El Español
Opinión

Los gallegos que no pudieron ser

El reto de Galicia de frenar su declive demográfico, volver a traer de vuelta a los que se fueron y atraer nueva población
Pablo Grandío
Por Pablo Grandío
Emigrantes en el puerto
Emigrantes en el puerto

Galicia y todo el noroeste peninsular tienen un gran desafío por delante a nivel económico y social: evitar que continúe la despoblación. En las últimas décadas la población del noroeste de España y del norte de Portugal se ha visto obligada a emigrar a otras regiones de la Península o a otros países, haciendo que cada vez su peso demográfico, y por lo tanto su potencial económico, sea menor. Al mismo tiempo, la baja natalidad y el progresivo envejecimiento de la población ha situado a estas regiones en una desagradable encrucijada: una constante fuga de talentos, la falta de renovación poblacional y un horizonte muy negativo.

Tal y como os contamos hoy en nuestro artículo de hoy, Galicia representaba el 13% de España hace algo más de 200 años y ahora solo es el 5,69% del país. Si la población gallega hubiese crecido (o, mejor dicho, no se hubiese ido) al mismo ritmo que la del resto de España, ahora la comunidad tendría 6,12 millones de habitantes. Este dato es casi tan  deprimente si miramos a nuestros vecinos de Asturias, que en el mismo momento representaban el 3,4% de toda España y ahora solo son el 2,16%, o a Castilla y León y toda la zona norte de Portugal.

El motivo inicial de este problema demográfico de Galicia es la emigración. Desde hace 200 años miles de gallegos han abandonado su tierra para buscar otra vida mejor, tanto en el resto de provincias españolas como, por épocas, en diferentes países latinoamericanos o europeos. En algunos casos estos viajes eran de ida y vuelta, pero en muchos otros suponían un cambio completo de vida para siempre. Los hijos y nietos de estos gallegos ya nunca volverían, y no estamos hablando solo de los que se fueron hace pocas décadas y  ahora mismo pueden incluso votar en las elecciones, sino también de los miles de gallegos que desde principios del siglo XIX partieron de A Coruña, Vilagarcía o Vigo para no volver a dejar rastro. Es posible que algunos de los nietos o bisnietos de estos pioneros emigrantes gallegos fuesen los que décadas después llamaban burlonamente “gallegos” a todos los españoles que desde principios del siglo XX acabaron recalando en las costas del Nuevo Mundo.

El otro motivo es el envejecimiento poblacional. Desde hace cuatro décadas la natalidad de todo el mundo occidental se ha desplomado y, en el caso de España, las comunidades que más han envejecido son las del noroeste, con Asturias, Castilla y León y Galicia a la cabeza. Hay aquí un poco de trampa, porque no es únicamente que los habitantes de estas comunidades tengan hijos más tarde que las del resto, que es cierto; pero también pesa en las medias que han logrado atraer mucha menos inmigración que las otras partes de España, donde los que han llegado de otros países han tenido hijos a una edad más temprana de lo habitual.

Si echamos un vistazo a los datos demográficos de Galicia, el panorama es desolador. El pasado año 2020 se llegó a un máximo histórico de defunciones y a un mínimo de nacimientos. Pero igual de terrible era mirar hace cien años sus datos económicos, que a fin de cuentas son los que provocaron la emigración.

En 1955, Galicia tenía el 66% del PIB per capita español y era la tercera comunidad más pobre, solo por encima de Extremadura y Castilla La-Mancha. Su vecina e industrial Asturias tenía el 107,1%, y Castilla y León el 70%.  En el año 2000, Galicia todavía era la tercera por la cola, tan solo por encima de Andalucía y Extremadura. En los últimos 20 años la comunidad gallega ha protagonizado una inédita remontada, la más destacable de todas las regiones de España. Galicia ha adelantado en PIB por habitante a Castilla-La Mancha, Canarias, Murcia, Asturias y Valencia, y se encuentra cerca de equipararse a Castilla y León y Cantabria, regiones de España que siempre han estado por delante de la remota comunidad gallega.

El desempeño económico de Galicia ha sido formidable en estas últimas décadas, y es la única región española que verdaderamente ha escalado en el ranking de PIB por habitante autonómico. Se pueden buscar muchas explicaciones: Inditex en A Coruña, Citroën en Vigo, la pujanza general de estas dos ciudades, la apertura de la frontera con Portugal para comerciar libremente al estar menos aislados, la mejora de las comunicaciones, la Unión Europea o incluso la acción del gobierno autonómico (para los más partidistas). La cuestión es que Galicia ha crecido económicamente más que la media española, ha logrado comenzar a converger con el conjunto del país (91% de la renta por habitante en 2019), y eso es algo muy reseñable para la que tradicionalmente siempre ha sido la región más desconocida y atrasada económicamente de España, y desde luego continúa siendo la más remota y la peor comunicada (si obviamos las Islas Canarias, a donde de hecho tantos gallegos se han ido).

Sin duda el mérito es de las últimas generaciones de gallegos, de todos y cada uno de los que se han quedado y han levantado esta tierra y demostrado que tiene mucho que decir. El reto de los que todavía estamos en edad laboral es continuar con esa senda de crecimiento económico e intentar darle la vuelta a la balanza demográfica. Los gallegos que siguen en pie de guerra tienen el desafío de continuar esa remontada contra los elementos, seguir creando valor y acabar convenciendo de retener a los más jóvenes y de volver a los que se fueron, creando oportunidades que merezcan la pena. Y no solo hacer que los cerebros huidos vuelvan, también atraer nueva gente que venga de cualquier parte del mundo, eche raíces aquí y tenga hijos, del mismo modo que tantos gallegos han contribuido a poblar otras regiones y países de la Hispanidad.

En mi vida laboral he tenido la suerte de viajar bastante por toda España y conocer a camareros, recepcionistas de hotel, programadores, diseñadores, grafistas, asesores de comunicación y todo tipo de perfiles, con todo tipo de acentos, y siempre me fijé en aquellos que se apellidaban Losada, Varela, Seara, Loureiro, Castro, Ramos, Ulloa, Vieites, Teijeira y similares, porque sabía que descendían de gallegos emigrados. Tras unas cervezas, algunos acabaron diciéndome que les gustaba hablar conmigo porque mi voz les recordaba a su abuelo. Son los gallegos que no pudieron ser.

Pablo Grandío
Pablo Grandío
TwitterLinkedIn
Pablo Grandío es fundador y director de Quincemil, consejero de El Español y fundador y director del portal de videojuegos Vandal.