El Español
Opinión

La isla

Una reflexión sobre cómo los recuerdos cobran nuevos sentidos muchos años más tarde.
Nani García
Por Nani García

Fui requerido para buscar mi antiguo número de la seguridad social sueca por razones  que no viene al caso explicar ahora mismo. Busqué y revolví entre cajas, carpetas y  archivos almacenados en el fondo de todos los armarios susceptibles de ser los  poseedores de tamaño tesoro. Estaríamos hablando de hace cuatro décadas. 

Por fin, y porque las casas, al fin y al cabo son finitas, encontré lo que buscaba. En este  caso era una caja en la había muchos escritos entreverados entre carpetas de apuntes,  libros de texto en inglés o en sueco de mi paso por la universidad, allí en Estocolmo y  Upsala. Pero entre ellos había una carpeta que me llamó la atención más que el resto. Se  hacía llamar “Poesías castellano” por lo que presumo que debe de haber otra de  poesías en galego. Los mostré abiertamente al escrutinio de mi mujer. Los revisamos, los  leímos, nos reímos y nos dispusimos a pegar la hebra sacando conclusiones sobre el  papel de la memoria a lo largo de los años y sus contornos poco definidos. De como las  remembranzas de las cosas se deforman y adquieren nuevos sentidos muchos años más  tarde hasta el punto de que pueden llegar a contradecirse con el relato de otra persona  que haya vivido esos mismos sucesos en ese determinado momento de tu vida.  

Los recuerdos es necesario convocarlos, atraerlos de nuevo al presente desde los más  recónditos lugares, desde las cavernas más insondables, allí donde se encuentren  enroscados en las circunvoluciones más inaccesibles de nuestro cerebro. Los objetos,  por ejemplo, juegan un papel muy importante a la hora de hacerlos emerger. Son como  flotadores de la memoria. Los atraen a la superficie. Me estoy refiriendo, claro esta, a  esos objetos que son capaces de sobrevivir en el tiempo de forma más o menos prolija.  Es necesario que estén de tu mano en todo momento aunque no lo parezca. Fotos,  libros, cartas metidas entre los libros, alguna clase de prendas de vestir, objetos  decorativos originarios de cumpleaños con amigos invisibles que nunca te has atrevido a  descartar. Músicas por largo tiempo sin escuchar, incluso videos en el formato más  obsoleto imaginable. Además la mayoría de las veces, esta clase de objetos, emergen a  la superficie por medio de serendipias. 

Otras veces, la memoria hace cosas increíbles y nos deja recuerdos imborrables que  aparentemente no sirven para nada y por otro lado, se olvida temporalmente de algunos  otros que pudieran ser más importantes. A la primera categoría pertenece ese número  personal sueco que me afanaba en buscar del cual yo tenía la certeza de saberlo de  memoria. Y así fue: ¡Bingo!; lo tenía grabado a fuego en mi cabeza. A la segunda  categoría pertenece esa carpeta con poemas que una vez reencontrados mi primera  reacción, no lo voy a negar, fue de sorpresa mezclada con incredulidad tierna;  haciéndome cargo del caso, como un educador social a cargo de un niño abandonado.  Con el paso de los minutos y a medida que me adentre en esa jungla que supone  descifrar tu propia caligrafía rota por las emergencias provocadas en la toma de apuntes  en la universidad- en mi caso es muy duro-, fui capaz de situarlos, más o menos, en el  tiempo y sus circunstancias. O eso creo. Curiosamente no volví a escribir poesía nunca  más. Capítulo cerrado. Bueno, miento. Sí, una. Sola y aislada en el tiempo. No cuenta. Sí  que tuve ocasión de escribir letras para canciones. La mayoría por encargo y siempre con la inestimable ayuda de mi mujer. O con el tiempo artículos y adaptaciones literarias  con fines principalmente musicales. Pero por lo que a mí respecta, la poesía se cerro  para siempre jamás aquella primavera de 1977.  

¿Cómo se fijan los recuerdos en la memoria?. No lo sé. La idea que yo tenía cuando abrí  y hojee de nuevo, por primera vez, aquellas hojas era a priori un poco vaga; no sabía muy  bien lo que me iba a encontrar. En un primer momento me sorprendió que mi noción  anticipada de lo que estaba a punto de leer, una vez abierta la carpeta, era totalmente  errada y por lo tanto distinta a lo que los poemas me estaban sugiriendo. Algunos  resultaron ser muy pretenciosos, otros irónicos y descreídos y la mayoría näiv o  simplemente malos. Sin embargo, una leve sombra de mi pasado existencial asomó a  través de aquellos escritos y me alegró el día. Ya es difícil conocerse y diagnosticarse  uno mismo en el día a día, con las dificultades que eso entraña; recibir información  clasificada de tu ego y de primera mano es, al menos para mí, un bien inestimable. Te  reubica o bien te corrige en tus impresiones más personales ya preestablecidas de como  entender parte del proceso creador “inside-out”; en definitiva de como entenderse y  soportarse a uno mismo. 

No obstante, y más allá de esa reflexión, de cómo se graban de forma perpetua ciertas  cosas en nuestro cerebro, tengo la prueba en forma de melodía para la que, si no me  equivoco, fue mi primera creación. Una canción. Mejor dicho: Un principio de canción.  Me acuerdo de todo: de la melodía, de la armonía inacabada sin solución de continuidad,  de la sensación de frustrante atasco que me producía mi incapacidad para continuar; el  no saber por dónde tirar, ni armónicamente, ni con la forma, melodía o texto. Solo  conseguí armar la parte A de una canción. De la letra también me acuerdo: 

“A unha illa eu quero ir, lonxe no medio do mar…” Ahí me atoré. También mantengo  permanentemente en mi memoria la sensación de que esa letra, con el tiempo me fue  causando sonrojo y de cómo solo ahora soy capaz de entender que no era para tanto.  La misma canción “River” de Joni Mitchell lleva ese mensaje incrustado. Pero yo no era  capaz de verlo. De normalizarlo. Atascos, inseguridades, etc en fin… Ahora sé que todo  eso lo cura el tiempo. Sobre todo el tiempo dedicado a contrastar y referenciarte en lo  que te rodea. Aunque tampoco se me escapa que en el fondo uno crece solo. También,  ahora, entiendo lo de clamar por una isla porque en aquellos tiempos España era un  desierto. Por lo menos, en lo que respectaba a mis anhelos. Rondaba el año 1970. 

Efectivamente, si que había outra carpeta con escritos en galego, moito máis extensa,  borradores, contos infantís sen rematar, intentos de traduccións de textos en sueco; un  caixón de xastre. Agora sei por que estando un fora da casa e vivindo de face á  realidade de outro idioma que che obriga a reestructurar as categorías e mesmo o teu  pensamento, rematas por darlle todo o valor do mundo a ese ben tan preciado que  temos: a nosa lingua. E o que aínda é máis valioso, se cabe, os códigos que nos  peculiarizan e subxacen nela.

Nani García
Nani García
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Nani García Silva (A Coruña, 1955) es músico, compositor, pianista de jazz y fue productor de muchos artistas gallegos. En su obra musical hay bandas sonoras, música de concierto, jazz e incluso una ópera. Entre sus piezas más conocidas están las bandas sonoras de O xigante, De profundis, Valentina y Arrugas y la ópera bufa, O loro de Carlos V. A lo largo de su carrera ha recibido premios en el Festival de Jazz de San Sebastián, varios Mestre Mateo y en diversos festivales de cine. Compuso música en una película premiada con un Oscar: Una mujer fantástica, y otra con dos Goya: Arrugas.