Por fin, él se jubiló con 56 años, uno después de lo que le hubiese correspondido. "Fue porque murió uno de sus hermanos y él no estaba aquí, como también pasó con la muerte de sus padres, decidió que era el momento de vivir a su familia". Por eso, desde hace catorce años, María Jesús y Ricardo viven una especie de luna de miel constante, porque "aunque vengan reveses vivimos muy felices y lo estamos disfrutando". Él, riendo junto a su mujer, dice que está ejerciendo de marido, de padre y de abuelo "y no podría ser más feliz: todo el tiempo que tengo lo voy a disfrutar con ellos en tierra".

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