Hace apenas cinco años, Oxford University Press decidió encumbrar el término posverdad (post-truth en el original inglés) a la categoría de palabra del año.

El vocablo, más o menos afortunado, venía a distinguir una nueva forma de mentira. Aquella en la que las emociones y la opinión son más determinantes que los hechos objetivos. Cultivando el narcisismo propio de nuestro tiempo, la nueva palabra aspiraba, de una forma técnica y hasta sofisticada, a nombrar algo tan antiguo como la mentira política.

Pero si cada generación tiene derecho a cometer sus propios errores, parece también legítimo concedernos la posibilidad de alumbrar nuevos conceptos con los que diagnosticar nuestras trampas, por clásicas que estas sean.

El palabro, ciertamente, lo tenía todo para triunfar. La verdad, mal que le pese a algunos, siempre ha tenido buena prensa, mientras que el engaño, la mascarada o el artificio fueron tradicionalmente un signo de cortesía por parte de los camanduleros de maña.

La mentira, como cualquier otro vicio, sólo nos tienta cuando promete hacernos más felices que la cruda realidad

Quien quiera disfrazar una mentira, y esto es así desde la Retórica de Aristóteles, deberá por lo menos procurarle un envoltorio emocional que la haga digerible.

Y es que la mentira, como cualquier otro vicio, sólo nos tienta cuando promete hacernos más felices que la cruda realidad. Lo peor de todo es que a veces cumple su palabra.

La posverdad, que súbitamente inspiró un género ensayístico en sí mismo (con algunos títulos ciertamente valiosos, por cierto) fraguó su éxito sobre una técnica infalible. Siempre que exista un concepto más o menos arraigado podremos añadirle el socorrido prefijo post para actualizar nuestras viejas categorías e imprimirles, así, una nueva vigencia.

Los afijos, de algún modo, son los parásitos del lenguaje. El gesto ha dejado de ser original y al abrigo de la manida fórmula hemos llegado a encontrarnos con conceptos que frisan lo paródico como el poshumor o hasta el posporno.

Miguel Hernández escribió que sólo veía “velocidad de vicio y de locura” en el nervio acelerado de su tiempo eléctrico. Y lo decía, el pobre, en 1934. No tenía ni la más mínima sospecha de que habría de llegar una época en la que incluso las ideas, las palabras y los conceptos habrían de convertirse en material fungible.

Pero si acordamos consumir bienes, experiencias y personas, no hay nada extraño en que nos abandonemos también al metabolismo de prácticas y conceptos.

A la neonata posverdad le va llegando ya su hora y el compás frenético de la historia parece haber certificado su obsolescencia. Quizá debamos dolernos por ello, pues en el término celebrado por los diccionarios de Oxford la verdad al menos se decía de forma simulada.

Después de todo, la sinceridad fingida seguía teniendo más de verdad que de mentira

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, nos hemos arrojado al ejercicio impúdico y alevoso de lo que haríamos bien en denominar como posmentira.

La posverdad exigía un mínimo decoro y en su artificio aspiraba a recomponer, así fuera en apariencia, alguna forma de verosimilitud. El “miénteme, pero que no me entere” ha sido un lema pragmático en el que la humanidad ha sobrevivido tanto en el terreno público como en la intimidad de la alcoba. Que cada uno ajuste sus cuentas como pueda, pero, después de todo, la sinceridad fingida seguía teniendo más de verdad que de mentira.

Ahora, por no poder ya no podemos ni siquiera dudar en paz. En un tiempo en el que se lanzan piedras invocando a la democracia, en el que los científicos reconstruyen su prestigio a través de profecías fallidas o en el que el compromiso político ha adquirido un valor casi contrafactual, maquillar la mentira con apariencia de verdad sería casi una manera de ejercer el clasicismo.

No son ya las mentiras las que nos aturden, sino la propia realidad.

No son ya las mentiras las que nos aturden, sino la propia realidad.

Recuerdo que Noam Chomsky, ya anciano, lamentaba hace unos años, desde su retiro en el desierto de Sonora, que la gente ya no creyera en los hechos, subrayando el radical escepticismo de una sociedad afanada en derrocar cualquier forma de certeza.

Y me acuerdo, sobre todo, ahora que hace justo un año de su muerte, de George Steiner, que en 1978 ya se interrogaba, escéptico y escamón, por el futuro de la verdad.

Quedarán como siempre testigos esperanzados en la nueva verdad que alumbre la última novedad tecnológica, el último dispositivo, la última ingenuidad al fin. Y quedarán también quienes, afanados en las nuevas beaterías, decidan acomodar toda la realidad a sus criterios falazmente moralizantes.

Pero descuiden. No serán las fake new ni el deepfake lo que arruine nuestra confianza en la realidad, ni tan siquiera la degradación de la palabra lo que abone nuestro tedio o nuestra justa indignación. Hay algo todavía más desmoralizador que creer en las mentiras o que desconfiar de la verdad.

Lo verdaderamente intimidante, lo que irrefutablemente marca la condición terminal de un tiempo, y parece que a ello vamos, es que todo acabe por darnos igual.

*** Diego S. Garrocho Salcedo es profesor de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid.

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