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La cara de póquer de una azafata de vuelo cuando su avión, sin combustible, no puede aterrizar

Después de 13 horas de vuelo cruzando el Atlántico y deseando pisar tierra firme, el viaje se complica en el momento más crítico. Una tormenta sobre el aeropuerto de Buenos Aires impide al comandante aterrizar tras diferentes intentonas. Después de varios ‘pull up’ aterradores, al avión solo le queda combustible para un último intento. Todo a una carta.
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Una de las grandes virtudes de los tripulantes de cabina de pasajeros es la de sacar su mejor cara cuando saben que las situaciones son realmente complicadas. Cuanto más crítico es el trance, menos dejan entrever sus emociones. Rostro impertérrito  y concentración máxima para desplegar, llegado el caso, cualquiera de los procedimientos de emergencia que tienen entre su gran abanico de protocolos. Es lo que le pasó a Fátima Varela, actual instructora de Air Hostess en A Coruña, en una aproximación que recuerda como una de las peores de su vida.

Durante su trayectoria profesional una azafata de vuelo vivirá muchos momentos de tensión. Para Fátima Varela, el más intenso sucedió cuando trabajaba como tripulante de cabina de pasajeros para una de las principales compañías aéreas españolas. En un vuelo transoceánico a través del Atlántico, a punto de tomar tierra en el aeropuerto de Ezeiza, en la ciudad argentina de Buenos Aires, una fuerte tormenta dificultó el aterrizaje hasta extremos dramáticos.

La aproximación fue realmente complicada. En condiciones meteorológicas extremas, con fuertes vientos y aparato eléctrico, el avión sufría constantes turbulencias que en ocasiones se convertían en violentas sacudidas. Los gritos entre el pasaje eran una constante y la tripulación permanecía asegurada en sus asientos tratando de no dejar entrever que estaban experimentando una de las peores aproximaciones de sus carreras. Desde luego lo era para Fátima. “Como tripulante de cabina de pasajeros es normal que te toque vivir situaciones complicadas. Aunque sabes que todo está bajo control, a veces dudas, y esta era una de esas veces. Fue sin duda el momento más difícil de mi trayectoria, peor incluso que la vez que nos explotó un motor en pleno despegue”, reconoce la actual instructora de Air Hostess. Pero lo peor estaba aun por llegar. 

Tras la aproximación, el comandante consiguió poner el avión en posición sobre la pista. Cuando todos esperaban sentir el golpe del tren de aterrizaje posándose sobre el suelo, sucedió lo inesperado: motores a toda y pull up, la maniobra de vuelta al aire que aterroriza a los pasajeros e inquieta a la tripulación. El miedo se desató entre los asientos, agudizado por los escalofriantes bandazos que daba el avión en su lucha contra el viento. En ese momento la tripulación ya contemplaba una gran variedad de escenarios y, entre ellos, el peor, un aterrizaje de emergencia con escasa garantías de salir sin un rasguño.

El comandante lo volvió a intentar. Pero cada acercamiento terminaba otra vez con el morro del avión mirando arriba y los motores quemando queroseno en las sucesivas huidas al cielo. Uno de los peores escenarios se había presentando: el combustible se había terminado tras trece horas de vuelo y varios pull up que los mantuvieron otra hora y media dando vueltas sobre el aeropuerto en busca de una rendija por la que meterse.  “Cuando el comandante nos informa de la situación a la tripulación, me pasan muchas cosas por la cabeza. Evidentemente llegas a pasar miedo, pero sabes que lo prioritario es transmitir calma al pasaje, que no sabe el alcance real del problema, y mantenerte concentrada y alerta para lo que pueda ocurrir. Tenemos responsabilidad sobre las personas y hay que tener la cabeza muy fría para ponerlos a salvo si llega el caso”,  cuenta la antes tripulante y ahora instructora de Air Hostess, sentada en ese momento delante de una pareja de personas mayores que estaba viviendo una auténtica pesadilla. Les quedaba un último intento de tomar tierra para poner a salvo el pasaje y descartar otras opciones que, sin duda, habrían salido en las noticias.

Para entonces los pasajeros estaban exhaustos, desconocedores de que ese descenso era la última oportunidad que tenían de aterrizar de una forma ortodoxa. En ese momento la tripulación ya aspiraba a un premio de interpretación por su forma de mantener la calma. Con nervios de acero, el comandante logró poner todo el tren de aterrizaje en la pista y parar el avión con seguridad en una maniobra llena de audacia. Aplausos por todo lo alto y alguna que otra lágrima en una liberación colectiva de tensión. Finalmente los tripulantes de cabina de pasajeros realizaron el procedimiento de salida del avión habitual y no tuvieron que aplicar ninguno de los de emergencia que durante un buen rato estuvieron repasando mentalmente mientras mantenían el tipo con cara de póquer.

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