La primera temporada de El Cid fue un gatillazo en toda regla. Había demasiadas expectativas en la serie. La primera ficción exclusiva de Amazon, con un presupuesto enorme para una producción española y con un personaje histórico que había provocado debates en el tablero político. Todos los focos se pusieron sobre ella y el resultado fue una de las grandes decepciones del año pasado. Al Cid de Amazon le faltaba casi todo y le sobraba cierto aire a Juego de Tronos a la que imitaba desde los títulos de crédito.

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Sus cinco primeros episodios parecía que se podían resumir en uno sólo. Una temporada de introducción en la que sólo brillaba la violenta, sucia y emocionante batalla que casi cerraba la primera tanda de episodios. Puede que fuera un problema de montaje, de concepción o de confianza en el espectador, pero uno no puede aburrir en su primera temporada. Aunque las plataformas den más espacio, quizás no haya tiempo para una segunda. De momento El Cid tenía asegurado este regreso, y puede que por eso se la jugara, aunque el movimiento fue fallido desde todos los puntos de vista.

Después de aquella experiencia hay que reconocer que la segunda temporada de El Cid progresa adecuadamente. Lo hace, sobre todo, en ritmo. Una vez las piezas de la trama -esa pelea entre hermanos que se sacarán los ojos y dividirán el país- se colocaron, ahora hay tiempo para desarrollar bien las intrigas entre ellos con El Cid como peón en medio de todas. Los episodios se ven con más gusto, y los giros funcionan -el final del tercer episodio termina a lo grande-, pero le sigue faltando épica y más limpieza en todas las historias que envuelven la serie.

Hay demasiadas tramas secundarias que no están desarrolladas, que no aportan nada y que son pegotes que ralentizan la serie. Todo lo que envuelve a los amigos de El Cid, por ejemplo, y especialmente esa relación homosexual que comienza a desarrollarse entre Nuño y García. O la relación incestuosa entre Jimena y Orduño, de la que no consiguen explotar su lado enfermizo y sólo emborrona.

Por eso la serie crece cuando se centra en el mejor personaje, el de Urraca, que vuelve a ser la verdadera reina de la función. A lo mejor hubiera sido más interesante poner el punto de vista de la historia de España en ella, en su rebelión, en su cabreo porque no tiene lo que le corresponde sólo por ser mujer. Es una de esas ‘villanas’ que consigue que el espectador empatice con ellas, porque tiene a una actriz que defiende el personaje y porque se lleva los mejores momentos.

A esta temporada de El Cid le vuelve a faltar épica. En estos nuevos cinco episodios sólo hay dos batallas. Vuelven a lucir, pero siguen sabiendo a poco. Uno se espera que en una serie de este nivel de producción haya algo más. Sobre todo porque es donde mejor luce todo el dinero que se han gastado. Aunque las intrigas palaciegas hayan mejorado, no son suficiente y en una serie sobre El Cid uno necesita una dosis de batalla cada cierto tiempo.

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Otra de las cosas que siguen chirriando son los diálogos de muchas conversaciones. Es complicado intentar que los personajes hablen con un castellano rebuscado que parezca antiguo, pero casi es peor que todas suenen a poemario del colegio. Que el primer episodio abra un momento pretendidamente emotivo con una conversación en la que se hace referencia al mítico romancero del prisionero de “cuando canta la calandria y responde el ruiseñor” que todos aprendimos en el colegio y que popularizó Amancio Prada no ayuda a que uno se meta en harina.

Cinco episodios que son una mejora sustancial, pero quizás no suficiente para que todos aquellos que no se engancharon con la primera le vuelvan a dar una nueva oportunidad. Ahora sólo queda saber si habrá otra, y si a la tercera será la vencida donde El Cid nos conquiste a todos.

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