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Un camposanto cercado por la vida y sin muertos: así es el cementerio de Fisterra 

Proyectado por el arquitecto César Portela hace 25 años, el cementerio nunca llegó a terminarse, habiendo roto su soledad una sola vez durante un breve periodo en el que un peregrino estuvo instalado en uno de sus bloques
Panorámica del cementerio Fisterra,  de César Portela.
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Panorámica del cementerio Fisterra, de César Portela.

Existe un rincón en la Costa da Morte que mira hacia el mar, la tierra y el cielo. Un lugar de gran magnetismo donde el sosiego se junta con los ritmos de la vida: allí las olas del mar azotan contra los acantilados; sobrevuelan los pájaros con sus trinos, y en ocasiones, también la humanidad se plasma a través de los murmullos de la gente que pasea por su litoral. En mitad de esta idílica escena se alza un singular camposanto; un cementerio muerto al fin y al cabo, aunque no por los cuerpos que habitan en él, sino precisamente por la inexistencia de los mismos. Hablamos del Cementerio de Fisterra, diseñado por el arquitecto gallego César Portela (Pontevedra, 1937).

Escribe el propio Portela en su página web que cuando proyectó el cementerio "lo primero que quería era ofrecer a unos muertos el descanso que se merecen en un lugar sublime en el que la arquitectura fuera capaz de fundirse positivamente con la naturaleza". La intención de aquel proyecto que arrancaba en 1997, y que aún a día de hoy se mantiene inacabado, era configurar un paisaje abierto a partir de varios bloques de granito que albergasen en su interior hasta 12 nichos, todos ellos situados en escala sobre una ladera irregular con vistas al Monte Pindo.

"Quería crear un cementerio con un concepto moderno, que no dependiera exclusivamente de la iglesia católica, sino que diera satisfacción a todo el mundo, porque aquí cada vez había más gente de fuera con otras religiones", explica Portela. En su día la obra generó algunas controversias, voces tanto partidarias como detractoras, pero sin dinero ni voluntad política y con la Iglesia también en contra―, la realidad de crear un cementerio en el fin del mundo se fue difuminando poco a poco hasta convertirse en utopía.

Un proyecto y décadas de soledad

Panorámica del cementerio de Fisterre. Foto: Cedida

En el año 1997, el gobierno local buscaba construir un nuevo cementerio civil para la localidad de Fisterra y en el ideario arquitectónico de César Portela, aquel espacio debía concebirse de manera libre, sin muros o recintos que definiesen ningún tipo de límite: simplemente un camposanto cercado por la vida. "Cuando se decidió que ese sería el sitio, yo le digo al ayuntamiento que ahí lo que no procede es acotar con un muro como todos los cementerios, sino que los muros de este cementerio tenían que ser la ladera de la montaña, el mar y el cielo", rememora el arquitecto. "El cementerio tenía la posibilidad de ir creciendo en función de las necesidades", añade. Ahora los bloques de granito que llegaron a construirse se dispersan a lo largo de una red de senderos ―muy deteriorado y casi intransitable en la actualidad― que se extiende por los acantilados con el océano y la naturaleza como telón de fondo.

"La topografía, el silencio, la ausencia y la memoria, son los inspiradores y los protagonistas de este proyecto. La arquitectura el resultado, casi una consecuencia", escribe el arquitecto en su libro Cementerio de Finisterre, en un escrito datado de 1997. Si bien la belleza del concepto se identifica fácilmente entre las palabras de su creador, aquellos primeros años la idea del cementerio no llegó a cuajar entre la vecindad, especialmente, y según explica el propio arquitecto, debido a las presiones religiosas ejercidas por el párroco de entonces al concebirse la obra como un camposanto laico. De hecho, el único huésped que el cementerio de Fisterre ha tenido en toda su existencia fue un peregrino que se instaló durante algunos meses en el año 2011.

En un lugar donde los muertos no quieren terminar sus días (al menos por aquel entonces), lo más paradójico es que el proyecto de Portela se ha convertido en una de las obras más admiradas de la arquitectura española contemporánea. La necrópolis moderna ha sido finalista de premios como el Philippe Rotthier en el año 2002, o del Mies Van der Rohe Award tan sólo un año más tarde. También fue calificada por la Casa Real inglesa como "una de las mejores obras funerarias del mundo", además de haber sido mencionada en cientos de publicaciones especializadas en arquitectura a lo largo y ancho de todo el mundo.

En la actualidad, el cementerio de Fisterre se mantiene esperando, tal vez, a que alguien lo despierte de su largo letargo; o a que por el contrario la naturaleza acabe asumiendo como propio el lugar, dotando de vida a un espacio que había sido concebido en su origen para el fin de la misma. Sobre el futuro del camposanto, César Portela todavía cree que existe una esperanza de que este sea rescatado del abandono y reconoce que "mucha gente forastera pregunta (al ayuntamiento) qué tiene que hacer para tener un nicho allí porque les parece un sitio perfecto para reposar". Por lo pronto, y después de medio siglo diseñando edificios (aquí algunas de sus obras imprescindible en Galicia), el arquitecto pontevedrés continúa en activo  ―"mientras lo que haga me gusta yo no lo considero trabajo"― e inmerso en proyectos como el del Buxo, un centro de promoción e imagen de los productos agrícolas, ganaderos y forestales en Sergude (Boqueixón) o el del Museo de Santander, otro de los concursos que le han sido adjudicados recientemente.

El cementerio más famoso de Netflix

La industria del cine y la televisión ha cambiado. Los contenidos en streaming continúan con su particular crecimiento entre el público general, y en mitad de esta vorágine de elecciones, las plataformas buscan marcar la diferencia. Netflix acapara algunas de las campañas de publicidad más impactantes y originales del momento. Lo más curioso en este caso es que el cementerio de Fisterre y su historia se convirtieron hace un tiempo en el trasfondo de una de ellas. "El cementerio de Portela situado en Fisterra, lleva 20 años vacío. Bienvenidos al pueblo de la Costa da Morte en el que nadie muere", comienza relatando el trailer de Altered Carbon, una adaptación de la novela de Richar Morgan que se desarrolla en el siglo XXV, en una época en la que las personas ya no mueren, sino que sus mentes y conciencias son transferidas de un cuerpo a otro.

A través del humor, el ingenio y la retranca gallega, la plataforma de Netflix España quiso mostrar en su día cómo hubiese sido la versión española de esta serie futurista. En un universo donde no existe la muerte, los creativos de la plataforma estadounidense buscaban explicar qué función cumplirían  espacios como los cementerios y tanatorios, así como figuras como la del enterrador ―reconvertido a youtuber en esta versión seriéfila. Y es que no cabe duda de que, al menos en el mundo de Altered Carbon, el cementerio de César Portela hubiese sido un auténtico éxito.

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