Uno de los argumentos más firmes que la Unión Europea suele dar a sus detractores es su errática y melindrosa política exterior. A pesar de que va camino de los 30 y de que cuenta con un cuerpo faraónico compuesto por comisiones y mecanismos de gestión, la PESC es, penosamente, un gundam torpón y poco eficaz. Recuerden, por citar algunos ejemplos, el chantaje constante (y oneroso) de Turquía con el flujo de refugiados, la recentísima manoletina de Marruecos tras la razia migratoria de Ceuta o los desprecios continuos del zar putinesco.

Sin embargo, acostumbrados que estábamos a los cobardones tuits coronados con el inocuo, y ya clásico, deeply concerned cuando algo pasa en el vecindario, la contundente y ágil respuesta tras el secuestro del avión de Ryanair por parte de Bielorrusia ha supuesto un inesperado alborozo para los que, a pesar de todo, nos resistimos a desenchufar el proyecto común.

Las desavenencias con Bielorrusia, a la que sólo ponemos en el mapa cuando nos toca en los grupos de clasificación para Mundiales o Eurocopas, no son nuevas. No en vano, la Rusia blanca, por etimología, es conocida por los expertos como “la última dictadura de Europa”.

Y es que el singular presidente Aleksandr Lukashenko, curtido como director de una granja colectiva soviética (koljós), jugador habitual de hockey sobre hielo y amante de bragueta fácil (se le atribuyen múltiples romances, en ocasiones incluso con hijos que ha reconocido), lleva en el poder casi tres décadas, gobernando el país con puño de hierro y firme censura. La escandalosa detención de Roman Protasevich, el joven periodista disidente, y de su novia no deberían sorprender porque, en puridad, hablamos de un país alérgico a las libertades y a la crítica.

De hecho, este episodio es el nuevo hit de Lukashenko tras las multitudinarias manifestaciones del pasado agosto en todo el país, que reprimió brutalmente. Entonces, la UE y los críticos acusaron al presidente de haber manipulado con grosería las elecciones generales, así como de apalear y encarcelar a los disconformes, e incluso de exiliar a los líderes opositores. Bielorrusia estuvo en primera línea unas semanas, viviendo Lukashenko su momento, quizá, más crítico. Pero entonces apareció Moscú.

Existe el riesgo real de que Bielorrusia sea engullida por Moscú merced a un proyecto de reunificación estatal que, pese a las tiranteces, sigue adelante

¿Significa que Rusia y Bielorrusia son uña y carne? En realidad, no. Hasta poco antes de las protestas, las relaciones entre el Kremlin y Minsk se encontraban en un punto extraordinariamente delicado. Como botón de muestra, la reunión mantenida en febrero de 2020 entre los dos líderes que acabó, literalmente, a gritos, pese a los esfuerzos denodados de la propaganda de ambos regímenes por edulcorar la escena. Aunque Bielorrusia es aliada y pieza clave en el tránsito de gas y petróleo, es igualmente consciente de su pequeñez frente al oso ruso y su total dependencia económica.

De hecho, existe el riesgo real de que el país sea engullido por Moscú merced a un proyecto de reunificación estatal que, pese a las tiranteces, sigue adelante por el impulso de Vladimiro y sus amigos. Es decir, no estaríamos ante una agresión evidente como la de Crimea en Ucrania (la etnia rusa representa en Bielorrusia poco más del 10%), sino más bien ante un proceso de fagocitosis consentida.

Así pues, pensar en ambos países como un equipo compacto no es del todo preciso. Más bien estamos, si me permiten la frivolidad, ante una analogía de Saruman y Grima Lengua de Serpiente en El señor de los Anillos. No hace falta explicar quién es quién.

A pesar de sus achaques, provocados por un Gobierno eterno y firme, pero corrupto y con síntomas inequívocos de fatiga económica y social, la Rusia de Putin se siente siempre fuerte. Tanto como para despreciar reiteradamente a la Unión Europea.

No olvidemos el reciente desplante al Alto Comisionado de Política Exterior de la UE, Josep Borrell, durante su visita a Moscú a principios de año. En su encuentro con el ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, Borrell pidió la “liberación inmediata” del disidente Navalny, lo que desencadenó la agresiva respuesta de Lavrov, que esgrimió supuestas irregularidades españolas y europeas con los independentistas catalanes. El propio ministro se envalentonó días después y aseguró que su país estaba dispuesto a romper relaciones con la UE si se ejecutaban nuevas sanciones.

La necesidad de mostrar poderío exterior tras años de irrelevancia internacional es cada vez mayor en la UE

La Madre Rusia es, posiblemente, el gran hueso dentro del amplio osario que tiene la Unión a su alrededor. Su forma de ser es antagónica a los valores unionistas y, pese a las reiteradas sanciones económicas, Moscú sabe que la dependencia energética de la UE es sencillamente brutal. En 2020, Rusia más que nadie suministraba a la UE petróleo (33% de las importaciones), gas (40%) y carbón (30%). Unos datos abrumadores en un grupo dividido y, por ende, dispar en sus relaciones con Moscú. Por ejemplo, en España esa relación es escasa, pero en otros países (entre los que destaca Alemania) y la mayoría de la zona este, la dependencia es crítica. Con esta realidad, imaginar una respuesta diplomática contundente y homogénea de los 27 es, sencillamente, ciencia ficción.

Así pues, que el pulso con Bielorrusia se mantenga firme por parte de la UE es poco probable. Sencillamente, ya no estamos para estas ligas. Pero, si no es ahora, ¿cuándo será? La necesidad de mostrar poderío exterior tras años de irrelevancia internacional es cada vez mayor en la UE. Si el partido fuese contra Rusia, igual ni saltamos al campo. Pero siendo Bielorrusia, quizá estemos frente a una nueva oportunidad para que la UE recupere un prestigio clave en la etapa más crítica de su, a pesar de todo, triunfante historia.

Puede que la UE no esté para ganar las grandes ligas de las relaciones internacionales, pero para jugarse la Champions también hay que ganarle al Dinamo de Minsk.

*** Andrés Ortiz Moyano es periodista y escritor.

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