El debate entre democracia y meritocracia no es nuevo. El gobierno de todos frente al gobierno de los mejores. O el gobierno de los ciudadanos frente al gobierno de los filósofos, que diría Platón. Es también un debate que retorna eternamente, porque todas las generaciones necesitan descubrir el mundo por sí mismas y porque se trata de un debate para el que no cabe sentencia firme. 

Estos días vemos cómo se reedita la discusión a cuento de la publicación de un libro controvertido: La tiranía del mérito, de Michael Sandel. La izquierda denuncia el sesgo elitista de los doctrinarios del mérito, y los liberales de centroderecha se llevan las manos a la cabeza porque el esfuerzo, dicen, es lo único que tienen lo que no tienen nada más. Pero no es mi intención tomar partido en la polémica, sino señalar su falsedad.

La cuestión ha dado lugar a cruces de artículos y disputas en Twitter, y, sin embargo, lo agrio del asunto no guarda relación con la distancia que separa a los discutidores. Al contrario, lo llamativo es que unos y otros vienen a defender lo mismo con diferencias de matiz. Lo que pasa es que la polarización ha arrasado los matices, obligando al opinador a elegir un bando. Y sucede que el dilema es falso.

A nadie se le escapa que las estadísticas son tozudas y que la movilidad social en términos históricos es baja. Los pobres mueren en su mayoría pobres, y los ricos mueren ricos. En nuestro éxito o fracaso en la vida influye más nuestro origen socioeconómico que nuestro esfuerzo. Sin embargo, de ello no deberíamos colegir que no ha de cultivarse el talento ni promocionarse el trabajo o la superación. Acaso, debería servir para que nos esmeráramos más en paliar las desventajas de partida con que el azar ha sancionado a muchos.

Y por eso estamos ante un debate falso. Ni los unos sostienen que nuestros designios los rija nuestro mérito en exclusiva, ni los otros se atreverían a afirmar que no hay que inculcar a los niños el valor del esfuerzo.

Puede parecer que estamos ante un intercambio de posturas estéril, que muere en la nube de ideas de una red social. Pero encuentra aplicación en el mundo de lo tangible, aunque solo sea para corroborar la falsedad del debate. Sirva como prueba la noticia que anunciaba el voto del PSOE en contra de que los fondos europeos se repartan a los ayuntamientos. “¿Cree usted que los ayuntamientos están dotados de los recursos intelectuales para justificar los fondos europeos?”, se preguntaba un portavoz socialista.

Tampoco quiero valorar la verdad de esas palabras. Parece comprensible que una transferencia de dinero como no la ha conocido Europa deba estar guiada por criterios técnicos que eviten su mal uso. Pero es evidente que ese principio tecnocrático es puramente meritocrático. El ideal democrático consigna que han de ser los ciudadanos quienes se gobiernen por medio de sus representantes, también en los ayuntamientos. Así, el elitismo de los “recursos intelectuales” colisiona con la horizontalidad democrática y plantea una contradicción insalvable en el debate.

Por eso el debate es falso. Unos días nos dicen que la meritocracia es elitista y otros, que los representantes democráticos no están capacitados para decidir. Tienen libros y artículos académicos para defender una cosa y la contraria. ¿Cómo discernir entonces cuál ha de ser el modo de proceder? El criterio parece confuso, lo sé, pero ya se lo aclaro yo: ante la duda, lo que convenga al PSOE.

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