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Opinión El merodeador

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Rajoy y sus nombramientos imperiales

La designación de Jaime González Castaño como director general de Deportes es la prueba de la ligereza con la que se realizan los nombramientos en nuestra política. Hasta el viernes pasado, este joven era el asistente personal del presidente del Gobierno, el encargado de llevarle la cartera.

Nadie cuestiona ni las capacidades ni los méritos de González Castaño, que ha cursado la Carrera Diplomática. Pero su aterrizaje en el Ministerio para convertirse en la segunda autoridad del Deporte español, sólo por debajo del presidente del Consejo Superior de Deportes, se antoja una frivolidad.

González Castaño ha sido la sombra de Rajoy dentro y fuera de Moncloa los últimos cuatro años. No es suponer demasiado que durante la multitud de horas que han compartido habrán comentado las hazañas y los avatares de los deportistas españoles, y que gracias a eso Rajoy habrá tenido ocasión de saber que tenía ante sí a un entusiasta del deporte.

Tampoco es aventurado concluir que ha sido el propio Rajoy quien ha querido premiarle promocionándolo a su nuevo cargo. Esa tesis viene corroborada por el hecho de que la máxima autoridad del Deporte, José Ramón Lete, no lo había reclamado; o dicho de otra forma, se lo han impuesto.

Salvando las distancias, la circunstancia de que sea la santa voluntad del presidente del Gobierno la que determine el futuro de personas y la configuración de las instituciones emparenta a nuestra democracia con la Roma Imperial, en la que los emperadores hacían y deshacían a capricho. Claro que no se puede comparar a Rajoy con un Calígula que hizo senador a su caballo, pero una democracia que se precie debería ser más escrupulosa con los nombramientos.

Superpuentes ociosos y perniciosos

El macropuente de esta semana ha vuelto a abrir el debate sobre los festivos partidos y la racionalización del calendario no laborable. Según la encuesta de SocioMétrica para el EL ESPAÑOL, la mayoría de los consultados (41%) prefiere mover una de las dos fiestas -Constitución e Inmaculada- para que caigan en días consecutivos. Se trata de una opinión lógica, y compartida por el sector empresarial, que no ha sido atendida por el Gobierno por temor a generar un conflicto con la Iglesia.

Hace cinco años la CEOE y los sindicatos llegaron a un acuerdo para trasladar los festivos intersemanales. Mariano Rajoy hizo suya esta demanda y en su debate de investidura de 2011 prometió que acabaría con estas situaciones, pero aquel compromiso quedó relegado al olvido.

La sociedad civil tiene claro que los superpuentes ociosos, son además perniciosos, como demuestra nuestra encuesta. Ante la inacción del Gobierno, algunas empresas -en su mayoría del sector industrial- han acabado con los puentes acordando con sus trabajadores otras fechas para librar. No se trata de un capricho, pues la CEOE calcula que el acueducto del mes de diciembre ocasionaría pérdidas de 3.000 millones de euros si el 70% de la población no trabajase. Aunque para el turismo y la restauración los puentes son beneficiosos, y su opinión debe ser tenida en cuenta, no parecen razonables para el conjunto de los ciudadanos.

Los festivos no puede decidirlos la casualidad del calendario, es necesario racionalizarlos para que prime la eficiencia y el consenso, aunque para ello hace falta verdadera voluntad política y no promesas vanas.

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