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El Mercado de San Agustín: una obra pionera en los años 30 de A Coruña

Era una construcción impensable en A Coruña de 1930. La obra del Mercado de San Agustín traslada la vanguardia de la tecnología constructiva con hormigón armado europea a una esquina del noroeste español, creando una pieza de aspecto doméstico, pero alma pionera.
Interior de  San Agustín durante la celebración de un mercado
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Interior de San Agustín durante la celebración de un mercado
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Hay presencias y ausencias en la ciudad que forman parte de su historia urbana. Siempre es así. Pero hay otras historias, las de edificios que desaparecen de un lugar y se construyen en otro, como una referencia o un replicante, permitiendo reflexionar sobre la ausencia y el significado de la forma como símbolo. Al igual que en la novela de Guy Talese, un tenedor permite narrar una historia de escala desbordante, pero es tan sólo un objeto doméstico, insignificante.

''Mientras el asesino daba media vuelta y se dirigía de regreso a la cocina, la otra gente que había en el restaurante se metió debajo de las mesas, se escondió en los rincones o corrió hacia la puerta principal. En una mesa desocupada fue encontrado un tenedor envuelto en espaguetis apoyado sobre un plato''

Gay Talese. Honrarás a tu padre Alfaguara 2011

Pocas veces en arquitectura un edificio desaparece de una ciudad para colocarse en otra. Algún ejemplo aparece disimulado entre las colecciones de postales e imaginería contemporánea como la Torre Eiffel de Las Vegas o La Estatua de la Libertad, cuyo original en ambos casos se encuentra en París. Regalos, licencias, cesiones o simplemente referencias que son testigo simbólico de un momento. 

El mercado de San Agustín y  Les Halles du Boulingrin de Reims

En 1932 apareció en A Coruña un edificio que venía de otro lugar. Una construcción singular que obedecía no tanto a un estilo, sino que era el resultado de una investigación profunda (que habría que proseguir) y símbolo del moderno avance tecnológico de la nueva arquitectura. El Mercado de San Agustín (1932) y el Les Halles du Boulingrin de Reims (1927-1929) parecen arquitecturas gemelas con apenas unos años de edad de diferencia. Iconos de un tiempo, sus autores eran conscientes de tener entre manos proyectos vanguardistas sólo posibles a través de la nueva tecnología del hormigón armado

Fotografía por Rubén García, via Flickr

El mercado de Reims es una obra del arquitecto Émile Maigrot junto con el ingeniero  Eugène Freyssinet. De aspecto espectacular, el gran mercado está formado por varias cáscaras de trazado aparentemente irregular, pero que responde a la 'curva catenaria' una tipología muy utilizada en estructuras de grandes luces por su perfecta optimización de los recursos materiales. Uno de los pioneros en utilizar esta figura estructura, el arco catenario, fue el arquitecto catalán Antoni Gaudí, quien disponía pesos sobre cuerdas o telas en sus maquetas, las fotografía y daba la vuelta, utilizando esa forma resultante como volumen de trabajo.

Esta confianza en la forma catenaria es debido a que responde a una forma natural: una cuerda simplemente sostenida por dos puntos y sometida tan sólo a su peso propio describe una curva catenaria, muy diferente a la realizada con un compás (o al más tradicional replanteo con estacas para trazar círculos y elipses). Volteando la sección de la estructura de este mercado se puede ver con claridad la catenaria que rige estructuralmente la cáscara del mercado. Y es que el concepto es precisamente el de 'cáscara', como definiría el ingeniero español Eduardo Torroja en su libro 'Razón y ser de los tipos estructurales' en 1956.

Les Halles du Boulingrin de Reims

''Mi suerte, mi gran suerte, ha sido el ser asediado, desde niño, por una vocación vehemente. He amado este arte de la construcción que he concebido, tal y como hicieron mis ancestros artesanos, como modo de reducir al mínimo el trabajo humano necesario para lograr un objetivo útil. Nací constructor. Era para mi tanto una necesidad ineludible como una fuente inagotable de felicidad imponer al material en bruto esas formas y estructuras que surgían de mi imaginación.''

Eugène Freyssinet

Freyssinet es popularmente considerado el creador del hormigón contemporáneo, si bien esto no es realmente exacto. Firmó en 1920 la primera patente de pretensado con este material, y luego desarrollaría innumerables innovaciones con hormigón armado. Fue el gran pionero y autoridad en la investigación de las posibilidades del hormigón armado en Europa, su obra se convirtió pronto en un icono de avance y modernización que quería ser replicado por todos los países para demostrar así estar también al día en los grandes avances arquitectónicos y constructivos.

Los hangares que Freyssinet había diseñado y construido para el aeropuerto de Orly en 1929 habían dado la vuelta al mundo. La imagen de un gran Zeppellin saliendo de una construcción de escala inimaginable, robusta pero de aspecto ligero parecía una invención casi mágica que los arquitectos futuristas como Antonio Sant'Elia habían soñado y dibujado, hasta entonces eran sólo papel.

Hangar de Orly. Via Urbipedia

En A Coruña los arquitectos Santiago Rey Pedreira y Antonio Tenreiro (entonces arquitectos municipales) diseñan este proyecto singular, a imagen del mercado francés. Quizás tendrían alguna publicación, quizás visitaron el edificio de Reims, la referencia es muy próxima, y el interés por investigar y ver las posibilidades de esta nueva tecnología sin duda, desafiante. En España, la titulación de arquitecto, diferente a la francesa (que no incluye la responsabilidad sobre la estructura), los dota de los conocimientos suficientes como para desarrollar una estructura tan compleja y singular.

La cubierta del mercado está constituida por una lámina de hormigón de apenas 15 centímetros de espesor que se interrumpe únicamente para colocar bandas de vidrio que iluminan el espacio interior. Aunque su apariencia sea idéntica a la del mercado francés, la construcción de una obra así en el contexto de A Coruña de 1932 es de una audacia y ambición impresionantes, que sitúan a la ciudad en la vanguardia arquitectónica europea con un gesto de apariencia sencilla pero que esconde un gran esfuerzo de sus autores para llegar a la altura de una investigación pionera que se hacía muy lejos.

No sólo la mentalidad era diferente, también lo era la tecnología y la disposición de la ciudad. Eran numerosos los proyectos que se habían propuesto para la construcción de un mercado en esta parcela, desde que en 1898 se tomase la decisión de utilizarla como mercado permanente. Se descartó el uso del hierro en varias ocasiones, ya que las potencias europeas estaban inmersas en constantes enfrentamientos bélicos que culminarían con la Primera Guerra Mundial y este material, desde entonces, escaseaba. Su precio hubiese supuesto un despropósito. 

Pronto encontraron una solución, en el lugar más adecuado: la biblioteca. El arquitecto Pedro R. Mariño, autor entre otras obras del Palacio de María Pita, era un par de generaciones mayor que Rey Pedreira y Tenreiro, sin duda un referente que los animaba a viajar (como él mismo había hecho) y que recibía de manera habitual publicaciones de la vanguardia europea en su estudio. La vanguardia europea de entonces entraba en los estudios a través del papel. Los entonces jóvenes Rey Pedreira y Tenreiro, que apenas habían terminado la carrera unos años antes, trabajaron en un proyecto con la incertidumbre de la adaptación de una tecnología que en España y más aún, en A Coruña entonces era impensable, y cuyo cálculo, el del hormigón, solía ser oficio de ingenieros.

El hormigón armado estaba considerado como el material de la obra civil, de hangares o puentes, y era extraño encontrarlo en un diseño arquitectónico. Este devenir de ambiciones culminó con la obra que actualmente define el Mercado de San Agustín en A Coruña, una pieza de tecnología pionera y vanguardista en pleno corazón de la ciudad.  

Fotografía por Rubén García, via Flickr

Hormigón armado y complejidad técnica

La construcción de la obra, según las pocas imágenes existentes, parece similar a la que se describe de su homólogo francés. Un sistema de cimbras y encofrados desmontables de grandes dimensiones, con la particularidad (entonces innovadora en esta escala) de ser reutilizables para repetir la misma forma en la continuidad de la nave. La minuciosa descripción de la revista francesa que recoge la construcción de la obra en Reims es síntoma de la singularidad constructiva y la curiosidad por una tecnología hasta entonces imaginaria:

"Los encofrados y las cimbras, todos desmontables, están diseñados para utilizar la mínima cantidad de madera posible. Las pequeñas bóvedas laterales, construidas de tres en tres, se desencofran después de cuatro días, las cimbras se dan la vuelta, se mueven y se utilizan para ensamblar las tres bóvedas enfrentadas. De modo que el edificio se eleva muy rápidamente, hasta la cimentación de la gran bóveda inclusive. Las fotografías más espectaculares de la obra muestran la colocación del arco de la parte superior de la bóveda principal, mientras que todos los arcos de cabecera de las pequeñas bóvedas transversales se encuentran en espera, sobresaliendo en el vacío hacia el interior del edificio. La cimbra, que tiene una longitud de arco de 15m, se monta en el suelo y luego se eleva 9m con un cabrestante, sobre un soporte móvil. Este es un entramado estructural mejorado con gatos, que puede moverse sobre dos raíles. El lado opuesto está sostenido por un sistema de apoyos. así, la cimbra puede, después de vaciar la bóveda, bajarse, trasladarse y reajustarse para la sección siguiente". Extracto de la Revista l'Architecte Nº7 (Julio de 1929) sobre Les Halles du Boulingrin de Reims

Mientras en una pequeña esquina de la Península Ibérica A Coruña disfrutaba de una obra magnífica, en Reims,  Les Halles du Boulingrin sucumbían ante la mirada de abandono de las autoridades municipales. En 1940 aparecen los primeros signos de corrosión de las armaduras, y las grietas comienzan a hacerse demasiado evidentes, poniendo en riesgo la estabilidad del edificio una década después. Las propuestas de derribo comienzan a sucederse a partir de 1975 seguidas de los movimientos de protección del mercado como el de  Claude Lamblin en 1982 o el de Paul Chemetov en 1983, conscientes del valor de una obra de esta magnitud. En 1991 comenzaron los trabajos de rehabilitación (durante los cuales se consultó a dos ingenieros españoles Ordóñez y Serrano) que concluyeron con su reapertura en 2012.  Mientras el mercado de Reims descendía en la espiral de la falta de sensibilidad y mantenimiento, en A Coruña, la pequeña joya estructural era y atestiguaba una vanguardia y un alarde pionero de la tecnología constructiva en hormigón.

El Mercado de San Agustín es una singularidad arquitectónica de gran valor, especialmente si se gira la mirada hacia su contexto, de recursos exiguos pero voluntades férreas por no quedarse atrás, por no abandonarse al historicismo y mirar hacia una vanguardia libre de lastres, propulsada por nuevas formas de mirar la arquitectura.

El trabajo profundo de Rey Pedreira y Tenreiro en el análisis y adaptación de esta obra es de dimensiones desproporcionadas, como enfrentarse a un rompecabezas imposible, pero con la seguridad del saber hacer y la confianza en la tecnología del lugar. Quizás porque comparte la misma domesticidad que aquel tenedor envuelto en espaguetis que describía Gay Talese en su novela, esta gran obra pasa desapercibida, siempre estuvo ahí, y su comensal volverá un tiempo después como lo hizo el mercado francés. Enredos de la arquitectura con la historia de la vanguardia, contextos pioneros frente a domésticos, complejidades interiorizadas en la retórica contemporánea: unos pocos temas interesantes para pensar la próxima vez que enrosquen unos espaguetis con un tenedor, justo en ese instante antes de llevarlos a la boca.

Mercado de San Agustín. via Ayuntamiento de A Coruña
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