Desde que empezaron a anunciarse las distintas candidaturas para presidir el PP, se ha venido insistiendo en la necesidad de que el debate vaya más allá de los nombres propios, que se centre en las ideas, en el programa. Es una petición saludable, pero que parece olvidar una cuestión fundamental: el problema del Partido Popular nunca ha sido lo que dice defender. Al menos, este no ha sido su problema ante sus bases y sus simpatizantes potenciales. Lo que ha alejado a estos últimos del partido ha sido más bien la distancia entre su programa y su comportamiento.

Hagan la prueba: imaginen un debate entre los candidatos a presidir el PP. No hay duda de que todos proclamarían su creencia en la unidad de España, en la iniciativa privada y en la libertad individual. Quizá la mayor diferencia estribaría en quiénes lanzaban, además, mensajes cercanos al catolicismo popular (la importancia de la familia, la educación concertada, etc.) y quiénes no. Por lo demás, el PP es sumamente compacto en su adscripción al patriotismo constitucional y a un liberalismo difuso y adjetivado. Como también lo son aquellos exvotantes que hoy dicen a los encuestadores que jamás votarían a un candidato popular.

El problema es, en fin, la sedimentación de disonancias entre el mensaje del Partido Popular y su praxis política. Y esto no se limita al hecho de que el mismo partido que prometió acabar con la corrupción del felipismo acabase llenando las instituciones de gurtelpúnicos. Las disonancias van mucho más allá. Cualquier dirigente del PP proclamará, por ejemplo, su fe en la meritocracia; y el votante que oiga esto recordará las declaraciones de Méndez de Vigo nada más ser nombrado ministro de Educación, en las que confesaba que de Educación sabía más bien poco.

Cualquier dirigente del PP reivindicará también a quienes arriesgaron sus vidas por plantar cara al terrorismo; y el votante que oiga esto se acordará del final de la carrera política de María San Gil. Cualquier dirigente popular proclamará, en fin, su oposición al nacionalismo, mientras que el votante que oiga esto recordará la línea que va desde los pactos del Majestic hasta la homeopatía autoimpuesta del 155; o constatará con un rápido vistazo a los titulares que, tras seis años de gobierno del PP, pensar distinto en Cataluña sigue obligando al silencio, al heroísmo, a la marginación o a la mudanza.

Los dirigentes del Partido Popular suelen decir que sus pobres perspectivas electorales se deben a que no han comunicado bien su mensaje. Es una banalidad que, sin embargo, encierra una preocupante revelación: la creencia de estos dirigentes de que lo único necesario para mantener contentos a los votantes es comunicar un mensaje, sin implicarse luego en la tediosa tarea de convertirlo en realidad. Decir, por ejemplo, que la unidad de España no se toca, sin ocuparse después de garantizar la principal razón por la que muchos valoran esa unidad: la igualdad de derechos y oportunidades para todos los que nacen en territorio español.

La salida a todo esto es relativamente sencilla, claro: elegir a un nuevo líder que no esté ligado a esta larga trayectoria disonante. Quizá algún día aparezca.