Quiéranlo o no en Génova 13, en España hay ayusismo, pero no existe casadismo. Dado que el candidato del PP para las próximas elecciones generales será con toda probabilidad Pablo Casado, conviene no distraer esfuerzos y aprovechar el viento favorable.

Una de las notas más divertidas del cuatro y el cinco de mayo, conocido el resultado electoral, ha sido el empeño del Gobierno, del PSOE y de las terminales mediáticas de Moncloa en que el triunfo era de Isabel Díaz Ayuso y no del PP.

Por el contrario, el objetivo del aparato de comunicación del PP era destacar que se trataba de un triunfo del Partido Popular y del acierto de Casado en la elección de Ayuso como candidata, en 2019.

La singular y positiva gestión y comunicación del gobierno regional de Madrid durante estos dos años culminaron con la celebración del festejo taurino de las Ventas, el pasado 2 de mayo, del que se hizo eco el Financial Times. Resultado: triunfo electoral.

Me permito sugerir algunos pasos que pueden derivar en un apoyo al conjunto del centroderecha para emerger como una alternativa política creíble al conjunto de fuerzas que vienen malgobernando España desde 2019, es decir, de la suma de separatistas y extrema izquierda que acompaña y delimita el gobierno de Pedro Sánchez.

En primer lugar, se trata de evitar morir de éxito. Los elogios, tentaciones del poder, y adulaciones y aduladores son malos compañeros de viaje: nublan la vista. Si Ayuso logra apartarlos de su horizonte de trabajo y de iniciativas, demostrará una inteligencia política inusual y, hoy, más necesaria que nunca.

En segundo lugar, el gobierno de Ayuso ha sido un referente de resistencia. Ahora debe ser un referente de reformas. Dadas las dificultades para comunicar las iniciativas, las alternativas y las propuestas políticas de Casado y su actual equipo, el gobierno y la mayoría parlamentaria regional del PP (con el apoyo de Vox) tienen la oportunidad de iluminar, y de hacer evidente, cómo puede ser el próximo gobierno liberal-conservador para toda España.

Casado cuenta a su favor con una renta cuantiosa, pero no ilimitada: haber ganado unas elecciones primarias al rajoyismo que apostó por Soraya Sáenz de Santamaría. Al parecer, el líder del PP, hasta el día de hoy, ha estado más ocupado en recomponer un partido deshecho, plagado de minas y de enemigos internos mucho más peligrosos y dañinos que los adversarios políticos de la izquierda.

Las elecciones del 4-M han demostrado varias cosas interesantes. La corrupción (asuntos Bárcenas, Correa y Rajoy-Fernández Díaz con la Kitchen) ya no descuenta en el electorado. Salvo nuevos escándalos, y para gran disgusto de Sánchez, los casos todavía en proceso judicial están fuera de la agenda.

Lo que sí cuenta es el voto de castigo. El engaño de Sánchez a sus votantes y al conjunto de España (“no me uniré a Iglesias; no aceptaré chantajes nacionalistas”) y la pésima gestión de la pandemia le ha pasado factura en Madrid. El resto de España está deseando cobrársela.

El voto de castigo lo padeció Alfonso XIII en 1931 por aceptar la dictadura militar de Primo de Rivera en 1923. Azaña se quedó sorprendido y casi fuera del Parlamento por lo mismo en 1933. El castigo lo padeció Felipe González en 1996 por los numerosos casos de corrupción y Rajoy por su nulidad reformista, por encubrir a sus numerosos amigos encausados por corrupción y por el inútil y costoso diálogo con los separatistas en 2017.

Es hora de abordar la reordenación interior del partido, de diseñar una agenda reformista y de rodearse de un equipo creíble. Si Ayuso lo ha hecho en la Puerta del Sol, Casado dispone de tiempo y oportunidad para mejorar la imagen de la marca PP y del candidato a presidente.

El centroderecha parte con una mochila hostil de 30-40 diputados nacionalistas para los cuales el PSOE y Sánchez son un chollo. Quiere esto decir que la futura mayoría de centroderecha precisa un amplio apoyo electoral y relaciones respetuosas recíprocas entre PP y Vox.

Las ofensas personales son lo peor en la vida política. Hay que huir siempre de ellas pues provocan heridas muy difíciles de cerrar. Ignoro la fórmula, pero el modelo  Ayuso de convivencia y colaboración con Vox es otro camino que se debe imitar. Hasta el Financial Times califica a Vox de derecha dura, pero en absoluto extremista y mucho menos fascista.

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