29 enero, 2023 02:27

En octubre de 1973, por las vidas que se habían salvado al aplicar su técnica durante la Guerra de Vietnam, un médico y cirujano español recibía un homenaje oficial por parte de la sanidad militar de los Estados Unidos de América. No obstante, aquel reconocimiento iba más allá. Su método para tratar las heridas de guerra fue ampliamente utilizado durante la Guerra Civil española y por los ejércitos aliados durante toda la Segunda Guerra Mundial para luchar contra uno de sus más temibles enemigos: la gangrena. Durante la Gran Guerra, los fallecidos por este mal llegaron a representar el 18% de todos los heridos, sin embargo, durante la Guerra de Vietnam, esa cifra no sobrepasó el 0,16%.

Y todo gracias al método que recibió el nombre de Método Trueta.

Josep Trueta i Raspall nacía el 27 de octubre de 1897 en el barrio de Poble Nou, en Barcelona, en el seno de una familia orientada a los campos médicos y farmacéuticos, pertenecientes a la burguesía catalana. Su padre era médico y su bisabuelo cirujano de la Armada. Además, su abuelo, un hombre culto, con estudios universitarios, progresista y de carrera militar, inculcó a Josep desde pequeño el amor por los grandes ideales.

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Aunque en un principio se sintió muy atraído por la pintura y destacó en deportes como la esgrima, el hecho de que varias generaciones de su familia se hubieran dedicado al ejercicio de la medicina, provocó que se inclinase definitivamente por esta profesión, que comenzó a estudiar en 1916 en la Universidad de Barcelona.

Trueta se licencia en 1921 y se incorpora como residente al Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, donde es introducido en el tratamiento de las enfermedades de los huesos. Un año después obtiene el doctorado y comienza su extraordinaria andadura profesional.

Hospital de la Santa Creu i Sant Pau.

Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Wikimedia Commons

En 1923 se traslada a Viena para ampliar conocimientos y sería allí, donde surge la idea de plantearse la aplicación de nuevas técnicas en el tratamiento de los huesos, cuyos impresionantes resultados llevarían a considerarle uno de los padres de la traumatología moderna, inspirando la labor y el trabajo de miles de profesionales no solo en España, sino en todo el mundo.

Ese mismo año ingresa en la Sociedad de Cirugía de Barcelona y comienza a ser considerado uno de los profesionales de la medicina más prometedores de su época. Las largas horas de práctica le llevaron a interesarse por los métodos de tratamiento de las lesiones producidas por accidentes laborales, para las cuales se requería habitualmente una intervención inmediata y en el mismo lugar del percance. Su interés aumenta todavía más tras ser contratado como cirujano jefe de la Caja de Previsión y Socorro, una empresa que atendía anualmente más de 40.000 accidentes.

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En 1934 presentaría un programa para el tratamiento de las heridas de guerra que le convertiría en una eminencia: el Método Trueta. Se basaba en cinco fases: tratamiento quirúrgico inmediato, limpieza de la herida, escisión, drenaje e inmovilización con escayola. Pero su propuesta no contó con el interés ni el beneplácito de la mayor parte de sus colegas, que la consideraban demasiado peligrosa para ser empleada durante un conflicto armado.

Pero estaban equivocados.

La internacionalización del Método Trueta

En 1935 ocupa el cargo de profesor ayudante de la Universidad Autónoma de Barcelona y es nombrado director del Servicio de Cirugía del Hospital de la Santa Creu. Hecho que le permitió obtener una posición estratégica como cirujano jefe del mayor hospital de Cataluña y del mayor servicio de atención de accidentes de todo el país.

Pero estalló la Guerra Civil. Los cirujanos españoles tenían que enfrentarse a heridas de las que tenían poca o ninguna experiencia. Para la gran mayoría, incluso para los más experimentados, la situación era completamente nueva. Sin antibióticos, sin transfusiones sanguíneas en la primera línea del frente, en hospitales de campaña levantados precariamente en establos, iglesias y tiendas de lona, con medios anestésicos rudimentarios, mesas de quirófano artesanales, casi sin iluminación y con instrumentación básica y escasa, la cirugía de guerra se convertía en una de las profesiones más complicadas del mundo, en la que se intentaba evitar la muerte en el frente y evacuar a los heridos a los hospitales de retaguardia, donde sus heridas podían ser tratadas con mayor atención.

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Y en uno de aquellos hospitales de retaguardia se encontraba Josep Trueta como cirujano jefe. Las cruentas secuelas de guerra lo ponen en contacto directo con una gran cantidad de fracturas abiertas e infectadas, con poca probabilidad de curación si empleaba los procedimientos terapéuticos habituales. Así que decidió iniciar la aplicación de su método.

Gracias a él, se consiguió aminorar el peligro de las infecciones por fractura, reduciendo los casos de gangrena hasta en un 90%. En 1938 ya había registrado 605 fracturas de guerra sin haber tenido que recurrir a la amputación de ningún miembro y sin mortalidad. Ese mismo año publicaría su primer artículo, Tratamiento actual de las fracturas de guerra, en el que daba a conocer a toda la comunidad médica su técnica y los resultados obtenidos con ella. El artículo se tradujo casi de inmediato a varios idiomas y se convirtió en el texto de cabecera de los médicos de guerra.

Imagen tomada el día de su reconocimiento como doctor honoris causa en Oxford.

Imagen tomada el día de su reconocimiento como doctor honoris causa en Oxford. Wikimedia Commons


En 1939 había aplicado con éxito su método a 1.073 casos, de los que solo el 0,75% presentó alguna complicación. Si bien este método no era nuevo, ya que había sido empleado en las contiendas posteriores a la Primera Guerra Mundial, Trueta fue el primero en sistematizarlo y divulgarlo, provocando que se le atribuyera su paternidad.
A partir de la Guerra Civil, los detractores de su método se convirtieron en sus mayores defensores, tras haber demostrado con tal grado de éxito que se podía luchar contra uno de los enemigos más temibles: la gangrena.


A pesar de que Josep no había ostentado ningún cargo ni responsabilidad política, el avance de las tropas franquistas hacía prever que Cataluña sería arrasada, por lo que decidió salir de España. El 3 de febrero de 1939 cruzaba la frontera con Francia y se refugia en Perpiñán, donde el Foreign Office establece contacto con él para invitarlo a viajar a Oxford junto a su esposa y dar a conocer sus métodos de intervención.


Como los ingleses prohibían a un extranjero ejercer como médico en tiempos de paz, el ministro de Salud Pública creó un puesto específicamente para él: consejero privado en cirugía de guerra, cargo que ocuparía durante toda la Segunda Guerra Mundial, y le encarga un plan para la defensa pasiva de Londres, que elabora en previsión de un posible ataque aéreo alemán. Su presencia despertó el interés de médicos y cirujanos por discutir y debatir su método empleado en la guerra española.


En 1940 es nombrado miembro de Honor de la Sociedad Británica de Ortopedia y es contratado en el Wingfield Morris Orthopaedic Hospital, el primer gran hospital ortopédico de toda Gran Bretaña y bajo cuya dirección se convertiría en uno de los centros médicos de investigación más importantes del mundo. Además, en 1943 recibe el grado de doctor honoris causa por la Universidad de Oxford en reconocimiento a su labor como médico y cirujano.

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Durante el periodo de guerra, su tratamiento fue ampliamente utilizado por los ejércitos aliados salvando la vida de muchos de soldados o evitándoles una invalidez que habría sido inevitable sin su innovación. Se estima que, tan solo en Dunkerque, llegaron a salvarse gracias al Método Trueta casi 350.000 soldados británicos y franceses.

En 1949 era nombrado catedrático de Cirugía Ortopédica en Oxford, puesto que desempeñaría hasta su jubilación y desde el que trajo sobresalientes aportes a la ciencia médica. Escribió veintes monografías y más de doscientos artículos no solo sobre técnicas quirúrgicas, sino también sobre el desarrollo óseo, el tratamiento de la poliomielitis o el descubrimiento de la doble circulación renal.

La negación del Nobel


Todo ello hizo que fuera nominado hasta en dos ocasiones para el Nobel de Medicina, galardón que jamás consiguió, posiblemente por las fuertes presiones del gobierno de Franco para que no se lo otorgaran debido a sus ideas contrarias al régimen. Pero su prestigio era tan extraordinario, que las autoridades españolas no se oponían a su retorno, que se produjo en 1967, tras el cual recibe apoyo para continuar con sus investigaciones y se le reconoce su labor en los ambientes médicos, científicos y académicos de todo el país.

Josep Trueta

Josep Trueta Institut Catalá de la Salut


Trueta recibió a lo largo de su vida un sinfín de distinciones por su labor científica. En 1969 la Sociedad de Cirugía de Barcelona le concede el Premio Virgilio, en 1970 es nombrado miembro honorario de la Academia de Medicina de Barcelona y ocupa durante tres años la presidencia de la Sociedad Catalana de Biología. Fue investido doctor honoris causa por numerosas universidades de todo el mundo. En 1976 recibe el premio Jaume I y es condecorado por el rey Juan Carlos I con la Gran Cruz de Carlos III, unos días antes de su fallecimiento. En 1977, de manera póstuma le fue concedida la medalla de oro de Sant Jordi. En 1991, el hospital de Girona fue bautizado con su nombre.

En 1976, unos meses antes de su muerte, la Universidad Autónoma de Barcelona le nombró doctor honoris causa. En su discurso justificó su salida de España. Y su regreso: "Habiendo dejado Cataluña cuando la democracia moría en ella, es para mí motivo de gran satisfacción el que este título me sea concedido cuando la democracia renace. Este acto de hoy significa el verdadero retorno a mi tierra, que dejé porque no quería ver muerta la libertad de mi país".

Josep Trueta i Raspall falleció en su casa de Barcelona el 19 de enero de 1977, a causa de una grave enfermedad pulmonar. Ese día murió un hombre extraordinario, pero nacía una leyenda inolvidable.