No quieren que les estropeen sus relatos favoritos. Esos relatos que se han impuesto mediante las políticas de la identidad o de esa memoria histórica cuya discusión se impide desde hace demasiado tiempo. Estas últimas semanas hemos visto como dos intelectuales reconocidos, Richard Dawkins, uno de los mayores monstruos de la divulgación científica, acuñador de conceptos revolucionarios y crítico con el islamismo, y Andrés Trapiello, sólido exponente de la literatura y el ensayo histórico en nuestro país, han tenido problemas con sus distinciones y medallas. El primero, porque le quitaron la que ya tenía. El segundo, porque quisieron impedir que recibiera una nueva.
  
No es extraño que suceda esto. A Richard Dawkins, humanista secular y ateo militante, la Asociación Humanista Estadounidense (AHA) le ha retirado su premio de Humanista del Año veinticinco años después de recibirlo por “degradar a grupos marginados utilizando el disfraz del discurso científico”. Todo porque publicó un tuit a principios de abril en el que comparaba a las personas trans con el caso de una activista de derechos civiles que se hizo pasar por negra durante años.

“En 2015, Rachel Dolezal, la presidenta blanca del NAACP, fue vilipendiada por identificarse como negra” escribió Dawkins. “Algunos hombres optan por identificarse como mujeres y algunas mujeres optan por identificarse como hombres. Serás vilipendiado si niegas que sean realmente aquello con lo que se identifican. Debatamos”.

Que Dawkins quisiera debatir colmó el vaso de la paciencia de AHA, que no toleró que se comparase ser transgénero con ser transracial. A Rachel Dolezal se le cayó el pelo por identificarse como negra habiendo nacido blanca, pero quienes la atacaron se indignan si una persona nacida hombre se identifica como mujer y alguien debate. “O tu identidad depende de tu ADN o no. No puede ser las dos cosas” dijo el biólogo. Ahora, Dawkins ha sido cancelado. Soportaron su supuesta (y falsa) islamofobia, pero no su supuesta (y falsa) transfobia.

Hemos vuelto a la censura. Se invitan y se desinvitan ponentes, se retiran medallas y honores, o se bloquean las que se quieren dar a figuras respetadas 

Durante el debate sobre la concesión de las Medallas de Honor del Ayuntamiento de Madrid de este año, la concejal socialista (¡de cultura!) Mar Espinar objetó que se le entregase dicho galardón a Andrés Trapiello con el argumento de que “no se puede premiar el revisionismo de la historia que él representa”.

Trapiello es considerado revisionista por el PSOE, y por la izquierda en general, porque pretende contradecir, con rigor y respeto, determinadas asunciones relativas a la Segunda República. Siendo vocal en el Comisionado para la Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid puso en duda públicamente el memorial con los nombres de los fusilados en el Cementerio del Este. También es conocida su crítica a personajes sagrados del PSOE como Francisco Largo Caballero.

Steven Pinker y Rebecca Goldstein (ambos premiados también por la AHA) pidieron que se reconsiderase la retirada de esa medalla, y el propio Dawkins manifestó que no pretendía menospreciar a las personas trans aduciendo que se le había malinterpretado. Pero dará igual.

Tal vez Dawkins debería tomarse como un honor esa retirada, como hizo la autora J.K. Rowling devolviendo un premio que le otorgó la organización de derechos humanos Robert F. Kennedy cuando la hija de este, Kerry Kennedy, criticó sus puntos de vista sobre temas transgénero. “Me entristece profundamente que RFKHR se haya sentido obligado a adoptar esta postura, pero ningún premio u honor, sin importar mi admiración por la persona por quien fue nombrado, significa tanto para mí como perder el derecho a seguir los dictados de mi propia conciencia” dijo Rowling en un comunicado.

Hemos vuelto a la censura. Se invitan y se desinvitan ponentes, se retiran medallas y honores, o se bloquean las que se quieren dar a figuras reconocidas y respetadas. Se impone una visión políticamente correcta que, ah, siempre viene de un solo lado del espectro político.

La ciencia, la investigación y el debate que pedía Dawkins han de ser procesos apolíticos y desideologizados

Richard Dawkins se ha pasado años diciendo cosas que podían ofender a los cristianos o los evangélicos born again y la AHA no sólo no chistó, sino que lo consideró un mérito más. En España se ha impuesto una memoria histórica que no puede ser contestada. Quienes osan hacerlo, como Andrés Trapiello, se enfrentan a todo tipo de inconvenientes. Pero si sólo creemos en la libertad de expresión de aquellos con quienes estamos de acuerdo, ¿creemos realmente en la libertad de expresión?

Todo debería estar expuesto al análisis y la crítica. Nassim Nicholas Taleb, ensayista, empirista escéptico y analista de riesgos financieros, puso en circulación el concepto de antifragilidad para describir una categoría de cosas que no sólo se benefician del caos, sino que lo necesitan para sobrevivir y prosperar. Si una idea es cierta, ha de ser antifrágil. Ha de ser capaz de soportar cualquier ataque, sea irónico, satírico o sarcástico. Y no digamos ya ser desafiada con pruebas demostrables. Si hay que protegerla con la indignación y la represalia, seguramente es falsa.

La ciencia, la investigación y el debate que pedía Dawkins han de ser procesos apolíticos y desideologizados. Porque las verdades científicas, las leyes naturales y los datos históricos existen independientemente de las identidades o las ideologías de los investigadores.

*** Teresa Giménez Barbat es escritora y exeurodiputada.

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