Tony Judt nos cuenta en su libro Postguerra el devenir de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Pero el que considero el libro más importante de historia contemporánea europea (de los años 1945 a 1949) es Continente Salvaje, de Keith Lowe. El título más completo con el que he dado.

Continente salvaje es una obra en la que en algunos momentos resulta difícil contener las lágrimas. Uno no sabe qué fue peor para la población civil, si la guerra o los años posteriores.

Hay más obras interesantes. Como Europa en ruinas, de Hans Magnus Enzensberger, que recopila testimonios de todo tipo, de un lado y de otro.

Cuando frecuentaba estas lecturas, lo hacía buscando información para mis trabajos sobre historia militar. Nunca las abordaba desde una perspectiva política o social. Pero, de forma repentina, he vuelto a leer la obra de Lowe y me he percatado de la gran importancia que tiene hoy.

Les explico por qué.

El descenso de la violencia en la resolución de las disputas entre seres humanos coincide con un elemento determinante: la aparición de los Estados modernos. También llamados Estados-nación, que realmente no son otra cosa que la suma de sus instituciones.

Si nos ceñimos al inmenso trabajo de Norbert Elías El proceso de la Civilización: investigaciones sociogenéticas y piscogenéticas (en combinación con Los ángeles que llevamos dentro, de ese gigante intelectual que es Steven Pinker) podemos comprobar, con los datos en la mano, que la violencia es mayor en cualquier momento anterior al Estado-nación.

También, que allí donde el Estado no está asentado, como en el legendario salvaje oeste, esta se incrementa.

No en vano, el fronterizo es ya todo un género literario. Incluso Arturo Pérez-Reverte en su Sidi refleja que hay mayor violencia en la frontera entre el islam y la cristiandad que en las zonas asentadas de los reinos cristianos o musulmanes de la muy violenta Edad Media.

Las mejores obras de Cormac McCarthy son fronterizas también, para poder hacerlas extremadamente violentas.

Yuval Noah Harari expone de forma muy acertada la utilidad para la civilización que supone 'imaginar' de forma acordada

Evidentemente, hay muchos estadios intermedios entre la ley del más fuerte y el Estado de derecho, que es la superación absoluta de nuestro estado natural, que es el primero.

La humanidad, a lo largo de milenios, ha ido superando la violencia como mecanismo para la resolución de los conflictos a fuerza de imaginar. Yuval Noah Harari expone en su exitosa obra Sapiens la gran utilidad para la civilización que supone imaginar de forma acordada. Por ejemplo, el dinero.

El dinero no vale nada si no nos ponemos todos de acuerdo en otorgarle un valor. Las asociaciones, el emblema de una unidad militar, el escudo de un equipo de fútbol, una religión… son otros ejemplos. Lo mismo sucede con el concepto más importante que imaginamos en una democracia: la ley.

De las leyes emanan, de forma imaginada también, nuestros derechos y el poder de los jueces para protegerlos y hacerlos efectivos. Cosas que no existen en la naturaleza ni fuera de las mentes de los seres humanos. Si todos dejásemos de creer al mismo tiempo en la ley, todos nuestros derechos se desvanecerían automáticamente.

Esto es prácticamente imposible, pero sí puede suceder que importantes grupos poblacionales dejen de creer en algunas de las instituciones que hemos acordado imaginar porque se oponen a sus intereses. O porque dificultan sus objetivos.

En España tenemos a esos nacionalistas que, para lograr su objetivo (la secesión), chocan con la Justicia y, por tanto, trabajan para desgastarla y minar su crédito.

Los populistas tienen problemas con la prensa y los medios de comunicación públicos y privados

Por otro lado, tenemos a los populistas, cuyo fin no es otro que llegar al poder y perpetuarse en él, utilizando atajos discursivos y sembrando la confusión en la población de forma que todos duden de todo.

Los populistas tienen problemas con la prensa y los medios de comunicación públicos y privados, además de con (en multitud de ocasiones) la Justicia o las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

En cuanto a los medios públicos, los populistas van a tratar de coparlos y convertirlos en instrumentos de propaganda. Respecto a los privados, van a desprestigiarlos de forma que no sean un estorbo para sus objetivos o su reputación.

De ahí el señalamiento de periodistas y medios de forma permanente, tanto por parte de Podemos como de Vox. Partidos que no quieren dar explicaciones a la ciudadanía y que se escudan en ella y en los votos para no rendir cuentas de ningún tipo. Pretenden ser ellos, directamente, quienes informen a los ciudadanos.

Las costuras del populismo se ven claramente en el caso de Podemos. Vox goza todavía de cierta inmunidad por la novedad y por su eficacia importando los mecanismos de la alt-right estadounidense, verdaderos maestros en cuanto a propaganda e intoxicación, y que tan bien le fue a Donald Trump para inmunizarlo frente a cualquier escándalo. 

Pero también, por la propia dinámica del ecosistema en que se desarrollan, Vox quedará obsoleto a medio plazo y perderá el blindaje que por ahora le generan la confusión y la novedad.

El problema es que el populismo desgaste lo suficiente al Estado como para que el daño sea irremediable

El problema es que ambos desgasten lo suficiente al Estado como para que el daño sea irremediable. Y es que todo esto nos coge con el populismo en el Gobierno de España. Con un PSOE que no da la batalla en la defensa de las instituciones, sino que pretende debilitarlas aprovechando los envites de Podemos para así obstaculizar los controles que se ejercen sobre el poder.

El PSOE cree que puede controlar este debilitamiento, de forma que sea el suficiente como para no generarle problemas en la acción de Gobierno, pero confiando en que no producirá un daño irreparable.

Por otro lado, el PP no tiene problemas en entrar al reparto de los jueces en el momento en que más presión ejercen el populismo y el nacionalismo sobre ellos. Es decir, elige ser parte del problema.

Con una clase política tradicional frivolizando y creyendo que nunca pasa nada, toda la defensa del Estado de derecho recae sobre los hombros de sus funcionarios. Pero es que también se han puesto a trabajar para cambiarlos o minar su resistencia.

Mientras tanto, se agrede a los policías en las calles y se les intenta quemar vivos, porque no se respeta la sentencia de un juez. Se insulta a nuestra democracia desde el Gobierno o se dice, desde los escaños del Congreso, que hay presos políticos en España, buscando el desprestigio internacional y sembrar la duda sobre nuestro Estado de derecho.

No es casualidad que se incremente la violencia en las calles cuando se mina el crédito institucional. Son dos caras de la misma moneda.

La vez que más he sentido el mal resultado de mi grupo político ha sido muy recientemente

La vez que más he sentido el mal resultado de mi grupo político en las pasadas elecciones generales ha sido muy recientemente, cuando he visto que diez diputados no bastaban para frenar este despropósito.

Siento impotencia cuando veo la impunidad con que se reparten los jueces y los medios públicos, contribuyendo al descrédito de estos y otros pilares del Estado. En el peor momento y cuando más cercados están por el nacionalpopulismo.

Tras las instituciones no hay nada. No obstante, vamos a dar la batalla en su defensa.

El ataque contra las instituciones que hemos acordado imaginar pretende que dejemos de creer en ellas para dar paso a otra cosa. Se ataca una idea. Y las instituciones se sostienen en las mentes de las personas.

Este es el objetivo. Eliminar intermediarios. Y hoy es posible.

En el momento en que un partido político o un representante público no rinda cuentas, y no esté sometido a los controles democráticos, comenzará el declive de nuestra democracia. Se puede perder la libertad siendo víctimas del síndrome de la rana hervida.

Si no ponemos ya pie en pared, quizá en un par de décadas miremos atrás, veamos lo perdido y lamentemos que nuestros hijos sean menos libres que nosotros. Habremos fracasado como ciudadanos, y habremos dilapidado la herencia pagada con sangre, sudor y lágrimas de nuestros padres y abuelos.

Continente Salvaje muestra las evidencias de lo que hay tras el Estado. La primera frase del libro es: “Imaginemos un mundo sin instituciones”. El resto es dolor, opresión, miseria y la muerte de la libertad en pleno siglo XX. Necesitamos creer.

*** Guillermo Díaz es diputado de Ciudadanos por Málaga, abogado y escritor.

Contenido exclusivo para suscriptores
1€ primer mes
Accede a todo el contenido de EL ESPAÑOL por 1€ el primer mes, y después 6,99€ Sin permanencia

O gestiona tu suscripción con Google

¿Qué incluye tu suscripción?

  • +Acceso limitado a todo el contenido
  • +Navega sin publicidad intrusiva
  • +La Primera del Domingo
  • +Newsletters informativas
  • +Revistas Spain media
  • +Zona Ñ
  • +La Edición
  • +Eventos
Más información